Constaín y el siglo XX en Colombia, un territorio pantanoso

Tener como objetivo complejizar la vida de un hombre público puede ser la mejor excusa para hacer justamente lo contrario: relativizar sus errores y componer una biografía simplista, una colección edulcorada de virtudes.

 

Por Edgar Quintero Herrera

El siglo XX en Colombia empezó con las heridas abiertas de la Guerra de los Mil Días, la más sangrienta de las sucesivas guerras civiles decimonónicas, y el trauma de su efecto más devastador: la pérdida de Panamá. Terminó con la degradación del conflicto armado protagonizado por el Estado, las guerrillas de extrema izquierda, los ejércitos paramilitares y los carteles del narcotráfico, actores relacionados de múltiples formas, nunca uniformes, que lanzaron al país por un oscuro abismo moral e institucional.

Las imágenes del inicio y del cierre del siglo pasado en Colombia son las de un Estado arrinconado, unas élites políticas fracasadas y una sociedad a la deriva. También son una simplificación injusta y derrotista. En medio de las cenizas de la Guerra de los Mil Días y el fuego cruzado del conflicto armado, el país vivió períodos significativos de paz, gestionó con éxito un crecimiento económico sostenido y promulgó la constitución más liberal y democrática de su historia republicana.

El historiador y novelista Juan Esteban Constaín ha escrito un libro sobre uno de los protagonistas de la turbulenta vida política del siglo XX en Colombia. Álvaro. Su vida y su siglo (Random House, 2019) es, a su vez, un recorrido intelectual por las ideas del político conservador Álvaro Gómez Hurtado, un juicio histórico sobre los períodos centrales que marcaron su vida, como La Violencia y el Frente Nacional, y una crítica contra la simplificación, los lugares comunes, que, según el autor, acompañaron y acompañan a la familia Gómez y  su participación decisiva en la Historia de Colombia.

Juan Esteban Constaín durante una firma de libros en Bogotá. Fotografía / Cortesía

Constaín es consciente del terreno pantanoso por el que debe transitar. La admiración que le produce el pensamiento de Álvaro Gómez Hurtado, su cercanía con la familia del líder político y la intención, explícita, de cuestionar las exageraciones y las mentiras que los contradictores políticos del dirigente conservador supieron instalar en el debate público sobre su pasado, forman un conjunto de condiciones ideales para escribir una hagiografía, indulgente y tergiversada.

Tener como objetivo complejizar la vida de un hombre público puede ser la mejor excusa para hacer justamente lo contrario: relativizar sus errores y componer una biografía simplista, una colección edulcorada de virtudes.

Existe una tensión que atraviesa el libro de Constaín. Una tensión que el autor expone con claridad y que intenta, en diferentes momentos, resolver.

Está, por un lado, la crítica a la historiografía sobre La Violencia, en mayúsculas, el período que desembocó en un sangriento conflicto entre liberales y conservadores durante la mitad del siglo XX, dominada, según el autor, por un sesgo liberal que simplifica las causas que sumergieron al país en un baño de sangre sin precedentes, un relato partidista y dogmático que pone el acento en la radicalización de la dirigencia del Partido Conservador y exculpa a los grandes políticos liberales de su responsabilidad en la espiral de violencia que destruyó a la democracia colombiana.

Según Constaín, la narrativa de la historiografía liberal, difundida a través del aparato mediático e ideológico del liberalismo, consolidado en la segunda mitad del siglo XX como el partido hegemónico del sistema político colombiano, encontró en las figuras de Laureano Gómez y Álvaro Gómez Hurtado la forma de sintetizar su reduccionismo histórico, concentrando en los dos políticos conservadores, padre e hijo, los errores y la culpa del odio visceral y el dogmatismo enconado que se transformaron en cortes de franela sobre los campos y turbas rabiosas sobre el asfalto de las ciudades.

Del otro lado, está el riesgo de banalizar el discurso autoritario y antidemocrático, envilecido por una peligrosa promoción de la violencia, que Laureano Gómez y Álvaro Gómez Hurtado desplegaron en la antesala de la guerra civil no declarada que enfrentó a liberales y conservadores, contribuyendo a la ruptura de la convivencia en Colombia, un hervidero de palabras grandilocuentes que justificaron la desaparición física del contradictor, su deshumanización y la concepción de la política como una cruzada religiosa, un enfrentamiento de vida o muerte.

Considero, sin embargo, que en el camino inestable que Constaín decide explorar con su libro, agrietado por la tensión entre la crítica a la historiografía liberal y la responsabilidad de los Gómez durante La Violencia, incurre en importantes deslices.

En el capítulo IX, Constaín relata con detalle la caída del gobierno de Laureano Gómez, elegido como Presidente en 1950, y las decisiones políticas que antecedieron el golpe de Estado del entonces Comandante del Ejército, Gustavo Rojas Pinilla.

Cecilia Gómez Hurtado y Álvaro Gómez Hurtado junto a su padre Laureano Gómez antes de partir al exilio. Fotografía / Archivo

Después de enumerar los logros de la presidencia fugaz de Laureano Gómez y de ambientar la fragilidad política de su gobierno, tachado como ilegítimo por la oposición liberal y criticado por la facción conservadora liderada por Mariano Ospina Pérez, Constaín parece empeñado en demostrar que la mayor responsabilidad por el golpe de Estado y la imposición de la dictadura la tuvieron el liberalismo y el ospinismo, reacios a la Asamblea Nacional Constituyente corporativa que Laureano Gómez, inspirado en la dictadura de Salazar en Portugal, les ofreció como salida a la crisis política.

Una Asamblea Nacional Constituyente cuyo procedimiento de elección tenía, entre otros despropósitos, la restricción de la elección popular, una condición inaceptable para el liberalismo.

La interpretación de Constaín deja la sensación de que fueron la intransigencia de los dirigentes liberales y la codicia del ospinismo, y no las fórmulas filofascistas de Laureano Gómez y su desprecio por las formas de la democracia liberal, las actitudes decisivas que dinamitaron las instituciones democráticas y le allanaron el camino a la dictadura militar.

La última imagen del capítulo IX es elocuente en su intención de poner en segundo plano la responsabilidad política de Laureano Gómez. “Con un paraguas como símbolo de todo lo que vale la pena y está bien en este mundo, símbolo y bandera; dos hombres de honor, dos caballeros, con lo frente muy en alto”, escribe Constaín, describiendo la escena en donde el presidente depuesto, acompañado por uno de sus amigos, parte en un avión hacia el destierro.

Si el honor consiste en defender las ideas y los principios sin importar las consecuencias —una guerra fratricida, la imposición de una dictadura, la destrucción de una república— prefiero políticos deshonrosos que negocien sus ideales, pacten acuerdos incómodos y aseguren la convivencia democrática de un país.

También creo que Constaín le baja el precio al entusiasmo que los Gómez demostraron por la dictadura de Salazar en Portugal y al bando Nacional en la Guerra Civil Española, un conflicto que marcó las fronteras ideológicas entre liberales y conservadores en Colombia.

Es cierto que más de 70 años después y con el oscuro recuerdo de la dictadura de Franco, es mucho más fácil señalar el error político y ético de haber apoyado el golpe de Estado contra la democracia de la Segunda República Española, pero incluso durante el desarrollo de la guerra de exterminio que libraron los españoles estar del lado de Hitler y Mussolini era, por lo menos, bastante cuestionable.

También creo que Constaín le baja el precio al entusiasmo que los Gómez demostraron por la dictadura de Salazar en Portugal. Fotografía / Archivo

Finalmente, Constaín argumenta que el exilio de los Gómez durante la dictadura de Rojas Pinilla tuvo dos efectos positivos, definitivos, sobre la vida de Álvaro Gómez Hurtado: la maduración de su pensamiento político, expuesto en su obra ‘La Revolución en América’, y la moderación de su discurso político.

Los apartados más brillantes del libro son aquellos donde el autor explora y sintetiza las ideas de Álvaro Gómez Hurtado, sus profundas reflexiones sobre el encuentro de civilizaciones, el choque que supuso la llegada de los súbditos de Castilla a las costas del Nuevo Mundo, el proceso histórico que la Corona lideraba en la península, fundamental para entender las características del régimen colonial, su carácter, nuestro carácter, y la herencia indeleble que recibieron las futuras repúblicas americanas.

Sobre la moderación de su discurso político tengo un reparo importante que, sin embargo, no niega que después de los pactos del Frente Nacional y el retorno de la democracia, Álvaro Gómez Hurtado fuera un guardián leal y generoso del régimen democrático.

¿La construcción del concepto de las “repúblicas independientes”, el término que el político conservador empleó para designar a los territorios controlados por autodefensas campesinas, y que justificó el tratamiento militar, obtusamente militar, que el gobierno de Guillermo León Valencia le dio a lugares como Marquetalia, el mítico pueblo de las extintas Farc, fue el producto de un líder moderado, de una amplia visión social, que se forjó en los días sombríos del exilio?

Lo dudo.

Juan Esteban Constaín ha publicado una lectura fácil de reflexiones éticas, políticas e históricas difíciles de digerir, como suelen tenerlas los buenos libros. Una oportunidad magnífica para pensar en nuestro pasado, con sus horrores y sus luces. Un pasado que, como dice el escritor español Javier Cercas, no pasa nunca y que debemos conocer para que sus demonios no nos controlen.