Ni siquiera el lenguaje revela claramente la experiencia, está envuelto en una suerte de trampa expresiva. ¿Qué es la gente bien, esa expresión entrecomillada constantemente por Dowell?

 

Por / Giussepe Ramírez

Si el inicio del primer capítulo de FordFord es una declaración —una promesa— sobre el talante de la historia —la historia más triste—, el inicio del segundo advierte al lector sobre el escepticismo del narrador, sobre el subjetivismo que iluminará los hechos con ambigüedad, con idas y vueltas, arrepentimientos, contrastes, correcciones y vacilaciones: “No sé cuál es la mejor manera de escribir esto…, no sé si sería más conveniente tratar de empezar por el principio, como si fuera un cuento; o narrarlo desde la lejanía en el tiempo, tal como yo lo recibí de los labios de Leonora o del mismo Edward”, nos confiesa John. El inicio del segundo capítulo es la puesta en página de la falibilidad humana a pesar de la cercanía de ciertos hechos.

E inevitablemente ese escepticismo se contagia al lector, ya no un escepticismo sobre la naturaleza humana sino sobre la versión del narrador, porque en su limitación y su ignorancia parece haber algo oculto, o al menos una clara intención en la forma de estructurar la historia para salir bien librado, de disponer el material novelado para no reconocer su cuota de responsabilidad en la tragedia. En fin, la narración genera una desconfianza hacia las conjeturas de John Dowell, una sospecha sobre su sinceridad.

Porque si nos detenemos a ver, esta historia está hecha de conjeturas dado que en muchas de las escenas narradas Dowell no estuvo presente, simplemente las reconstruye a partir de los comentarios de Edward o Leonora, y las reviste de significado solo desde su conciencia individual, aunque siempre dejándole al lector el papel de juez, pues el narrador casi nunca nos ofrece evaluaciones definitivas, rehuyendo a los esquematismos de héroes y villanos de la tradición literaria inglesa predecesora. “No soy capaz de describir cuál de los dos tenía razón. Decídalo usted”.

En El buen soldado el relato es usado como dispositivo de conocimiento, como una forma de ir develando la trama secreta del pasado largamente ignorada, o en todo caso para buscar sentido en los hechos encadenados por nueve años. Sin embargo, la incertidumbre se mantiene a lo largo de toda la novela, pues es la impresión que con más fuerza transmite el narrador.

Las discontinuidades están a la orden de la página en la estructuración de la trama, lo que provoca un efecto de dispersión y de saltos temporales, sin que el tiempo llegue a tomar en algún momento una apariencia lineal y causal. Y estas discontinuidades se deben a una distancia entre los dos yo que habitan en Dowell: el del pasado, que ignora; y el del presente, que sabe, aunque limitadamente.

Por eso también Dowell representa la ingenuidad de los hombres, una ruptura con el viejo narrador omnisciente, símbolo de sabiduría, y desde el principio se erige como el arquetipo de narrador no fiable: porque reconstruye desde la confusión, desde la poca habilidad para descifrar las señales de la realidad, y, especialmente, desde el contraste de estas dos visiones de los hechos.

Tal vez esta sea la principal innovación formal de la novela de Ford: el total abandono de la visión global por un subjetivismo y un punto de vista restringido que no proporciona todos los efectos de la vieja tradición literaria inglesa que incluía una pauta moral establecida, una temporalidad lineal e interpretaciones concluyentes sobre los personajes.

A pesar de las discontinuidades no es difícil seguir el hilo de la historia, el entramado que termina por exhibir la desintegración de una institución como el matrimonio, pero, principalmente, el conflicto entre la armonía de la vida pública y el lado oscuro de la vida privada. El orden social está en crisis, y en ese sentido las formas de contar, es decir, los procedimientos literarios, también sufren de esta crisis que los lanzan a una transformación.

Ni siquiera el lenguaje revela claramente la experiencia, está envuelto en una suerte de trampa expresiva. ¿Qué es la gente bien, esa expresión entrecomillada constantemente por Dowell? “Era un asunto realmente asombroso y creo que a los ojos de Dios habría sido mejor que trataran de arrancarse los ojos unos a otros con cuchillos de cocina. Pero eran ‘gente bien’».

Daría la sensación, por las comillas tan sugerentes, de que la gente bien se destruye lentamente, con un elevado nivel de perversión que mimetiza la violencia de las cosas, o al menos, parece ser lo que quiere decir Dowell finalmente: que la gente bien mantiene las “buenas” formas a pesar de los estragos a su alrededor, del dolor causado por ellos mismos, de la descomposición doméstica cuyo hedor se esparce más allá del hogar.