CHARLAS DEL LUNES/ MAESTROS DE LA LITERATURA FRANCESA

…entre el fin de La Bruyère o de Fénelon y los inicios de Jean-Jacques [Rousseau], encontramos un periodo de calma, preclaro, moderado, donde se reencuentra la lengua que hablamos o que podríamos hablar, y es tan fuerte que nada la envejece.

 

Por / Charles Augustin Sainte-Beuve*

12 de noviembre de 1849

El vicio moderno más perverso desde hace algún tiempo es la frase, la declamación o simplemente la palabra grandilocuente. Todos los juegos se toman en serio y nadie sabe realmente qué sucede. No quiero decir que sea el único mal que nos invade, ni que no existan más relaciones entre los problemas; pero creo de verdad que el de nuestros días viene siendo uno de los más contagiosos, directamente perjudicial después de muchos años y contra el que se tiene que hacer mayores esfuerzos para erradicarlo.

Todo lo que contribuye a la expresión con la estimable claridad, purifica el espíritu francés, que es la lengua: evita el ahogo de la expresión afectada, el énfasis, los falsos colores y la aparente lírica que lo mezcla todo; sería un verdadero servicio ofrecido no solo al gusto, también a la razón pública. Acostumbrarse a escribir como uno habla y piensa ¿no es ya querer indagar sobre el bien pensar? Después de todo nunca se habían demandado tantos esfuerzos para regresar a la claridad porque no es asunto exclusivo de la forma; constituye el fondo de la lengua y del espíritu de nuestra nación; es la disposición y la cualidad evidente de los siglos. A pesar de todo lo que se hace para alterarla encontramos todavía muchos y asombrosos testimonios.

Iría incluso un poco más lejos diciendo que, no importa qué le hagamos, la claridad es y será siempre la primera necesidad de una nación presionada como la nuestra para actuar, que debe entender rápido porque no hay paciencia para escuchar. También encontramos recursos en nuestros inconvenientes porque somos las cualidades que nos traen los defectos.

Los célebres autores de nuestra lengua no son propiamente indiferentes al asunto y nos regresan la impresión enseñando la imagen de esta perfecta claridad. Sin duda encontramos ejemplos en todos los tiempos, incluso de las épocas antiguas: Philippe de Commynes y Montaigne. Aún con el pedantismo de falsas ciencias y los restos de barbarie, la disposición y los límites particulares del espíritu francés no paran de abrir caminos para que las naturalezas originales asomen muy alto. Por lo tanto, fue a partir de cierta época, igualmente elocuente, que la claridad devino habitual y podemos decir universal, en todos los buenos escritores. Pero pasó de uso. Es una época muy reciente, podría datarla en el fin del siglo diecisiete. No fue sino en la mitad de ese siglo solamente que la prosa francesa, que había hecho su clase de gramática con Vaugelas y de retórica bajo Balzac, se emancipó de repente para convertirse en la perfecta lengua del honnête homme con Pascal. Pero lo que había hecho primero un hombre de genio, eso que también otros espíritus superiores abrieron al mundo como los La Rochefoucauld y los Retz, debió vivirse como un intervalo para que todos pudieran disfrutarlo. Así la moneda de nuevo cuño empezó a circular.

La Bruyère incide decididamente en la era nueva, inaugurando esa especie de régimen moderno en el que la claridad de la expresión se combina propiamente con el espíritu, y no puede excederse para complacerlo. Al lado de La Bruyère encontraremos otros ejemplos menos evidentes, pero quizás también más naturales y fáciles. Fénelon en sus escritos no teológicos es el modelo más ligero y gracioso de lo que buscamos. Algunas mujeres distinguidas, con ese tacto que tienen de la naturaleza, no esperaron a La Bruyére para enseñar su viva e inimitable exactitud de los géneros familiares. Él demoró más para saber bien qué hacer y decirlo. Después del fin de siglo y durante la primera mitad del dieciocho, hubo un período aparte para la pureza y el sentido del flujo de la prosa. Mientras se aproxima la segunda mitad, mientras esperamos la aparición de Jean-Jacques Rousseau, nos enriquecíamos con piezas más elevadas, más brillantes y siempre nuevas. Ganaremos matices de impresión, también para las estampas.

Pero la declamación igual se introduce, la equívoca exaltación y la falsa sensibilidad van en su curso. Lo que sufrimos hoy en día ha tomado muchas formas después de un siglo; sabe cómo renovarse de colores cada veinticinco años, aunque su origen está con Rousseau. Sea como sea, entre el fin de La Bruyère o de Fénelon y los inicios de Jean-Jacques, encontramos un periodo de calma, preclaro, moderado, donde se reencuentra la lengua que hablamos o que podríamos hablar, y es tan fuerte que nada la envejece. “Nuestra prosa, dice Lemontey, se detiene en el lugar donde, ni trunca ni periódica, es el instrumento del pensamiento más flexible y más elegante”. Podemos preferir, seguramente, como aficionados, otras épocas de la prosa. No sería difícil indicar momentos en que pareció revestirse de más grandeza y amplitud de luz, pero para el uso habitual y general nada más perfecto, nada más cómodo ni mejor que el intercambio posible de la época defendida. Reencuentro allí en una primera mirada los nombres principales de Le Sage, el abate Prévost, madame de Staal (de Launay), madame Du Deffand, Fontenelle, Vauvenargues, Montesquieu al final, y Voltaire ya en toda su variedad y riqueza. Asimismo, al principio, encuentro al incomparable autor de las Mémoires, Saint-Simon, y a un narrador único, el muy amable Hamilton.

[Fragmento]

*“Chefs-d’oeuvre de la litteráture française. Hamilton”, Causeries de lundi, París, Garnier frères, 1857 (3e éd.), tome premier. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_sobreeldolmen_).