CORMAC McCARTHY, UN NOBEL POSTERGADO

Si alguien todavía lee en serio y con honestidad en la Academia Sueca, y si en últimas alguien responsable y con poder decisorio busca con su sanción histórica y crítica que en el vasto reino de la literatura se haga justicia, McCarthy no se irá a la morada de sus padres sin antes recibir el galardón del viejo dinamitero.

Escribe/ Juan Guillermo Álvarez – Ilustra / Stella Maris

El Pasajero, junto a Stella Maris, su más reciente (¿ultima?) novela después de 16 años de silencio editorial, y que es un poco El Proceso de Kafka, El Extranjero de Camus y en ultimas Pechorín de Un Héroe de Nuestro Tiempo de Lérmontov, vuelve a situar a McCarthy, un autor amado y odiado por las mismas razones, su intransigente pesimismo y su estilo sin concesiones, a la cabeza de los prodigiosos narradores norteamericanos contemporáneos, es decir, los más vigorosos del orbe literario.

Tras Bobby Western, el buzo que descubre que en el avión siniestrado en el mar falta uno de los pasajeros, van los esbirros de la Administración. Pero a él no le importa, o parece no importarle mucho, pero no deja de importarle, y de hecho cada vez le va importando más, a medida que los indicios tienden a acorralarlo, porque es un héroe de tragedia ática, con todo y ciertos dones superiores que no deben faltar, y un héroe de nuestro tiempo, por supuesto, que según la interpretación del propio Lérmontov somos todos nosotros, los hombres bichos de la era moderna, con debilidades de carácter que hacen temer un desenlace desastroso de sus destinos, y su alma ya está más atormentada de lo que podrán atormentarlo jamás los jueces más implacables de la tierra.

No es Edipo, sino un transgresor más antiguo aun, bíblico: ama a su hermana, pero no tiene el coraje de ésta para desafiar todas las convenciones y entregarse a ese amor como ella le propone.

Al igual que Joseph K, no sabe por qué lo persiguen, por qué lo fuerzan a esconderse y finalmente a recluirse en un faro de un pueblo perdido en el Mediterráneo donde buscará apagarse de a poco hasta desaparecer como Empédocles u otro héroe de la laya.

Las simetrías con esta novela de Kafka son asombrosas. Un siglo después, nos confirman que nunca dejamos atrás las pesadillas del checo. Son las nuestras.

Bobby Western, en los ‘80s, se adelanta a Neo de The Matrix. El agente Robert Smith es el mismo agente federal salvo que cambia su black suit por uno de verano y lo sigue acompañado por otro de traza similar pero no idéntica.

Las matemáticas, la bomba atómica en cuyo proyecto trabajaron los padres de Bobby y Alice bajo el mando del mismísimo Oppenheimer, la física cuántica, el asesinato de los hermanos Kennedy, los fantasmas tutelares de Knoxville (cuna del autor), el regreso a casa, al hogar donde sólo restan la abuela Granelle y un tío esquizofrénico, las peripecias para recuperar la herencia de la otra abuela, en monedas de oro guardadas una por una en las tuberías de plomo de su casa y cambiadas por efectivo en operaciones al detal con numismáticos por todo el Sur; su flirteo con la tranny Debussy Fields, salpican de circunstancias el destino cuesta abajo de este buzo rescatista fóbico a las profundidades, físico amateur y amante de los autos de carreras que no se anima a bucear muy hondo en su propio subconsciente y se somete a módicas sesiones de psicoanálisis informal a cargo de su amigo John Sheddan ante una mesa provista de cervezas y algún plato de haute cuisine que aquél despacha en medio del proceso.

En paralelo, la maravillosa Alicia (¿qué lector no la amará?), sucumbe al desencuentro del amor que hubiera podido rescatarla de su apoptosis inexorable entre los fríos muros de la institución (Stella Maris, título de la ficción paralela, en formato epistolar o mejor diario, porque las cartas entre los hermanos no se explicitan: las de Bobby no constan y las de Alice están a buen recaudo de ojos indiscretos hasta que Bobby las confía a su amiga Debussy), en la que se recluye para buscar la ayuda que nadie más, sino su hermano, hubiera podido darle, a menos que conectemos su caso con el del tío materno y aceptemos el diagnóstico familiar de esquizofrenia.

Con el vigor narrativo de sus 90 años, (que cumplirá este 20 de julio), pura maestría dosificada y un estilo consagrado que lo pone al frente de los grandes narradores actuales de largo aliento, su arte de relojero o de fabricante de violines (como el Amati que compra y después pierde Alicia), que cumple en el detalle y se alza en raptos de poesía y desciende para marcar en impenetrables oscuridades interiores su impronta personalísima, nos hace este regalo que impresiona al final y, si alguien todavía lee en serio y con honestidad en la Academia Sueca, y si en últimas alguien responsable y con poder decisorio busca con su sanción histórica y crítica que en el vasto reino de la literatura se haga justicia, McCarthy no se irá a la morada de sus padres sin antes recibir el galardón del viejo dinamitero.