ANTE EL TRIBUNAL

La diferencia de leer al Oliver Sacks de esta época o al de hace unos pocos años es sin duda cuestión de las peculiaridades de cada caso.

 

Escribe / Gustavo Osorio – Ilustración / Stella Maris

Oliver Sacks era un neurólogo con vocación y fe en la escritura. Advertía en una buena narración la posibilidad de un aprendizaje más placentero, una manera de compartir y colaborar con la comunidad científica. Desechaba la idea de que la ciencia tuviera que ser un lugar plagado de objetividades, de textos planos e impenetrables. Sus libros carecen de una clasificación concreta, él mismo les llegó a dar varios nombres: patografías, novelas neurológicas, historias clínicas. Podría decirse que su obra encaja en la no ficción, aunque la inverosimilitud de los casos que relata haga pensar en Guy de Maupassant, Felisberto Hernández o Julio Cortázar.

Es el mismo Sacks quien expone, a través de Luria, la necesidad de revivir “la tradición de historias clínicas inmensamente humanas” que fue tan frecuente en los neurólogos y psicólogos del siglo XIX. Recuperar, como lo hace el autor británico, un balance entre la erudición científica y la destreza narrativa. Historias como A nivel desbordan la imaginación por lo poco probable que sería ver en las calles a un hombre con unas gafas modificadas para tener enfrente un nivel.

El autor pone de manifiesto en este relato del hombre inclinado como la torre de Pisa, lo poco que una persona del común puede entender sobre mantenerse erguido al caminar, cuestiona el conocimiento de algo tan aparentemente básico como los sentidos, pero a su vez profundiza en esta patología, en sus reflexiones acerca de ella, sin temor a que la terminología del campo pueda convertirse en una barrera para el lector inexperto en neurología.

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, título del libro en el que se encuentra el caso de A nivel, recoge experiencias con pacientes cuyas enfermedades atípicas interesaron a Sacks. Los 24 relatos están divididos en 4 secciones elegidas por arbitrariedad patológica, la similitud del daño que han sufrido sus cerebros. La destreza narrativa de Sacks posiblemente no radique en su capacidad de reinventar sus fórmulas narrativas, sino en expandir una estructura hasta los límites de sí misma.

La diferencia de leer al Oliver Sacks de esta época o al de hace unos pocos años es sin duda cuestión de las peculiaridades de cada caso. Ansia, su último paciente, se da a conocer como siempre: una breve descripción de la condición, de su contexto, y posterior tratamiento, solo para después hablar de los efectos secundarios y perturbadores de un hombre con un apetito insaciable. Walter B. fue condenado a más de dos años de prisión debido a que la segunda cirugía que hicieron a su lóbulo temporal lo convirtió en un devorador de pornografía de todo tipo. Tanto Sacks como el neurólogo que realizó la operación tuvieron que defenderlo de una condena mucho más severa.

En julio de 2016 Gay Talese publicó El motel voyeur, un libro sobre un hombre que hace más de 40 años, cerca de Denver, compró un motel al cual hizo complicadas adecuaciones para lograr espiar a sus inquilinos. En esta violación de su privacidad y confianza, Gerald Foos, casado y padre de dos hijos, encontraba la excusa un poco más intrigante que su misma actitud de escribir sobre la sexualidad en la intimidad. Es improbable que Oliver Sacks, quien murió en agosto del 2015, haya tenido contacto con Foos; sin embargo, no se puede evitar pensar si también él, como Walter B., sufría de una condición médica que lo podría salvar ante un tribunal.