Cuando me enfrento a un texto, lo hago con la perplejidad de estar inerme ante la poética que cada autor propone y, como cómplice, me dejo llevar hacia los territorios que les interesa explorar: el amor, el placer, la muerte, el deseo, el desengaño, entre todas las posibilidades que tenemos los seres humanos de decir que estamos vivos, y que pensamos, y que sentimos.

 

Por / Jefferson Martínez Santa

Hace algunos días, mientras intentaba escribir algo, pensé que los textos tienen una performatividad propia. Al ver cómo mis dedos se movían por el teclado, sentí que mi cuerpo estaba tan comprometido, al punto de convertir en gesto las palabras que aparecen entre la bruma de las páginas en blanco. Si esta es la sensación que experimento al son en el que escribo: ¿Quién soy yo cuando leo?, ¿quién es el lector? Me he quedado perplejo ante esta inseguridad de escribir leyendo.

Mientras leía un texto de José Sanchis Sinisterra en Dramaturgia de la recepción, para acercarme a la noción de las estéticas de la recepción, pensé que, como lector que asiste a una puesta en escena, soy un espectador. Esta sospecha es provocada por una definición tentativa que el dramaturgo da el concepto que trata de introducir:

Y, sin conocer toda la Estética de la Recepción, era consciente de que en esos 10 o 15 minutos, me interesaba desubicar al espectador, hacerlo abandonar sus certidumbres, sus expectativas, sus prejuicios, sus suposiciones. Que quedara un poco inerme ante la poética que el espectáculo planteaba y se dejara así llevar a los territorios que me importaba explorar.

Cuando me enfrento a un texto, lo hago con la perplejidad de estar inerme ante la poética que cada autor propone y, como cómplice, me dejo llevar hacia los territorios que les interesa explorar: el amor, el placer, la muerte, el deseo, el desengaño, entre todas las posibilidades que tenemos los seres humanos de decir que estamos vivos, y que pensamos, y que sentimos. Escribir es la búsqueda del sosiego o la búsqueda del pálpito que se hace texto en un ir y venir de hilos.

Ante esta condición de leer como espectador, me he dejado llevar hacia los territorios del amor y de la muerte, de la memoria que incesantemente busca el sosiego como el poeta que busca el verso y la decadencia. Todo esto y mucho más es Todas mis cosas en tus bolsillos de Fernando Molano Vargas, si pensamos que la poesía es la palabra más allá de la palabra: su límite y su indecibilidad. Aun así, escribo con la obstinación de no dejar escapar su voz poética, su voz como amante incansable.

 

Andar toda una vida

esquivando la pregunta

                                      ¿La muerte…?

Y este momento supremo

en que por fin tenemos

                                       a punto

y casi frente a los ojos

la respuesta

sin ya tener manera alguna

de escucharla o de sentirla

                                      ¿qué cosa es

                                      al fin y al cabo?[1]

Todo intento por decir la muerte es inútil. Quizá la única certeza que tenemos de ella es la renuncia del cuerpo a la mundanidad, de la finitud del espíritu tangible —de la carne—. La muerte en el otro, en el amado, es la cuestión que aparece como una posibilidad de la alteridad. Al asumir la mortalidad del otro, hay una conciencia de que, mientras su espíritu y su carne descienden al sustrato del suelo y de la vida que se regenera, tú también te estás haciendo finito: vives con esa conciencia de estar muriendo, vives con la paradoja a flor de piel. Ese a quien amas eres también tú.

Sin embargo, evocar al amado y vivir, aun en una condición de despojo, nos insta a hablar de la ilusión, del impulso que mueve el deseo en el amante, quien ama más allá de la muerte. El deseo nos permite lidiar con la carga de finitud que llevamos escrita en las venas, el deseo es la continuidad de las almas que aún habitan la terrenalidad del mundo. Este es el momento en el que leer a Fernando Molano Vargas es como escuchar a Celia Cruz.

Al cielo una mirada larga

Buscando un poco de mi vida

Mis estrellas no responden

Para alumbrarme hacia tu risa.

Olas que esfuman de mis ojos

A una legión de tus recuerdos

Me roban formas de tu rostro

Dejando arena en el silencio[2]

 

Tengo la certeza de amar y llegar a casa extrañándote. De súbito, toda la casa se ha convertido en un laberinto de nostalgia. Yo, que hasta el momento no sé lo que significa la muerte de un ser cercano, usurpo la voz del poeta y me cubro entre las sábanas y siento que no puedo conciliar el sueño. No estás aquí conmigo, pero te siento tan cerca. Entonces, me doy cuenta de que puedo dimensionar el dolor con el que Fernando escribe su pérdida. Y, soy de nuevo ese lector —o espectador— que se encuentra inerme ante una poética y que se deja llevar al territorio que pretende explorar quien escribe.

 

Hace tantas horas es de noche

y aún no mueres

            se han ido ya los tormentos

            de tu cuerpo                    te han dejado

            cada centímetro

            tendido sobre el lecho

            – y pareces tan tranquilo

            en esta hora ya nadie pregunta por ti

            y sólo en la penumbra del alba

            sin afán -me digo

            te espera la carroña

¿te sientes           pues

                          aún

en esta tregua

sin dolor

y sin alarmas?[3]

Fernando Molano Vargas. Fotografía / Cortesía

Todas mis cosas en tus bolsillos es la agonía, la muerte y la culpa. Sin embargo, la obra es el amor y su carácter polivalente. Amar es situarse en la brecha del límite entre el dolor y anhelo: bordes entre la vida y la muerte. Por eso, ante todo, el amor es la pulsión entre Eros y Tánatos, entre lo que tiende a desaparecer y a persistir. En estos poemas de Fernando, reconozco su valor genuino porque, entre todas sus posibilidades, el amor es también la culpa de recuperar el goce al aceptar la pérdida del amado. La muerte es la antípoda de la vida y el amor es búsqueda del amante, a quien solo se podría ver en sueños: son sus ojos de perro azul.

 

Porque uno los ve bailar

y es como si en otro lugar

estuviesen quietos

                                           porque

giran hermosamente sus cuerpos

sobre sus pechos lentos

y entonces es como si la alegría

En algún giro

distraídos te miran

                           sinceramente parada

y en el siguiente de ti se olvidan

                           —pero tu mirada persiste

                           en ellos

En la jovial frescura de un trago

sientes perfectamente

toda alegría como una traición

                                          ahora

y no entiendes esta sonrisa en tus labios

tu amigo muerto

esa cerveza fría en tu mano[4]

 

[1] Cuando leímos La muerte de Iván Ilich, Diego decía. Todas mis cosas en tus bolsillos. Fernando Molano Vargas.

[2] Te busco. Celia Cruz.

[3] Hace tantas horas es de noche. Todas mis cosas en tus bolsillos. Fernando Molano Vargas.

[4] En un bar mirar pareja, solo. Todas mis cosas en tus bolsillos. Fernando Molano Vargas