CHARLAS DEL LUNES/ LA CHARCA DEL DIABLO DE GEORGE SAND

Con un talento de primer orden y es tal que no encontraríamos semejante en nuestra literatura desde sus orígenes, ella parece temer que a su actividad y poderío le falte asunto, le falte alimento.

 

Por / Charles Augustin Sainte-Beuve*

18 de febrero de 1850

De la serie “Los simulacros de la muerte”, por Holbein el Joven.

La charca del diablo es simplemente una pequeña obra maestra. El prefacio me provocó cierta suspicacia. El autor establece desde el principio una idea filosófica; yo tiemblo todavía cuando veo que una idea así sirve de anuncio a una novela. El autor quiso hacer la contraparte de una composición melancólica de Holbein [1], en la cual una miserable carreta de caballos va arando la magra tierra; el viejo campesino viste harapos; la Muerte domina todo bajo la forma de un esqueleto armado de látigo. “Nosotros no tenemos ningún deber con la muerte, pero sí con la vida; no creemos más ni en la nada de la tumba, ni en la salvación comprada como renunciación forzada; queremos que la vida sea buena porque deseamos su fecundidad. Es necesario que Lázaro abandone su muladar con el fin de que el pobre no se regocije más con la muerte del rico. Es necesario que todos sean felices…”. Suprimo la serie de los “es necesario”, que mejor estarían dispuestos en uno de los pequeños sermones filosóficos que buscan imponer a otros una fe de la que no están seguros ni ellos mismos, pero se calientan hablando, afirman con todos los tonos y, haciéndose los profetas, posan de creyentes. El verdadero artista es digno de no proceder así; y para todos aquellos que en buena hora conocieron y admiraron a madame Sand, esto es todavía un asunto de estupefacción y un enigma inexplicable, pues la encontramos simplemente crédula y, le pido perdón de verdad, muy mujer sobre un punto: cree en las ideas de los demás. Con un talento de primer orden y es tal que no encontraríamos semejante en nuestra literatura desde sus orígenes, ella parece temer que a su actividad y poderío le falte asunto, le falte alimento. Con ese fin recibe y toma las palabras y las ideas de las personas que, realmente, le son inferiores a fuerza. Ella los cree superiores porque concluyen rotundos, como si un gran pintor o un gran poeta tuviera necesidad absoluta de concluir. “Es un eco el que dobla la voz”, podríamos decir sobre ella y buscar a quienes fueron su inspiración. Pero hace más que doblar la voz, es transformación irreconocible. ¡Cuántas veces no hizo pasar sus aburridas paradojas al estado de magníficos lugares comunes! Por eso encontré al principio del libro la citada página y, al final ya, no sé qué panfleto socialista viene a añadírsele, y tampoco se sabe bien por qué. Imaginen un poco de Raynal (del mejor) [2] cosido sin deliberación con un ejemplar de Paul et Virginie [3].

Quería decir aquí esto para evitar escrúpulos de conciencia; es el lado débil, el reverso de un gran talento. Aunque por el momento solo tengo que esperar y maravillarme con toda franqueza. La escena un poco ideal del laboureur [4], que el autor opone a la alegoría holbeniana, es de una magnificencia digna de la envidia de Jean-Jacques y Buffon; es ahí cuando el recuerdo de Virgilio y el trabajo romano regresa manifiesto: la artista que pinta la labor del arado en el condado de Berry produce el recuerdo incluso de los bueyes de Clitunno. Pero ese primer capítulo grandioso, entremezclado aquí y allá de apostrofes y de alusiones a los ociosos, es lo que yo llamo el Raynal o la declamación de hoy, y me place menos que la historia muy simple y tan agreste de Germain le fin laboureur. Este relato comienza con el tercer capítulo y compone, propiamente hablando, este agradable idilio de La charca del diablo.

[Fragmento]

 

[1] Hans Holbein El Joven, pintor alemán, 1497-1543. Figura central del Renacimiento. George Sand describe un grabado de la serie Simulacres et historiées faces de la mort, del género de la danza macabra.

[2] Guillaume Thomas-Raynal, 1713- 1795. Fue un escritor y filósofo francés.

[3] Es una novela de 1788 escrita por Jacques-Henri Bernardin de Saint-Pierre. Es el cuarto tomo de sus Estudios sobre la naturaleza.

[4] En francés moderno se refiere a una persona que trabaja la tierra, “sin noción de estatus”. Traduzco de Wikipedia: “Bajo el Antiguo Régimen y hasta el siglo XIX, designa un campesino poseedor de la tierra con, al menos, una carreta, caballos, un par de reses y arado”.

 

* “La Mare-au-Diable (…) par George Sand”, Causeries de lundi, París, Garnier frères, 1857 (3e éd.), tome premier. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_sobreeldolmen_).