Pero conviene recordar, por lo menos para mí, que uno no va a una exposición detrás de un concepto.

 

Por / Sergio Pérez Álvarez

…que piensan que hacen una guerra

y se hacen pis encima como chicos…

Fito Páez

 

En mi caso, se lo escuché al siempre inteligente Ricardo Silva. No sé en qué momento, ni en qué instante, ni en qué circunstancia, esos objetos que representaban nuestro mundo entero, el refugio, muchas veces con los que dábamos sentido a lo que veíamos a nuestro alrededor. Aquellos que creíamos propios y que compartíamos con reserva, esos que cuando lo recibíamos eran como si nos estuvieran dando un tesoro, esos objetos y esas experiencias que a veces no tenían una forma fija ni la apariencia de un superhéroe, pero que igual acompañaron nuestras primeras horas de aburrimiento, empiezan a desaparecer paulatinamente; ya no nos interesan. Pierden su aura. Entonces, esforzándonos en recuperar la sensación, en volver a vivir aunque sea un instante algo semejante, recurrimos a la escritura, al deporte, a las artes, y también al vacío, a la guerra, a las cuentas pendientes. A jugar dizque a cosas serias.

Pasé por el Museo de Pereira y luego de atravesar los protocolos higiénicos de estos días inciertos pude ver las tres exposiciones en circulación. En el sótano se expone Canto rodado de Leonel Vásquez. El artista recoge piedras en las cuencas de los ríos Claro, al sur de Antioquia; Chenché y Saldaña en Tolima, y Aguas Claras en la Guajira, y elabora un mecanismo que consiste en rozarlas con otra piedra más pequeña para producir sonido. La metáfora sonora le permite aludir a un espacio orgánico, lejos del ruido de los habitantes, y en apariencia fuera de las historias de los ribereños. Pero en los tímidos sonidos de las piedras vemos en realidad los propios sonidos del artista. Propone una biblioteca de las piedras, como un repositorio de ideas, de imágenes sonoras, que yacen mudas y que aguardan algo de la extrañeza y la intemporalidad del lugar que el artista nos propone hurgar abstractamente.

Canto rodado, de Leonel Vásquez. Fotografía / Cortesía MAP

Simbiosis entrópica, de Grey Cube Projects, está en el primer piso y agrupa obras de varios artistas. Hay de todo como en botica. La idea de ‘simbiosis’ y ‘entropía’ que se propone para articular las piezas revela la complejidad del adentro y el afuera: son piezas íntimas, abstractas, muy personales, pero que tratan temas, digamos, universales. Aunque son muy distintas, las obras si algo las vincula técnicamente es la manera como incorporan materiales o texturas propias de nuestro mundo contemporáneo: plásticos, leds, dorados, petróleo, microscopios, vidrio, colores urbanos. Es como si al artista plástico le interesara sobre todo recoger e introducir estas nuevas materialidades y convertirlas en objeto artístico, antes que en la obsesión persistente por el manejo particular de una técnica o en dialogar con una tradición plástica. Sentí también, paradójicamente, en su gran mayoría, una angustia por el medio ambiente. Son obras escultóricas pero esencialmente conceptuales.

Al subir las escaleras al tercer piso de este bello edificio que no conocía y que me gustaría visitar muchas veces, se encuentra la exposición de Carlos Bonil Suelo turboso (obra nominada al X premio Luis Caballero, cuyo ganador fue dado a conocer hace algunos unos días). Nos recibe la forma de un tanque de guerra envuelto en papel de regalo. Al fondo, a mi juicio lo mejor del circuito, una pieza con un mono semiesquelético y apocalíptico sostenido por unas piezas de computador y acompañados por un viejo televisor. Independiente de su significado, es un objeto cuidadosamente armado: el mecanismo además le da contundencia. Antes, como una mueca divertida, una escopeta girando, en actitud de limosna. Hay sensibilidad y hay humor, que se agradece frente al panorama de seriedad y ostentosidad que rodea el arte contemporáneo

El título Suelo turboso me parece que añade complejidad y abstracción a la puesta en escena, antes que orientar o esclarecer la mirada. Pero conviene recordar, por lo menos para mí, que uno no va a una exposición detrás de un concepto. Para esto se leen los libros. Va detrás de una experiencia estética. Sí se percibe en cambio ese afán de coleccionar, de agrupar, ordenar y de resignificar esos objetos transitorios que llenan nuestro basurero semana tras semana. Se entiende mejor aquí el propósito del artista de explorar en eso inorgánico para hallar lo humano, lo vital, lo orgánico. Aunque parecieran futurista su obra, es una obra llena de nostalgia: de alguien que creció entre la tv, la llegada al espacio, mtv, y en un país en guerra cuya mueca no es chistosa, sino que es el horror y violencia.

Cualquiera que se haya detenido a ver un niño jugar con sus juguetes o con sus semejantes reconocerá que no hay nada más serio que un juego de niños. El llanto, el dramatismo, la emoción, la timidez, entre otros fenómenos que rodean esa escena, se deriva que allí estamos buscando sentido y nos estamos divirtiendo, aunque esa diversión a veces sea angustiosa.

En el centro de la propuesta hermenéutica del filósofo Hans Georg Gadamer se encuentra esa idea del homo ludens: para el filósofo el arte era sobre todo un juego. Desde luego, el asunto no es ver cómo alguien juega solo con sus juguetes y se encierra en su mundo, sino cómo ese alguien nos despierta y nos vuelve a recordar lo importante: que alguna vez fuimos niños.

¡Aprovechen para ir al museo!

 Pdt. ¿Para cuándo quedó el Congreso Ciorán en homenaje a ese ser mágico y especial que era la maestra Herrera? Yo sólo la vi un par de veces a lo lejos; vi cómo todo brillaba alrededor.