ALGO SE CUECE CERCA

Sin ser suficiente, el hispano se enlista en el ejército, al ser ocioso no sabe más que engatusar, no conoce las artes y mucho menos cómo funciona el mundo…

 

Escribe / Jhonny Galvis – Ilustra / Stella Maris

El carnero de Juan Rodríguez Freyle se enmarca en un género crónico dado que ofrece relatos históricos, una narración a base de fechas, nombres y personajes que se configuran dentro de un disfraz, una ilusión, una simulación o sencillamente en una mentira.

El español partícipe de la conquista y narrado por Rodríguez Freyle se parece a doña Inés de Hinojosa, en el sentido del disfraz, ese que no deja para conseguir lo deseado. El sujeto español debe recrear imaginarios, seres e ideas del nuevo mundo para lograr su cometido, un sujeto histórico que tiraniza a miles de hombres bajo el credo; sobre la imposibilidad de un futuro que no fuere bajo el nombre de dios, mantuvo oculta su incapacidad para controlar la conquista, puesto que se le salió de las manos; se sirvió del delito en motivo de la decadencia que sufría su terruño, enfrento y acogió la mentira como única salida a la ignorancia que dominaba sus gentes, presente en esta apreciación del historiador Jaime Jaramillo Uribe «Impresión dramática de la bancarrota española y de la incapacidad de España para mantener el imperio y resistir los embates de naciones que, como Francia e Inglaterra, le disputaban la hegemonía del poder mundial».

Respecto a esa mimetización, Jaramillo sugiere  «Debilidad del espíritu manufacturero español», si bien el ejemplo presta atención a la cotidianidad del sujeto español, no escapa en ver la incapacidad latente por parte de esta sociedad en el desarrollo a gran escala. El país está cayendo y yendo a la sombra en la carrera por obtener el poder europeo, se miente, se engaña ante la imposibilidad de ser una nación capaz y termina por ponerse en la espalda una Nueva Granada, una conquista doblemente grande al hablar de surgimiento urbano o polis, esto no solo en términos de desenvolvimiento social, sino cerca de esa falta en la moral y ética que heredarían las nuevas generaciones del momento.

Sabiendo que no tiene la fortaleza ni la educación para cimentar una civilización próspera, el castellano se encarga de la colonia, emplea bajo el nombre de su honor la esclavitud, la selección o clasificación de personas convertida en racismo, etnicidad; además, aparta a la mujer, referenciándola como perdición del caballero letrado, ese que no deja de ser orgulloso, haragán y ocioso.

La  mujer es uno de los personas que más padece los infortunios de la época, su vida trascurre entre llantos, quejas, ausencias y silencios, sucesos explícitos que siglos después siguen presentes en Manuela de Eugenio Díaz Castro: «pobre de mi hijo, que me lo quitan para que vaya a morir en las guerras de los hermanos contra los hermanos».

Es necesario añadir que la mujer se comienza a perfilar por su sagacidad y elocuencia en momentos difíciles, es un personaje polémico en todo sentido; El Carnero nos regala algunas puntadas con la mujer que se empodera, esa mujer que tiene un puesto como personaje literario en el trasegar colombiano como heroína.

Aquel individuo español es vivaz a la hora de autoproclamarse como empleador de un papel social eficiente, del cual no corresponden sus acciones, «el caballero español, (…) necesitaba rodearse de un halo de trascendencia, de un prestigio religioso, regio o de honra. Tenía que sentirse en un más allá mágico», escribe Jaramillo. En este caso el personaje expuesto está inhabilitado en el control de miles de personas, además de la falta de razón sobre sus acciones mal logradas.

El marco que presenta Rodríguez Freyle, más que ser elocuente con los hispanos, es mostrar una bitácora de sus eventos y acciones, es decir, un relato costumbrista si se quiere; en este caso sirve para dar cuenta de la farsa que a diario debía reformular el sujeto europeo para con los suyos y los conquistados.

«La burocracia, el servicio eclesiástico y el ejército –las armas y las letras– eran las formas de vida preferidas por el español », asegura Jaramillo. Cómo no iban a ser estos conceptos los preferidos por el embustero, aquellos deseos no hacen más que confabular con su modus operandi; la burocracia como medio para producir violencia a diestra y siniestra, la Iglesia y su credibilidad facilitaron la idea de reeducar el nuevo mundo, de asesinar otras ideas, colaborando en gran medida a ese orden moral equivocado, juzgar al que no se me parece.

Sin ser suficiente, el hispano se enlista en el ejército, al ser ocioso no sabe más que engatusar, no conoce las artes y mucho menos cómo funciona el mundo; sabe solo señalar, determina un plebeyo o servidumbre, por ende no es más que un sujeto indefenso. Debe por necesidad emplearse en las artes bélicas para mantener su ego intacto y solo así poder ocultar durante más tiempo un sujeto caballeresco que no deja de ser irrisorio, así lo referencia la obra  Teatro crítico universal o Discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes: «no deberían quedar completamente satisfechos los españoles con que los extranjeros no les concediesen otras prerrogativas que la ventaja de las armas».

Es el castellano rústico en sus modos y pensamiento, tardo en descubrir el significado de la tierra, que mintió para hacerse con la belleza de aquellos terrenos edénicos, se mimetizó o por lo menos lo intentó, al querer parecer un europeo nato y capaz de formar otro mundo próspero.

Esa nueva empresa repetía el fracaso. A este señor letrado solo le quedó debilitar las gentes y sus ideas; lo anterior remarca la inoperancia de ese sujeto ante la polis, serán tales delitos los que llevarían a la Nueva Granada en busca de justicia, desarrollo y cambio de poder; en suma, una independencia que se cocía muy cerca sería muestra ello.