DEJAR QUE EL PRESENTE SE ESCRIBA SOLO

Vivir no resulta fácil y la literatura tiene mucho del puño y del consuelo. La escoba es un objeto penitencial y como tal, a veces purifica.

 

 

Por / Jáiber Ladino Guapacha

Hay días en los que en un puñado de polvo palpita la vida. Barrerlo y amontonarlo parecen un triunfo. Mercedes Carranza en su “Oda al amor” finaliza asegurando que, después de ese huracán que es estar enamorado, nos queda “hacer de nuevo la casa… barrerlo todo y seguir viviendo”.

Percibo esa verdad en la canción “Time after time” de Cyndi Lauper de finales de los años 80. En la letra se propone un pacto para la amistad mientras se deja un beso de despedida. El vídeo representa a una joven artista que abandona su pequeño mundo para explorar nuevas oportunidades. El detonante lo constituye un novio incapaz de comprender, en el corte de cabello, la búsqueda estética de su amada. Ante la sensación de ridiculizarlo a él delante de sus amigos, la joven huye y es entonces cuando la escoba se convierte en un símbolo desolador: escondiéndose a la entrada de un almacén, tiene la visión de su madre barriendo, es lo que le espera si se queda. Intenta tocarla, descubre que es una ilusión y recoge su mano aterrada: ¡No! ¡La quietud del poblado no es para ella! Es la primera vez que se escucha el coro “If you’re lost, you can look and you will find me, time after time”. Juntas, la escoba y la promesa.

El jueves 7 de mayo del presente, un montoncito de hojas secas y polvo resultaban una reivindicación: el salón limpio, aún sin estudiantes, no pierde su vocación como lugar acogedor. En el tablero persistían las carteleras de la última exposición con fotos de Alejandra Borrero, Débora Arango y Frida Kahlo. Compartí el momento en redes pensando en mis estudiantes. Una forma de recordarles que ese espacio físico nuestro estaba ahora en la virtualidad y la comunicación que lográramos construir allí.

Encontré la publicación, después de comprobar un estado leído en el muro de un escritor barranquillero. Después de copiarlo para los propósitos de este texto, me asomé a mi perfil en la misma fecha. Registré en mi Face la entrega de guías de estudio a los padres de familia. El jueves limpié un poco y el viernes compartimos una torta con las compañeras por el día de las madres. En la tarde, y ya en casa, disfruté el dulce de guayaba y galletas obsequiadas por Ticlán, uno de los chicos de noveno.

A las 17:56 de ese viernes Paul Brito compartió en su estado: “Vivo en función de ficciones: las que escribo, el sentido que le doy a cada día, el amor, ¿y voy a ser tan pendejo de no concebir otra vida después de esta donde mi madre y mi abuela me estén esperando para darme los besos sonoros que me deben?”.

No sé en qué momento lo leí, pero reaccioné con entusiasmo a su publicación y lo conservé como un artículo de mi credo personal.

Después de leer su más reciente novela, Restos orgánicos de un mundo anterior, compruebo que en ese estado del viernes ocho de mayo, a pocos minutos de las seis de la tarde, Paul Brito acababa de tener una revelación.

Lo imagino en el interior de una excavación, con una escobilla en la mano, separando la tierra de una indeterminada materia que con sus cuidados va adquiriendo la dimensión de un objeto valiosísimo. Toda la tarde ha estado trabajando en ese descubrimiento: lo describió, lo registró, lo inventarió y con satisfacción compartió la noticia para sus amigos.

Paul Brito. Restos orgánicos de un mundo anterior. Planeta, 2020.

Sigo así la clave de lectura propuesta por él mismo en las primeras páginas de la novela, cuando nos dice que el título proviene de un tratado sobre fósiles escrito por James Parkinson, el mismo autor de la monografía sobre la enfermedad que lleva su nombre. De dicho tratado, Brito añade: “está redactado con una prosa más poética que científica. A los fósiles los llama: Medallas de la creación, eslabones clave que conectan una porción del pasado con otra”.

La lectura de Restos permite entonces adentrarse en una exposición de 42 de medallas heredadas por el autor. El guion para la valoración de las piezas, libre de un rigor cronológico, nos sumerge en un trato íntimo: casi que terminamos por sentirnos amigos de Pe, como si hubiésemos sido educados por la profesora Marina Ramos, su madre, o hubiésemos recibido la dirección técnica del canario Brito en su paso por el Deportivo Pereira. Hasta sus perros parecen escoltarnos, mientras recorremos la playa con el autor y le escuchamos hablar de esa necesidad de “tocar fondo” con Alex y Rodolfo.

Para un año tan extraño y depresivo como lo es este 2020, una novela como la de Brito ayuda a desempañar la óptica desde la que contemplamos la vida. Tanta quietud y encierro, tanta prevención y restricción, minan nuestra salud mental. Es inevitable el desgaste del buen humor, de la paciencia y del asombro. También ese recrudecimiento de la violencia, el desplazamiento y el delito, la desconfianza ante las instituciones y el sopor de la “nueva normalidad”, demandan unos protocolos para la psicoseguridad.

Ante la pregunta “¿Qué hace la literatura en nosotros?”, el poeta Jhonattan Arredondo concluye en su columna: “si leer es un acto religioso, la literatura, por su parte, es la auténtica manifestación de un milagro: nadie puede impedirnos imaginar lo que queramos, incluso, si lo que imaginamos ya no pertenece a este mundo. Eso es lo que hace la literatura en nosotros.”

Tanto del novelista, como del poeta, extraigo un zumo de fe en la literatura. ¿Quiénes somos cuándo iniciamos el libro y en qué nos hemos convertido al llegar a la última línea?

Después de la hospitalidad con la que Brito nos ha permitido el recorrido por sus medallas, algo en el propio interior cicatriza. Quizá es que entre las risas por el cumpleaños desplazado por el bullicio del anuncio del nobel a Gabo y el silencio por la enfermedad y la ausencia de la madre, lo que estamos escuchando es la música del río de la vida que corre.

Es también una invitación para limpiar de nuevo la casa y hallar los fósiles propios. Sacudirlos, desempolvarlos, puede animarnos a dialogar de nuevo con quienes también habitan la casa y quererlos un poco más.

Pe nos cuenta, en una prosa de 12 renglones, la pelea de un padre con su hijo. No sabe muy bien por qué vuelve de vez en cuando, pero las palabras con que termina aquella imagen me hacen pensar una clave: “Luchaban, pero a la vez parecían consolarse y acariciarse después de cada tirón, de cada sacudida. Al final quedaron abrazados, llorando.”

Vivir no resulta fácil y la literatura tiene mucho del puño y del consuelo. La escoba es un objeto penitencial y como tal, a veces purifica.

@j_guapacha