CHARLAS DEL LUNES / LA CUESTIÓN DE LOS TEATROS (II)

El reino de la Opinión

En nuestros días la dispersión o la confusión ha llegado a su último término. No hay nadie en el poder con cualidades suficientes para gobernar; los círculos distinguidos se rompen y desaparecen.

 

Por / Charles Augustin Sainte-Beuve*

En el siglo XVIII ocurrió un cambio revolucionario en la visión y el juicio. Éramos subsidiarios de la Corte en materias del espíritu. No conocíamos entonces al régimen de la libertad cuando reinaba el de la Opinión, a quien creímos. Si vamos a las características del estado de opinión de aquel siglo lo vemos enseguida constituido por las disposiciones de muchos círculos regulares y establecidos que dictaban el tono haciendo ley. Era la plena aristocracia de la inteligencia que subsistió en Francia gracias al poder absoluto que ella misma combatía y criticaba. Con la caída del antiguo régimen, los círculos regulares dependientes de la reacción contra él, dirigentes de la opinión pública, comenzaron a debatirse entre sí, y al final pudieron solo reformarse tardía e incompletamente. Era la libertad completa ofreciendo rumores confusos, juicios contradictorios y todas las incertidumbres.

En nuestros días la dispersión está completa; no lo fue bajo la Restauración. Se reformaron los distinguidos salones del antiguo régimen mientras surgían nuevos. La influencia fue real y la autoridad sensible. Nunca como entonces los grandes talentos bajo su dominio gozaron de regias licencias, si quedan aún quienes recuerden ese mundo. Uno de los grandes errores del último régimen fue creer que no dirigía a la opinión pública y al espíritu literario, dejándolos al azar. Y resultó que los grandes talentos, sin posibilidad de escuchar los juicios de la élite, destruidos los círculos de la opinión, encontraron la calma de una popularidad tramposa. La emulación se desplazó, y en lugar de mirar hacia lo alto como lo hacía, cayó en lo bajo. En nuestros días la dispersión o la confusión ha llegado a su último término. No hay nadie en el poder con cualidades suficientes para gobernar; los círculos distinguidos se rompen y desaparecen. Cualquier búsqueda de una opinión dominante en materia literaria será vana.

En medio de una situación tan desesperante, me parece, persisto en creer que no sería imposible si la sociedad política toma de verdad su lugar, estableciendo un orden, donde la voz de la Opinión poco a poco comenzaría a distinguirse. Falta solamente que los gobiernos de cualquier tipo, junto a los grandes cuerpos literarios y las Academias, presenten la idea posible de una literatura controlada y encauzada con algunos límites. Un Théâtre Français bien llevado sería un primer centro, una fuente de irradiación donde se reformarían galerías habituales y algunos juicios.

No tengo una visión negativa del público ideado como masa, pero a condición de que se le prevea suficientemente. “¿Cuántos idiotas hacen falta para componer un público?”, preguntó un hombre de espíritu irónico. Persuadido estoy de que se equivoca, pues dice algo mordaz y exagerado. El público no está compuesto de idiotas sino de personas con buen sentido; prudentes, dubitativos, dispersos, con la necesidad muy frecuente de agrupación, de ser conducidos para que descubran sus aspiraciones y pensamientos. Esto es verdad para todos los públicos, grandes o pequeños, e igual para aquellos que son ya elección.

Lo que dije, y regresando al punto del que me había escapado, también es verdad para los comités dramáticos. Los pequeños senados son manejados por un pequeño grupo. En estos asuntos lo más simple siempre es la unidad. Escojamos con destreza; una vez se logra, todo se ordena. Búsquenle una buena dirección al Théâtre Français, que sienta el peso de la responsabilidad, que aspire el mismo deseo de vida y prosperidad del teatro, que se renueve todo lo posible manteniendo la línea de las obras maestras. Pensando en lo que debería ser el Théâtre Français es embarazoso dar con una definición precisa. Tantos hemos dicho que ya degeneró; lo hemos visto levantarse de repente con lo que menos esperábamos, y a la tradición reconciliada con la juventud. Mientras una gran actriz trae la vida y la frescura de las obras maestras, los ligeros talentos poéticos introducen la fantasía moderna con su más agudo resplandor. Definiré la necesidad del Théâtre Français según el rol que hoy más que nunca le pertenece: es contrario de la grosería, la facilidad y la vulgaridad. Durante los intervalos de las grandes obras, yo dichoso me quedaría una vez más, como una de estas noches, para Louison et le Moineau de Lesbie.

[…]

No tengo una conclusión aquí. La única posible sería que, bajo una u otra forma política, el Estado en Francia tiene los mismos intereses y los mismos deberes; se equivoca abdicando de toda dirección de los espíritus cuando no usa los medios legítimos de acción que le pertenecen. La buena política consiste en trabajar, de ese u otro modo, en la contención de la grosería creciente: porque inmensa, lejana, es un mar embravecido; hay que oponer todavía los diques que no fueron destruidos; prestar la mano, en una palabra, a todo aquello que hasta ahora hemos llamados el buen gusto, la finura, la cultura, la civilización. Así resulten las contradicciones después del naufragio, todavía con la vida presta, siempre habrá en Francia un eco para esos nombres y esas cosas.

[Fragmentos]

*“De la question des théatres et du théatre-francais en particulier”, Causeries du lundi, tome 1, Libraire Garnier Fréres. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_Sobreeldolmen_).