Se trata, claro está, de una historia de imposturas, de fachadas, de la gran fachada social sobre la que se soportan muchas vidas, pero detrás de la cual no hay absolutamente nada, solo un bosque blanco, muy blanco, árido.

 

Por / Giussepe Ramírez

¿Cómo contar la historia de una gran fachada descascarándose, lenta pero completamente, que termina por sepultar bajo sus ruinas a toda una familia, a la imagen del amor, al espejismo de la vida anhelada por tantos amigos? ¿Desde qué punto de vista enfocar la historia sin caer en el sensacionalismo, el ensalzamiento, la sublimación o, equívocamente, la redención del asesino, del adversario? ¿De qué forma ordenar, encadenar y trascribir los hechos, la inevitabilidad de la tragedia? ¿Cómo transformar los elementos periodísticos para crear una experiencia estética más allá de la conmoción producida por los hechos? Es decir, ¿cómo elevar un simple reportaje a la categoría de obra de arte? Balancear forma y materia, propender por un ejercicio de trasparencia.

En Carrère fue una decisión moral y estética. Paradigmática.

Abandonar el modelo Capote, deshacerse de él, de su sombra, bajarse de sus hombros de gigante, de la trampa sobre la que  sustentó el anterior paradigma. Renunciar a esa herencia, tan maldita. Leer A sangre fría más de tres veces, consciente de su influjo, hasta encontrar la forma, tan lejana a la de Capote.

No jugar a ser Flaubert, tan amado por Capote. Prescindir de ser Dios. No serlo aunque en ocasiones el autor pueda jugar a serlo, en el texto. Ocupar su lugar como escritor, reconocer cierto paralelismo con el asesino, con la paternidad del asesino; preguntarse qué de esa historia resuena en su vida. No suprimirse de la realidad, no salirse de ella, estar dentro. Saber cuál es la historia que vale la pena ser contada a pesar de las críticas, de los dilemas morales, de, incluso, jugar en ocasiones el juego del asesino.

Ser un hombre, a secas; un hombre que escribe, que tarda en escribir, que se bloquea, que tira la toalla, exhausto, aburrido, extraviado, asqueado; que tarda en hallar la forma de contar una gran mentira, la sordidez de esa mentira, lo que desencadena descubrir esa mentira, la vida entera gangrenada por la mentira.

Las horas vacías de un hombre que iba a perderse, solo, por los bosques del Jura. La verdadera intriga. Establecer la relación con los materiales, no abstraerse de su subjetividad al enfrentarse a esos materiales. No renegar de su vínculo con la historia. Asumirlo, pero sin arrogancia, sin protagonismos, apuntando solo a la tensión de unos hechos sabidos. Renunciar a Dios, a su omnipresencia. Reconocerse falible, con una perspectiva particular.

Y sin embargo abandonar la especulación. Mostrar sus cartas desde el principio, marcar los límites. Declarar sus intenciones en el primer párrafo, su forma de acercarse a la historia.

Pero apartarse inmediatamente, narrar desde otra perspectiva más propicia, desplazar el foco hacia la imagen, que colma los sueños de un amigo ingenuo, de unos sacos de plástico gris conteniendo los cuerpos chamuscados de unos niños.

Ser consciente de su precario punto de vista, del yo que enuncia, de la primera persona. Del yo como vehículo para llegar al otro, para imaginar cómo es ser otro, para hurgar en la psicología del otro, en su mimetismo que le impide reconocerse, decir «yo». En su miseria, tan profunda. Para saber qué pasa por la mente de un mentiroso redomado, cómo trascurren sus horas muertas mientras se despliega el teatro de su mentira.

Carrère declara sus intenciones y construye cierto paralelismo con la vida cotidiana de Romand, de los Romand, pero no se entromete cuando no es necesario, no asoma sus narices por la reconstrucción horrorosa de la vida de Jean-Claude si no hay un punto sobre el cual sostener la intromisión, un hilo, por delgado que sea, que iguale sus vidas de alguna manera, que le haga preguntarse por la suya.

Se trata, claro está, de una historia de imposturas, de fachadas, de la gran fachada social sobre la que se soportan muchas vidas, pero detrás de la cual no hay absolutamente nada, solo un bosque blanco, muy blanco, árido. Un espejismo por donde vaga el asesino antes de ejecutar el crimen.

Contar la historia, esta historia, es un esfuerzo por tejer la cadena de hechos que expliquen el horror, la maldad. Por establecer el punto de inflexión, banal, desde donde se despeñó el destino de una familia, el alma de un hombre.