Yuval Noah Harari argumenta en uno de sus libros que nuestras sociedades están construidas con base en la imaginación y que todos nuestros códigos son una manifestación de nuestra capacidad de crear mundos posibles.

 

Por / Gustavo Osorio

Calculo que han pasado 12 años desde la primera vez que leí Matar a un ruiseñor. En mis recuerdos, la historia era menos real que la que acabo de terminar: sin darme cuenta, rememoraba sucesos importantes de la trama como sueños ocurridos dentro del relato, tampoco lograba identificar en mi memoria el trasfondo social e histórico de lo escrito y, aún menos, podía hacerme a la idea de haber pasado desapercibido ante la destreza narrativa de Harper Lee.

Este libro narra un fragmento de la vida de un pueblo del sur de los Estados Unidos. Lo hace alternando la voz de niña Scout con la de una narradora más experimentada, sin que esto sea un indicador de la importancia de los hechos que se cuentan en un momento u otro, aunque me vi tentado a creer lo contrario en las primeras 130 o 140 páginas.

La escritura de Harper Lee me hace pensar en los libros de historia; en cómo, por los años en que la leí, iba a un casillero, tomaba mi libro de historia del mundo, y entraba en una clase a discutir los grandes sucesos que determinaron el destino de la humanidad; lo que podía interpretarse simplemente como estudiar páginas de guerras ganadas y la caída de uno que otro imperio.

Recordar es complejo, hay quienes dicen que la memoria a largo plazo es infinita, pero dada la vastedad de la información que logramos almacenar se nos vuelve imposible recordarlo todo. Los mismo aplica para lo que apalabramos, no existe forma alguna de que logremos contarlo todo. Cuenta Joseph Mitchell que Joe Gould le decía con frecuencia que estaba escribiendo el libro más largo alguna vez escrito y que se trataría de lo que nadie quería contar, de las cosas sencillas de la vida, de fragmentos que nadie quería poner en sus libros de historia.

Asumo que mi gusto por To Kill a Mockingbird radica en eso. Que no se trata de un hecho real, pero aun así es tan cercano a lo que se hubiese podido vivir en Maycomb que logra adentrarse en el terreno de lo histórico sin pertenecer a una realidad inmediata.

Yuval Noah Harari argumenta en uno de sus libros que nuestras sociedades están construidas con base en la imaginación y que todos nuestros códigos son una manifestación de nuestra capacidad de crear mundos posibles.

Eso logra hacer la escritora americana en este libro: contar lo que no cuentan los libros de historia, hablar de una época del sur de los Estados Unidos a la que no pertenece, en un libro con personas y hechos que nunca existieron, pero que cuenta lo que todos creemos posible y pudo haber sucedido.