BAJO MUNDO

Esta obra narrativa revela, una vez más, que la literatura del siglo XXI se debe en definitiva a la ciudad porque, creo yo, la psicología del cemento y del acero hoy define, con mayor fuerza, el carácter y la actitud del hombre moderno.

 

Escribe / Wilmar Ospina Mondragón – Ilustra / Stella Maris

 

“El cielo amenazante casaba bien con el estado

de su mente y con la tormenta que se venía”

Ginés Sánchez.

 

Lo primero que debo decir de Los gatos pardos, la obra de Ginés Sánchez, es simple pero no por ello deja de ser contundente: es una novela criminal. Al interior de sus páginas se escuchan los balazos, los destellos renegridos de las armas, el filo sinuoso de los puñales, el rugir de los motores, el descuartizamiento de los cuerpos, el murmullo de la sangre al correr sobre el asfalto o ese gong seco cuando los goterones sanguinolentos besan la arena del desierto; también se advierten las órdenes del patrón, el encuentro delincuencial entre bandolas que se pelean el control del mercado negro de las drogas a partir de límites imaginarios. Esta es una historia del subsuelo; del mundo subterráneo en el que echa raíces la especie humana.

El título, incluso, es una metáfora de la transformación, pues no todo lo que vemos es como parece y, por lo tanto, ese viejo adagio popular de que los gatos de noche son pardos cala profundamente en una narrativa que desenmaraña los entuertos y recovecos de todo sujeto que, por necesidad o por placer, se vincula, de manera directa o indirecta, con el universo oscuro del narcotráfico. En esta novela todos son gatos y en la noche ninguno deja de ser pardo.

Los personajes de esta trama narrativa sacan a la luz del día ese concepto que los griegos nos legaron y que alude a lo proteico (Proteo); es decir, así como las olas del mar son bellas y juguetonas, del mismo modo esconden al monstruo tras esa enorme masa marina que nos impide ver más allá de lo normal; en este mismo sentido funciona lo proteico en Los gatos pardos: los personajes no son lo que parecen y, poco a poco, muestran que la sombra que pertenece a la materia del cuerpo no es ni siquiera la mínima parte del animal que llevan dentro.

En el fondo, algo marca como el acero caliente en la piel a esta novela: lo compulsivo, los excesos, el secretismo y los riesgos que asumen los seres humanos al caer el día; en medio del ambiente oscuro y soterrado de la noche. Y de la noche, el mejor pretexto para observar al monstruo tras la sombra, alude a las fiestas, a esos escenarios inundados de música, de sustancias psicoactivas y de licor a través de los cuales se descubre lo premeditado: la vida es como un volcán: erupciona cuando menos lo esperamos. Es en la noche cuando confluyen todas esas personas atormentadas que quieren olvidarlo todo para experimentarlo todo de nuevo, incluso a través del amor pasajero, del enamoramiento furtivo entre dos personas que se mueven al vaivén de lo enajenado, de esa extraña transferencia en que nos arrincona el sin-sentido.

En cuanto a su estructura formal, esta novela está compuesta por tres grandes capítulos y una especie de epílogo; sin embargo, el primero de ellos, llamado Alboroto, es como un diario interrumpido y, quizá, desordenado por medio del cual el lector se pone al tanto de la obra que leerá. Y es así porque, a lo mejor, Ginés Sánchez también juega con el lector y, en las primeras páginas, lo conmina a entender que esos baches en la columna vertebral de la obra no son olvidos del autor, sino estrategias premeditadas que, con los demás capítulos, van configurando un entramado narrativo en el que no sobra nada, pero en el que tampoco hace falta algo. En esta novela todo encaja; es un rompecabezas que caza a la perfección.

El tiempo, entonces, no es una línea recta en la que se camina de principio a fin; es, más bien, una rejilla a la que se va y se viene, de derecha a izquierda, de arriba abajo, en diagonal y, si se quiere, a saltos, como el caballo en el ajedrez. Asimismo, sucede con la escritura y con la novela: se narra a retazos, por tramos, como si fuese un collage que conecta lo aparentemente desconectado.

A nivel del lenguaje, Ginés Sánchez, en Los gatos pardos, experimenta nuevas formas de narrar, pues no solo se apropia de la escritura sintáctica y gramaticalmente encadenada mediante el uso adecuado de los signos de puntuación, sino que, además, usa el puntillismo y el punto seguido como un recurso que le da a la novela un ritmo y un estilo mucho más cadencioso y ágil. Esto le permite, al autor nacido en Murcia, escribir una novela a partir de tres relatos (noveletas) que se cohesionan como si fuesen los actos perfectamente ensamblados de una obra de teatro. Los gatos pardos se lee como la ráfaga de una metralla: de un tirón.

En esencia, esta es una novela del bajo mundo. En ella brotan los rumores de la clandestinidad, ese marco en el que la ilegalidad es, más allá de un acto reprochable, algo que surge, precisamente, de lo legal. Como en la psicología, el síndrome del falso miembro, así retoña lo ilegal en el núcleo indiferente de la ley. De hecho, no podemos desconocer que sus personajes (en su gran mayoría) son psicópatas “normales” forjados por el cruel cincel de la violencia, de ese universo criminal que, aunque no lo creamos, todos lo vivimos a diario. Los personajes de Los gatos pardos no son ficticios; son, de verdad, tan verosímiles como tú y yo, por ejemplo.

Es importante aclarar que, cuando digo que los personajes son como tú o como yo, no me refiero a que seamos los sicarios que trabajan para el capo don Jorge; me refiero al hecho de que cada uno de nosotros es tan real como estos fulanos al servicio del bandidaje. Incluso, en el mundo entero todos hemos escuchado, al menos, una historia sobre el ajuste de cuentas que se da, de forma natural, en las células del crimen. En este sentido, Ginés Sánchez pone en evidencia las estrategias truculentas y, por qué no, pusilánimes que se fraguan, desde luego, en el escenario de lo delincuencial, pues es prohibido disparar con las ideas porque, la persona que empuña un arma, hala el gatillo con el instinto, con ese ser visceral que lo domina por dentro.

Aparte de ese mundo sumergido en el que nos acostumbramos a vivir, Ginés Sánchez nos revela que los traumas psicológicos devienen, en gran medida, por una especie de vida convulsionada en la que es más importante la represión y el control antes que el diálogo y el entendimiento mediado por la tolerancia a las diferencias. La ingenuidad, en Los gatos pardos, está, sospechosamente, levantada en torno a la maldad.

Esta obra narrativa revela, una vez más, que la literatura del siglo XXI se debe en definitiva a la ciudad porque, creo yo, la psicología del cemento y del acero hoy define, con mayor fuerza, el carácter y la actitud del hombre moderno. Si antaño la tierra nos sembró en el corazón el verdor de sus florecimientos, hoy la urbe construye y reescribe, en nuestros pensamientos, las nuevas dinámicas que rigen el devenir de la actualidad.

La novela es una lectura obligada en la que se demuestra que los caminos, por más ramales que contengan, casi siempre conducen al mismo norte: el descubrimiento del hombre como un ser al que no solo lo aquejan el envejecimiento del cuerpo y la putrefacción de la carne, sino que, además, el cosmos convulsivo de ahora le apolilla las ideas y le fragmenta la psiquis hasta demostrar que nuestra especie está plagada de individuos sumergidos en sus propias heces y, lo peor de todo, en las ajenas, en aquellas que no se ven pero que, de una u otra manera, moldean, desde la lejanía, al sujeto incauto e ingenuo.

Los gatos pardos es una obra en la que descubro esa pulsión destructiva de la que estamos hechos (en unos más que en otros, por supuesto), ese aguijonazo de hambre que no solo nos punza en la tripa; es algo que va mucho más allá: nos anuncia que el resultado de nuestras acciones surge de los oscuros tormentos de nuestra mente, de ese universo subterráneo del que solo podemos desprendernos con la muerte. Esta novela muestra los rastros del acero en el corazón de los hombres y el plomo como un fogonazo en las ideas que les impide ser. En definitiva, es una obra humanamente mundana, y viceversa.

Twitter: @wilmar12101