Austerlitz, los rostros del dolor

Entre despedidas y miedos se despliega una madeja de relatos que a veces se parece mucho a los delirios de una mente agobiada por la fiebre.

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

(…) “Aquel día, Austerlitz, después de que hubiéramos dejado nuestros puestos aventajados en la terraza y paseado por el centro de la ciudad, habló largo rato de las huellas del dolor que, como él decía saber, atraviesan la historia en finas líneas innumerables. En sus estudios de la arquitectura de las estaciones de ferrocarril, dijo cuando, a últimas horas de la tarde, cansados de tanto andar, nos sentamos en un café del Mercado de los Guantes, no podía quitarse de la cabeza el tormento de las despedidas y el miedo al extranjero, aunque esas ideas no formaran parte de la historia de la arquitectura” (…)

En eso consiste esta historia, titulada simplemente así: Austerlitz. En una búsqueda infatigable de las huellas del dolor de un individuo y de un pueblo entero, con la esperanza de hallar alguna forma de redención. Entre despedidas y miedos se despliega una madeja de relatos que a veces se parece mucho a los delirios de una mente agobiada por la fiebre.

Es 1939. La humanidad, proclive a los juegos de horror, se apresta para arrojarse a su próximo abismo: la Segunda Guerra Mundial.

Alguien advertirá que sobre esa guerra ya han dicho todo. Pero no es cierto: nunca podrá decirse todo acerca de una pesadilla, porque siempre habrá grietas inesperadas, velos por descorrer. El escritor alemán W. G.  Sebald lo sabe muy bien. Por algo creció en medio de las desgarraduras dejadas por esa devastación.

Por eso emprende la escritura de Austerlitz, el relato de un intento fallido de ajustar cuentas con la historia y su expresión más frágil: la memoria personal y colectiva.

Un grupo de niños de origen judío es embarcado por sus padres y parientes que los conducirán siempre a occidente, hacia destinos inciertos: no se sabe qué país ni que familias los acogerán, pero en todo caso el oeste es la única ruta de salvación. De cualquier manera, es preferible ese destino al muy seguro final de sus progenitores: la deportación, el destierro, el confinamiento y el exterminio en algún campo de concentración.

Para alcanzar su propósito los nazis tienen bien aceitados los engranajes de la máquina. Tienen claro que, en su caso, el crimen es apenas otra forma de la estadística.

Uno de los niños ocupantes de esos trenes es Austerlitz. Ya adulto, en los años sesenta del siglo XX, el narrador se lo encuentra de casualidad en una estación de trenes de Amberes, Bélgica. Han transcurrido dos décadas desde el final de la guerra, aunque en este caso “final” es apenas un decir, porque una cosa es la guerra en tanto episodio histórico y otra muy distinta como devastación personal y social: las heridas nunca acaban de sanar, aunque cada quien busca la clase de redención que, según reza el lugar común, prodiga el olvido.

Para entonces, luego de atravesar su infancia en condición de adoptado por una pareja de viejos galeses roídos por el fanatismo religioso, Austerlitz se ha hecho historiador de la arquitectura. Como todos los de su profesión, sospecha que los edificios y monumentos tienen muchas cosas que contarnos acerca de quienes ordenaron su construcción: la soberbia, la codicia, el miedo a perder el poder, el afán de humillar a otros y la ilusión siempre trunca de ser recordados por toda la eternidad.

En cada una de sus columnas, sus techos, sus salones de reunión, sus escalinatas, en  la profundidad de sus fosos defensivos puede leerse el relato cifrado de la insensatez humana.

Austerlitz y el narrador entablan una relación, aunque a lo mejor no sea esa la expresión adecuada para definir un diálogo plagado de sobresaltos, interrupciones, miedos, malentendidos y silencios. Siempre hay un velo, una desconfianza. Es la desconfianza en los alcances de la propia memoria y el miedo a que el pasado vuelva.

Y el pasado es una despedida interminable en una estación de trenes, la sucesión de paisajes que en realidad son países donde se hablan lenguas incomprensibles. Pero el pasado es, sobre todo, la ominosa presencia de lo innombrable en la casa de su familia de acogida, cuyos dueños han decidido tapiar la vivienda y de paso tapiarse a sí mismos en un abismo de silencio que no tiene fondo.

Ya adulto, Austerlitz se hace al camino en busca de algún rastro de los suyos, de sus improbables orígenes. Por lo pronto, su apellido le brinda una vaga pista. Siguiendo la punta de esa urdimbre de edificaciones, rostros, voces y rumores llega un día a Praga, el lugar de donde, igual que sus padres, salió desterrado aunque en dirección opuesta.

Esa búsqueda lo conduce hasta Theresiensdadt, gueto ubicado en un pueblo minúsculo de la antigua Checoslovaquia llamado Terezín, que en los días más brutales de la guerra fue sede de un campo de concentración disfrazado de centro de veraneo por el comando de las SS con el propósito de representar una farsa ante una comisión de la Cruz Roja: la de una comunidad judía bien alimentada, feliz y esperanzada en su futuro. Cuando lo comisión partió, los nazis desmontaron la escenografía y los prisioneros volvieron a sus respectivos círculos del infierno.

El viajero no tarda en comprobar que Theresiensdadt fue el último destino de su madre Agata antes de disolverse en la nada. En ese punto situado fuera de la geografía y del tiempo, aprende un montón de cosas: la primera, que el exterminio perpetrado por los nazis no fue tanto una expresión del mal en abstracto, sino la materialización de uno de los sueños dorados del capitalismo: el aprovechamiento al límite de la energía humana para convertirla en capital acumulado. También descubre que la identidad puede hallarse en el entramado de símbolos y convenciones que rigen la vida de una comunidad- lo que llamamos una cultura- tanto como en los más profundos pliegues de nuestro inconsciente, en nuestra más pura animalidad.

Al final, de regreso en París, cansado de buscar y de buscarse, perdido ya el último rastro de su padre, el protagonista de esta historia terrible tiene un último rapto de lucidez, tan cierto como inútil: que el pasado nunca queda atrás, y que en realidad nos acecha allí adelante, en un recodo del camino, para asestarnos al fin el golpe de gracia.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada