“Cuando yo llegué acá todo era muy bueno. No me dio miedo llegar a vivir al lado del río. Nunca pensé que con esa quebradita podían pasar tantas cosas”. Habitante del barrio Comuneros.

Por Jhonwi Hurtado 

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Al llegar a Frailes, sector del municipio de Dosquebradas, Risaralda, el polvo se impregna en el asfalto. Los tanques de color negro que constantemente son abastecidos de agua para la comunidad están en diferentes lugares.

A ratos caen gotas de agua, parece que las nubes escurrieran lo último que queda de la lluvia que el sábado 20 de octubre cayó. Ese momento que les recordó lo vulnerables que son frente a la naturaleza, pero también lo vulnerables que somos frente a una sociedad indiferente.

Para llegar a Comuneros hay que subir una pendiente rodeada de cabras y de montañas, también se encuentran algunos afiches de Sammy Merheg -un cuestionado Senador colombiano-, propaganda que pusieron hace pocos meses durante su campaña electoral, ¿recordará Merheg que este lugar existe?

Por allí, por esa carretera, no solo bajó agua, también bajó lodo, bajaron palos, bajaron personas sin saber si la lluvia cesaría, sin saber qué encontrarían cuando regresaran. Nadie les explicaba nada, solo escuchaban: “la montaña, se vino la montaña”. Ellos seguían corriendo.  

Luz Ayda no le teme al río

Más arriba de la caseta comunal de Comuneros, ingresando por un espacio de menos de un metro de ancho que separa dos casas, se llega a la casa de Luz Ayda. Ella tiene 37 años, aunque aparenta más. Agradece que la lluvia no le haya derrumbado su casa.

La casa de Luz Ayda está construida con tabla y guadua, allí viven 17 personas; muy pronto serán 18. El andén es reemplazado por un puente casi colgante que está sobre el río, obra que ella misma, con ayuda de algunos vecinos, construyó hace menos de un mes. El anterior lo destruyó una borrasca.

El piso, que alguna vez fue tierra de montaña, hoy es cubierto por lonas que antes hicieron de valla publicitaria. En las paredes hay cuadros que recuerdan cumpleaños en familia, momentos de alegría.  En el segundo piso se encuentra Luz Ayda con varios de sus hijos, me pide disculpas por lo sucia que está la casa, dice que es por culpa de las lluvias y porque no tienen agua limpia para asear. Afuera, un río de color café hace ruido y amenaza con seguir creciendo. Atrás, una montaña brinda sombra.

Yo ya ni me acuerdo hace cuánto llegué a Dosquebradas. Vine de Chinchiná. De allá nos tocó volarnos porque nos iban a matar a todos: a mi mamá, a mis hermanos y a mis hermanas. Yo ni me acuerdo por qué nos iban a matar. No tengo nada de estudios. Siempre mi vida ha sido trabajar en lo que me resulte: cogiendo café, con azadón o en casas de familia.

Luz Ayda recuerda que cuando llegó con su familia a este lugar no había carretera, ni los buses llegaban hasta aquí y muchas fueron las horas de caminata en compañía de su esposo y de sus hijos para llegar o salir de su vivienda. Caminaban felices, por lo menos tenían un techo y un hogar que iban construyendo. Acepta que invadieron un lugar que le pertenecía a la naturaleza, pero tampoco nadie les dio otra opción.

A mi izquierda, sentada en la esquina de un mueble de madera, se encuentra una de las hijas de Luz Ayda, Sandra Yaneth, tiene 18 años, aunque aparenta menos, es blanca, delgada y de estatura baja. Es madre de un niño de pocos meses de nacido. Está validando grado sexto y séptimo en el colegio; quiere ser atleta.  Sandra interrumpe la entrevista para decir que ella también recuerda que la carretera era destapada cuando llegaron a Frailes, rememora a su papá, pero antes de continuar me pregunta ¿y eso que ustedes están haciendo, eso que se va a publicar, para qué nos sirve a nosotros? —. Yo le respondo que de esta manera muchas personas que no conocen que ese lugar existe, que no saben que está pasando algo delicado, se van a enterar. No sé si lo logre.

Luz Ayda la mira y aprueba su pregunta.

Es que vea, ella es mi hija, pero usted sabe que todo lo que uno tiene es de los hijos, entonces prácticamente esto no es mío sino de ellos: yo tengo tres hombres y una mujer. Esta casa la hemos construido nosotros, mi esposo traía material y en una de esas murió, pues mientras traía una guadua de La Giralda, se cayó y se enterró el machete que traía. Él trabajaba en esa finca recogiendo café, hoy en día, ese lugar se convirtió en un poco de edificios donde vive la gente. Nadie sabe qué pasó.

Le pregunto si sabía que corría riesgo al estar tan cerca al río y a la montaña, y si eso le generaba miedo.

No. Miedo no. ¿Miedo de qué? Es que es la primera vez que yo veo a Comuneros así.  Cuando llovía antes acá desde hace años era la vida normal. Yo de barrancos no sabía nada; ni que estuviera en riesgo, nadie ha venido a decirnos nada. Y es que yo acá me quedo porque esto lo construimos nosotros y sino ¿para dónde me voy? Si acá vienen a decirme que me tengo que ir, que también vengan y me digan que le van a dar una casa a mis hijos.

Acá el miedo siempre está

El río sigue su cauce, su color café no cambia. Camino con Luz Ayda hacia el primer piso de la casa, bajo las escaleras se encuentran dos patines y mucha ropa empantanada al lado de una mesa de madera roída.  Allí viven 8 personas más en un cuarto al que solo le caben dos camas.

Luz Ayda me presenta a Olga Lucía, dice que también es desplazada, me cuenta que vive en esa casa hace muchos años. Llegó pidiendo posada y sin ningún problema Luz Ayda la dejó quedarse con sus hijos. Ahora, después de varios años, estas dos mujeres comparten algo más que el techo: el hijo de Luz Ayda y la hija de Olga Lucía se ennoviaron y esperan su segundo hijo.

Olga es de contextura gruesa, recostada en su cama ve televisión y su hija pequeña lee un periódico local en el que aparece la foto de su madre. Olga dice no recordar su edad, tampoco sabe cómo se llama el actual Presidente de Colombia, solo recuerda el nombre de Álvaro Uribe Vélez, aunque señala no creer en ningún político. Le pregunto el motivo por el cual fue desplazada y dice no recordar. El olvido parece ser un calmante.

El día del aguacero

— Todos estábamos durmiendo. Se escucharon gritos del otro lado que decían “el barranco, el barranco”, entonces yo los desperté a todos y salimos para afuera. Gracias al Señor a mí no se me cayó la casa. Pero sí hay mucho pantano. Me estaba bañando cuando escuché “que la barranca, que la barranca, que saliéramos que venía una avalancha”.

En ese momento la niña de Olga sonríe, sabe que la mamá me contará que durante esa travesía ella y sus primos se perdieron y tuvieron que llegar solos a la caseta más cercana.

Los niños no estaban porque habían venido unos soldados a realizar unas actividades con ellos. Entonces cuando yo escuché lo de la avalancha y abrí la puerta yo vi que mucha gente del barrio se estaba entrando y otros corriendo, cuando miro para la montaña, pienso y digo “ay Dios mío, esta barranca se vino”; entonces lo primero que hice fue salir corriendo y avisarle a mi hija embarazada que estaba arriba y salimos todos corriendo, en medio de ese aguacero tan fuerte. Nos fuimos para la caseta y ahí nos dicen que se vino la barranca del lado de allá, y tuvimos que salir corriendo todos por ahí para abajo, toda la gente corriendo; a mí los niños se me perdieron, los vinimos a encontrar ya abajo en Frailes, en la caseta y yo llore y llore y búsquelos hasta que una señora me dijo dónde estaban.

Mientras hablamos, Luz Ayda espera en la puerta de la habitación; no opina ni interrumpe, solo escucha.

Acá el esposo de mi hija es el que trabaja y nos trae la comidita. Por eso si me dijeran que esto lo tienen que tumbar, yo no me iría porque no tengo para dónde irme.  Acá el miedo siempre está de que pase algo, pero más no puede hacer uno, o dígame usted ¿qué más puedo hacer?

En ese momento llaman a Luz Ayda y Olga Lucía para que salgan pronto…  han llegado ayudas a la caseta comunal. Los niños gritan: vamos, vamos.

Por más que limpien, ahí ya nadie vive

Luego de cruzar el puente de la casa de Luz Ayda y al llegar a la caseta comunal, alguien dice que en el río están desvarando una de las grúas que ayudaba a remover escombros. Llego al lugar. Desde arriba varias personas miran la labor casi heroica de la Defensa Civil y algunos habitantes de la comunidad. Un hombre me mira y me dice: “hermano, eso fue miedoso, a mí se me cayó toda la casa allí arriba”.

Se llama Robinson Cano. Llegó a Comuneros hace poco más de 10 años, proveniente de Jericó, Antioquia. Vino en busca de más oportunidades laborales. Lleva puesta una camisa azul que combina con sus ojos y su pantalón. Esa pinta la tuvo que repetir durante varios días, pues solo le quedaron dos mudas de ropa después del aguacero. Pero no solo perdió ropa, también perdió comida, trabajo y su casa.

Vine por un azadón, para destapar allí que también se había inundado eso, cuando escuché fue el estruendo. Mi mamá estaba ahí en la pieza y mi mamita estaba en la otra pieza; yo no sé cómo hice y levanté ese vidrio y ya nos salimos todos, cuando al momentico, ¡tan!, cayó todo el barranco sobre la tienda.

Mientras Robinson narra lo que vivió tras ver su casa desplomarse, señala unas paredes caídas y la pared del frente, que está a punto de derrumbarse, me dice que entremos, que me quiere mostrar cómo quedó todo.  Bajo todo ese pantano se encuentra el surtido de una tienda que daba parte del sustento diario de una familia.

Robinson entra por el lado derecho, por ese espacio pequeño que dejó el barranco tras sepultar la pared. Desde adentro abre la puerta, miramos los escombros, se quita el sombrero como si profanara el lugar, enciende un cigarrillo y señala un lavaplatos caído sobre el pantano, también un baño que ya no tiene ni techo ni llave, un globo desinflado que lleva escrito “Mami te quiero” y con la mano derecha me muestra en qué lugar estaba todo el surtido, “hasta cerveza había ahí, hermano”.

Le pido que recuerde cómo sucedió todo el día del aguacero.

Había llegado de la doce y eso que yo los sábados me quedo por allá hasta tarde y ese sábado no me quise ni tomar una cerveza. Llegué a la casa y empecé a comer, cuando yo que suelto el plato y me fui a recoger los terneritos, les eché la comidita, cuando al ratico se largó una tempestad, pero brava brava. Eso fue duro. En la casa estaban todos, menos mis hermanos que estaban trabajando.

En ese momento nosotros nos fuimos para esa casa azul que usted ve al frente y nos quedamos mirando junto con mi mamita todo lo que se nos iba, porque qué más íbamos a hacer. Ahora nos estamos quedando donde una tía. Toca esperar a ver si nos dan por ahí unos arrienditos u otra casita. Porque es que ahí en ese lugar, por más que limpien, ahí ya nadie vive, es más, que ni vayan a construir, porque esa barranca se sigue viniendo.

Después de hablar esto nos dicen que ha empezado a llover nuevamente, salimos. Robinson se queda hablando con un vecino que le pregunta por sus bestias, a lo que él responde que las tiene en un pedazo de tierra donde se las permitieron dejar mientras mejoran las cosas.

Las personas que bajan caminando por entre el pantano, se miran y parecen confiadas. Más abajo, en una de las casetas comunales, una camioneta de la DIGER (Dirección de la Gestión del Riesgo) entrega colchones y se toma fotos con la gente. Una mujer le reclama a la líder comunal porque a ella no le han llegado ayudas. Se ven familias subir y bajar con bolsas de comida y algunas con ropa, entre ellas Sandra Yaneth y Luz Adriana, hijas de Olga Lucía y Luz Ayda, ambas parecen felices por lo que recibieron.  Después de pocos minutos para de llover. Parece ser que eso tranquiliza a la comunidad, por lo menos por un rato. ¿Y cuando llueva de nuevo?

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