Escribe / Alberto Antonio Berón Ospina – Ilustra / Stella Maris
El reconocimiento literario es una demanda de justicia esperada por los poetas; a su vez fortuito, incierto y dependiente del parecer de otros. No es universal, alcanza solamente a muy pocos y deja más sinsabores que beneplácitos como ironiza en su poética Juan Aurelio García: “Al evento asistieron doce poetas/ y el consagrado lector/ a quien una vez terminado el acto/ aplaudieron con gran alborozo”. Esos doce poetas que participan de la corriente vital de la tercera década del siglo XXI, son quienes persisten en alcanzar una justicia lírica, transformados en “…quijotes contra las entidades oficiales/contra lo que queda de moral/e incluso contra sus propios amigos/ que siempre rezongarán/que ya están envejeciéndose” .
Con su lengua…larga/ muy larga el poeta vislumbró desde la expulsión del ser humano del paraíso hasta la vertiginosa caída en el tiempo, la feroz fugacidad del deseo, la conciencia de muerte. En su largo viaje se convirtió en una especie de actor interior de sus propias palabras: romántico, modernista, nihilista, vanguardista; adjetivos para vindicar lo que justamente hoy resulta desenmascarable: la inexistencia de un lugar transcendental para el poeta. Vale la pena en este punto que recordemos a Pessoa, cuando dice “El poeta es un fingidor./Finge tan completamente/que hasta finge que es dolor/el dolor que en verdad siente.”
Luego de haber liderado por centurias el tesoro de las palabras en los más diversos sitios de la tierra, nos percatamos de la poca relevancia que tienen en nuestros días los poetas. En comparación con el desmedro actual, los poetas en otras épocas pudieron crear mitos que legitimaron guerreros, príncipes, videntes, deportistas, etc. Fastidie a quien sea, la civilización ha forjado mitos e historias con los restos de su lírica y la memoria que tenemos se le adeuda al poeta. Un libro como Vanas gentes resulta ser una especie de selfi registrada por el poeta, donde se acerca a sí mismo y legitima su relación con el mundo.
Esta selfi poética prefigura liberarse de papeles adjudicados al poeta en la sociedad: como la pretensión de encarnar una especie de ungido que aviva con sus palabras el fuego de la tribu, un habitante de la decadencia imbuido por la pose de poeta maldito o la supuesta singularidad de un oficio que le hace merecedor de un trato especial. Cualquiera de esas ilusiones se torna vana si leemos con atención a este poeta quindiano, quien con todo su pertrecho de ironía considera que su lugar no está en el top 40 de los autores canónicos, ni tampoco entre radicales
modernistas, o en un extremo de la foto ocupando el sitial de poeta menor a la sombra de los poetas más representativos del estado nación. ¡Pues no! El lugar del poeta en los tiempos que corren, míseros de metáforas y dominados por los “memes” pertenece a una conciencia acerca del sin sentido de la poesía: “Yo no sé para qué el poeta/ si no baila ni llora/ni tampoco se despeina/ o si al menos no adivina/ a santo de qué/ viene a remover tanta ceniza”
En la poética de Jorge Aurelio García el lector encontrará algo que siempre necesitaremos, el humor y la ironía que nos eviten caer al fondo de la olla, perdón, a la ilusión de la importancia que pueda poseer la poesía para el mundo, por tanto es recomendable al poeta “…actualizarse/confrontar su fama con otras/esas sí bastante grandes/ con un largo historial/de haber toreado en muchas plazas”.
Luego de leer a Juan Aurelio se percata lo innecesario de la nostalgia, de llorar por la aureola extraviada del poeta al cruzar una calle en medio del tránsito y del bullicio de la ciudad, como acaece en el texto de Baudelaire. Se extinguieron los días que el poeta fue coronado en juegos florales, empeñado el tesoro de su imaginación para llevar en sus palabras todo el peso del mundo, bípedo implume clavado a su propia soledad/privatizada. Publicado en tiempos de pandemia, resulta una invitación a que el poeta dispare su propia selfi, referente y protagonista de esta: “…escritores-profesores/escultores-albañiles/bailarines-guardaespadas”, agregando a esta lista, la de poetas-bomberos, poetas-panaderos, cualquier forma ilustre de ganarse la vida para así continuar escribiendo poesía, pues como bien lo intuye “Un artista de tiempo completo/ es todo un riesgo”.
RECITAL
¿A santo de qué
vienen hoy dizque a leernos poesía?
¿Por cuáles motivos
viene de tan lejos o tan cerca
el poeta que pulula?
¿Será tan sólo para encender
su hoguera mísera?
¿O porque hay de pronto
algún nuevo difunto en el poblado
otro caso aberrante de estupro
una creciente ola de adulterio
otra prolongación abusiva del invierno?
Díganme al menos un motivo
en este día corriente
en que también se celebran bodas y sepelios
en que no faltan reencuentros, despedidas
en que se fatigan almanaques y relojes
mientras nadie sabe a ciencia cierta
de qué adolece el hormiguero
Que se sepa
hoy es martes o domingo
de cualquier mes o año
una fecha tan memorable
como la suma de todos nuestros años juntos
Díganme
¿será acaso que ya alguna joven no menstrúa?
¿que es cada vez más precoz la menopausia?
¿o que las heridas no sanan
y por eso se les mojó la pólvora
a un hombrecito en su primera noche
o al soldado o a todo el regimiento?
¿O que, en definitiva,
el pillo terminó por camuflarse
entre tanta transparencia?
Yo no sé
pero debe ser que el pan
está saliendo amargo
debe ser que el agua de los grifos
trae notas de acidez y de amargura
que se espesan en la boca
y se derraman en el ánimo
Sí
debe ser cierto
debe ser cierto que el insomnio
está creciendo a razón
de tres ojos por cabeza
de tres desiertos por insomnio
a razón de un poblado de olvidos
por difunto
De otro modo no se entiende
para qué viene el poeta si no canta
si la gente cuando él habla
no se levanta de sus sillas
ni para qué persiste
en su impavidez y en su mutismo
o en que les crezcan las barbas
y las caries mientras piensan
Yo no sé para qué viene el poeta
si no baila ni llora
ni tampoco se despeina
o si al menos no adivina
a santo de qué
viene a remover tanta ceniza
LA EPIFANÍA
Para José Guillermo Ánjel, Memo Ánjel
Un poeta se brinca el turno
que le asignaran en la fila
No es para nada natural
su forma de avanzar
pero ahí va el hombre
Quienes han presenciado esta visión
este hecho incontestable
enmudecen
todo porque el poeta
es la voz de quienes no tienen voz
Otros poetas han madrugado
a la sala de espera
antes que él
¿pero qué se puede esperar
de un artista que brinca
y porta además una garrocha?
Ahora el hombre está adelante
muy adelante de todos
tiene licencia
como un conquistador, como un adelantado
a todas luces precoz para su época
Se podría decir
que desde que el tipo dio ese paso
también el paisaje ha cambiado radicalmente
Es un hecho irreversible que el hombre
(los poetas no dudan)
que ahora el hombre va adelante
se ha podido robar todas las miradas
sin proferir una sola maldición
por la lentitud con la que avanza la hilera
Y no es que haya roto el ritmo ni la rima
ni tenido un ademán impropio en la grave circunstancia
de las gentes y artistas muy antiguos
que desde el principio lograron precederlo
y que han encanecido esperando
Es tan así que aquellos
que ya tienen ampollas en los pies
o en las posaderas
han desviado su atención
desde que el hombre ha saltado
con su garrocha en un salto limpio
muy por encima del turno
que le habían asignado en la fila
Como si no pensaran ya en los grandes problemas
que deben caberles en suerte
así a poetas menores como a los de mayor calibre
sino en las pequeñas, sencillas cosas
como ésta
pero que valen por una epifanía:
de cuando un poeta se salta su turno en la hilera
como si los poetas eventualmente
pudieran ser humanos
y pensaran en estas cosas en apariencia anodinas
propias de los países y ciudades
donde sólo cabe un poeta
DE LO QUE FUERON
A menudo los artistas
son gente que comienza a serlo
siendo nada
Esto en el camino se les olvida
El yo se les pega a sus obras
como una lapa
y por eso exigen
la justicia de ser reconocidos
Es allí donde comienza el patetismo del asunto
su lucha de quijotes contra las entidades oficiales
contra lo que queda de moral
e incluso contra sus propios amigos
que siempre rezongarán
que ya están envejeciéndose
Pero al final
si las coge en el aire
el artista vuelve al redil
retoma a sus viejos maestros
revisita a El Bosco o a Pessoa
(por ejemplo)
y algo de Baudelaire le inyecta
a su ya no tan corrosivo vino de todos los viernes
decidiendo pasar por calles
que no van a dar a plaza alguna
por pasajes de ciudad sin número y sin nombre
a ver si reencuentra la fecundidad perdida
en la magia de su gloriosa y clandestina pequeñez


