CHARLAS DEL LUNES/ EL POETA FERDOUSÍ (I)

Libro de los Reyes (Shāhnāmé) del poeta persa Ferdousí publicado y traducido por M. Jules Mohl.

 

Por / Charles Augustin Sainte-Beuve*

14 de enero de 1850

Asegúrense ustedes: el título del Libro de los reyes no tiene nada de sedicioso. Se trata de un poema inmenso con más de ochocientos años, escrito por el Homero de su país, y cuyo nombre sin duda sorprende cuando se escucha por primera vez. Yo mismo confieso que lo conocí hace poco. Este poeta, no menos que Homero, tampoco inventó los sujetos que celebra; él los conjura bajo la tradición, como las leyendas y baladas populares, y va haciendo con ellos el cuerpo, la unidad del poema, sobre los tiempos remotos, supliendo de alguna manera a la historia. El poema donde aplicó su genio (¡manifiesto!) apareció recientemente en París, edición de lujo, gracias al Gouvernement, en la Colección de Manuscritos Inéditos Orientales. Tres volúmenes, texto y traducción, se publicaron, y el sabio traductor M. Mohl, está próximo a entregar los últimos trabajos. Pero desde febrero de 1848 las vicisitudes con las que tuvo que lidiar la Imprenta Real contribuyeron a formar el destino del libro magnífico, pues se olvidaron de él sin causa. Es tiempo de que esta impresión se retome, se continúe estudiándola. Es un gran signo que una civilización de nuevo flote cuando no hay desaceleración de sus altos estudios, que son el lujo y como la corona de la inteligencia.

Voy aquí, como para variar, a exponer alguna percepción sobre el poeta y su obra. Está bien viajar con frecuencia; ayuda a la distensión de las ideas y a proteger el amor propio. Medimos con mayor justeza lo que significa la gloria; sabemos a qué se reduce esa palabra. Los días en que estamos demasiado atareados de nosotros mismos y de nuestra importancia, no conozco nada más benéfico que leer un viaje en Persia o en China. Encontrarás millones de hombres que nunca te han pensado, ni lo harán, y así será siempre, pasará, y ellos pasaran. “¡Cuántos reinos nos ignoran!”, dice Pascal. Este Firdousí o Ferdousí, por ejemplo, gran poeta que a primera vista nos impresiona, y del cual no sabemos muy bien cómo pronunciar su nombre, es popularísimo en su patria. Cuando vayas a Persia, país de antigua civilización, con su peculiar historia de conquistas y revoluciones religiosas, pero donde propiamente hablando no hubo edad media, y donde todavía muchas costumbres se conservan, busca a un hombre de una clase cualquiera y recítale algunas palabras de Ferdousí: hay gran chance, me aseguran, de que él continúe con los versos siguientes; porque los músicos suelen elevar a canto pleno los episodios enteros del poema en reuniones y festines. El temperamento de este pueblo es absolutamente poético. Lo que solemos decir un poco complacientes sobre los gondoleros de Venecia que cantan las octavas de Torquato Tasso sería más verdadero entre las gentes del pueblo persa recitando los versos de Ferdousí. Vemos en nuestros días tropas persas marchando al combate contra los turcomanos entonando pasajes de la epopeya. Pocos poetas de Occidente tienen semejante fortuna. El hecho de que sea desconocido para nosotros y reconocido en otro lugar no implica que nos parezca muy singular, y estaríamos tentados a decir a ese genio extranjero, como dijeron los Parisinos del tiempo de Montesquieu a Usbek y a Rica en las Lettres Persanes: “¡Ah!, ¡el señor es persa! Es una cosa muy extraordinaria. ¿Cómo podemos serlo nosotros?”.

Ferdousí nació cerca del año 940 y murió en 1020, con ochenta años. Era el tiempo donde, en Francia, estábamos en plena edad del hierro, en plena barbarie, y porque, después de la agonía de los últimos carolingios, una ruda monarquía se gestaba bajo Hugues Capet y el rey Robert. La Persia conquistada por los árabes se revistió súbitamente de una nueva civilización, pero no pudo zafarse del todo de la antigua. Seguidamente de los primeros tiempos de la conquista musulmana, ocurrió que los jefes y gobernadores de las provincias orientales, los señores feudales más alejados de Bagdad, lugar del califato, buscaron la emancipación y, para aumentar su fuerza, buscaron el apoyo del pueblo profundo, en particular el de la clase de los propietarios rurales, que, en todo el país, naturalmente, son los más apegados a la vieja moral. O, para conciliarse con esta clase compuesta por las más antiguas familias persas, los príncipes de nueva formación no encontraron nada mejor que permitir los viejos cultos de las tradiciones históricas nacionales; los recuerdos sobre las dinastías anteriores y sus héroes. Si bien son musulmanes no maldicen el recuerdo del antiguo despertar a Zoroastro. Sus pequeñas cortes están llenas de poetas persas que retoman y ejercitan con emulación los asuntos de las baladas populares. El sultán Mahmoud, de raza turca, que reinó Kabul, y desde donde las conquistas se extendieron hasta la India, fue uno de los más comprometidos con este renacimiento literario que también cimentó sus proyectos políticos, o con el que al menos pudo ilustrar su reino. En el momento en que este turco, violento de repente y ambicioso, se interesa fuertemente por los asuntos del espíritu, y antes incluso de haber llegado al trono, un hombre, dotado del genio de la naturaleza, se sentía empujado hacia altos pensamientos por una vocación poderosa. En su ciudad natal de Thous, Ferdousí niño, hijo de jardineros, sentado al borde del canal de irrigación que pasa delante de la casa de su padre, piensa con frecuencia lo bello que sería permanecer sobre este escurridizo lugar como un recuerdo. Supo del mundo porque estaba lleno de amor por las historias de los antiguos héroes, donde todos los hombres tienen corazón y son inteligentes. Era entonces la tarea indicada para el genio; era la rama dorada de la estación. En el ambiente había ya un hombre con dominio de la lengua, de gran elocuencia y brillante de espíritu, con el ideal de poner en versos las historias, y con las cuales el corazón de muchos se sobresaltó. Pero este poeta, de nombre Daqiqi, no tenía la sagacidad para conjurar los graves pensamientos; se dejó conducir por malas compañías, abandonó su alma afable y dulce; terminó asesinado a causa de su libertinaje. Con el destino vacío, Ferdousí se lo apodera con pasión. El mismo mencionó cómo, durante los primeros años de su trabajo, ocupado en buscar las tradiciones ya parcialmente recogidas, lo atormentaba la celosa tristeza, el miedo de que su vida fuera muy corta para lograr el ideal de su obra, y que la fortuna no la encontrara. Tuvo en su ciudad natal un amigo, fue uno con él, eran dos almas en un solo cuerpo. Ese amigo lo sostiene, le pide que sea valiente: “Es un bello plan, y tus pies te conducirán a la felicidad. ¡No te rindas!, tienes el don de las palabras, tienes juventud, sabes contar relatos heroicos: canta de nuevo el libro real, y busca la gloria de los grandes”. Su amigo también le facilitó la investigación, le procuró cierto material recolectado, y el poeta, contemplando el poder del material que veía, sintió a la tristeza convertirse en alegría. Pero la guerra es dueña del mundo, y el tiempo no favorece las recompensas.

Todo poeta, en cualquier país, busca su Augusto, o su Mecenas; llámalo como quieras, Ferdousí buscó el suyo. Creyó encontrarlo primero en el gobernador de su provincia, Abou-Manzour, joven príncipe, dotado de generosidad y clemencia, a quien le propuso: “¿Qué puedo hacer para que tu alma sea del poema?”. Esperó que el fruto madurara en la sombra, pero asesinan al gobernador, y el poeta se encuentra de nuevo a merced del viento. Escucha después hablar del sultán Mahmoud, quien, en la Corte de Gazni, organiza un concurso entre una pléyade de poetas sobre historias de antiguos reyes, buscando en el ganador un hombre capaz de embellecerlas sin alterarlas. Lo que anhelaba Mahmoud, Ferdousí iba en camino de lograrlo. Pero ya no era joven, tenía cincuenta y siete años, aproximadamente; pero hacía más de veinte años componía el poema. Se sobresaltó con la noticia del llamado del sultán Mahmoud: “Mi estrella adormecida despierta; mi cabeza deja de ser un tropel de pensamientos. Reconocía el momento de hablar; supe que los viejos tiempos regresaban”. En la corte de Gazni aún debe sufrir ciertas afrentas antes del encantamiento al sultán que, al verlo triunfante del desafío, en ese momento de entusiasmo, lo consagra con el nombre de Ferdousí (no fue su primer nombre). Ferdousí quiere decir hombre del paraíso, aquel que hace de la tierra un encantamiento de palabras.

[Fragmento]

* “Le livre des rois, par le poete persan Firdousi publié et traduit par M. Jules Mohl”, Causeries de lundi, París, Garnier frères, 1857 (3e éd.), tome premier. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_sobreeldolmen_).