CHARLAS DEL LUNES / MEMORIAS DE ULTRATUMBA DE CHATEAUBRIAND

Lo que aquí literariamente hizo, ha debido hacerlo para todas sus edades; sustituyó los momentos reales por los que dictan sus sentimientos en el momento de la escritura.

 

Por / Charles Augustin Sainte-Beuve*

18 de marzo de 1850

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El poeta Gray ha dicho en general sobre las Memorias: “que, si quisiéramos escribir exactamente lo que vemos, sin afección, sin ornamento, sin desear el brillo, tendríamos más lectores que los mejores escritores”. Escribir así, según lo que uno ve y siente, sería, en efecto, como uno de esos libros simples y raros que apenas encontramos. Mejor sería, para esto, descargarse de toda afectación personal, o pretensión, sin poseer una de esas imaginaciones imperiosas, todopoderosas que, quiérase o no, substituyen, en muchos casos, la sensibilidad, el juicio y también la memoria. O una imaginación así es precisamente el don y la gloria de monsieur Chateaubriand; es curioso ver cuántas veces, ante el espejo brillante, inexactamente recuerda sus propias impresiones, cambiándolas, sin desearlo mucho, por otras frescas y muy recientes. Quienes tuvieron en mano las cartas del escritor, con fechas de viejos tiempos, en las que cuenta lo que sentía entonces, pudieron comparar lo que dijo con lo que después apunta en las Memorias: nada se parece menos. Solo indicaré un pequeño ejemplo. En 1802, de asunto en Aviñón, hace una excursión hasta Vaucluse. En una carta a Fontanes, fechada el 6 de noviembre de 1802, escribe: “Acabo de llegar de Vaucluse; te diré de qué se trata. Vale su reputación. En cuanto a Laura la pudibunda y al genio Petrarca, me sabotearon la fuente. Pensé en quebrarme el cuello queriendo subir una montaña…”. Mientras tanto, leamos en las Memorias el pasaje donde cuenta el peregrinaje hasta la fuente: Petrarca y Laura tienen todos los honores; no son más que citaciones del poeta e himnos al amante de Laura: “Entendemos en la lejanía los sonidos de luto de Petrarca; una canzione solitaria, escapada de la tumba, continúa alegrando a Vaucluse con una inmortal melancolía…”. Ciertamente no se trata de un crimen muy peligroso, pero así es como la literatura entra al lugar y al espacio de la verdad primera. Lo que aquí literariamente hizo, ha debido hacerlo para todas sus edades; substituyó los momentos reales por los que dictan sus sentimientos en el momento de la escritura.

 

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Es sobre todo leyendo la primera parte, plena de interés, sus escenas de interior, de infancia y primera juventud, donde las impresiones, idealizadas sin duda, no son para nada sofisticadas (todavía) y resultan sinceras; es por ese comienzo que sentimos cómo, un relato más simple, más claro, menos escabroso, con pasajes naturalmente elevados y sensibles, hubiera sido de un gran encanto. Pero rápidamente una de dos cosas impide el placer: o una imaginación extraña y sin gusto, o una enorme y pueril vanidad. La vanidad en principio y, especialmente, inimaginable en un espíritu noble, vanidad de niño o de salvaje; una personalidad enorgullecida de estar en el desencanto pero creída de ser el centro de todas las cosas, que ni el universo engullido apetecería, que todo es problema, que Bonaparte sobre todo importuna; que en el camino recorrido se compara con todo lo que encuentra grande y se iguala; que en todo momento hace esta pregunta, la cual debería dejar expresar a otros: “Mis escritos al menos para el siglo, ¿qué hubiera sido este sin mí?”. Hace otra más coqueta y donde la fatuidad sonríe: “¿Alguna bella mujer habrá adivinado la invisible presencia de René?” (la que se cree privilegiada en dolor, vive en angustia, sufre de estupor y compasión hacia sí misma y temerosa de su propia fortuna; alguien que ante la suerte humana se dice: “¡Solo me pasa a mí!”.  En últimas, alguien que, con esos mismos desplantes, encontrará jactancias, burlescas pretensiones, ¡todo al lado de palabras divinas!).

Justo después, por ejemplo, de venir hablando admirablemente sobre Grecia y de Fénelon: “Si Napoleón había acabado con los reyes, no había acabado conmigo”. Justo al pronunciar palabras dignas de Sófocles, termina con una frase a lo Cyrano.

Con frecuencia la imaginación excesiva también apaga el placer, el mismo que ella nos genera; una imaginación imprevista, bizarre, exorbitante, ciertamente grandiosa y usualmente encantadora, que busca la juventud y la frescura, pero desigual, entrecortada, llena de brusquedades y remecidas: es viento que de golpe salta, y estamos ya en el otro límite del horizonte. Tenemos apenas, en muchos casos, el hilo más ligero que une la idea presente con la reminiscencia, el recuerdo que el autor evoca. Busca un efecto, lo produce muchas veces, pero también le falta. Una singular broma circula dentro de una gran parte de estas Memorias, donde se acuerda toda licencia, una suerte de broma fuerte en el decir y en el tacto, pero sin seducción y sin ligereza. La alegría, en Chateaubriand, no tiene nada de natural o de dulce; es una suerte de humor o fantasía que se toca sobre un fondo triste, y la risa llora, frecuente. El autor no es del todo buenamente feliz o, al menos, lo es a la manera céltica más que a la francesa, y su impetuosidad, así como la expresa, tiene más bien el aire forzado. No rehúsa ninguna imagen desagradable y parece más bien excitarse con ellas. Las imágenes de la mismísima fosa común no le incomodan; es por momentos la alegría de un sepulturero, como en la escena de Hamlet.

[Fragmentos]

*“Mémoires d’outre-tombe par M. de Chateaubriand”, Causeries de lundi, París, Garnier frères, 1857 (3e éd.), tome premier. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_sobreeldolmen_).