En aquellos cuentos donde nigerianos migran a Estados Unidos, el contraste de costumbres y la condición de extranjeros africanos, mujeres en general, desenmascara la idealización del sueño americano, de cualquier sueño.

 

Por / Giussepe Ramírez – Portada / Neema Iyer 

La forma de un cuento es la de una esfera. Las fuerzas que moldean esta esfera son preexistentes a la misma escritura del cuento y el poder que emerge de su centro, de su oscuridad y su pulsación interior, hace que ella se tense hasta alcanzar la perfección de la forma esférica. La perfección de esta geometría particular es vital, dada la fragilidad del género, pues con uno solo de sus elementos que no esté justificado dentro de la trama la esfera se achata o se transfigura desigualmente.

A excepción de Fantasmas, el único cuento cuyo protagonista es un hombre, la tensión de los cuentos de Ngozi Adichie se halla en la cuestión de género. Dicha decisión, hacer que el género atraviese casi todos los cuentos, representa en sí misma una posición política, una declaración del lugar de enunciación.

Aun así, sería un gran error de simplismo decir que la colección de cuentos va únicamente de eso. Porque además del género, en estos cuentos hay tensiones raciales, religiosas, étnicas, políticas, míticas, de pareja; hay historias sobre migrantes nigerianos y familias de esclavos intentando revertir la maldición, relatos de amores a medias, decepcionantes, y de amores en zonas de riesgo.

Pero también de sororidad, de apoyo entre desconocidos, de encuentros en una tienda destruida mientras afuera sucede la guerra, de madres desdeñando un asilo tras haber enterrado a su hijo.

En aquellos cuentos donde nigerianos migran a Estados Unidos, el contraste de costumbres y la condición de extranjeros africanos, mujeres en general, desenmascara la idealización del sueño americano, de cualquier sueño.

También se desenmascaran los matrimonios concertados, los matrimonios falsos como una máscara de Benín de imitación: “Nkem está mirando los ojos saltones que hay en la repisa de la chimenea del salón mientras se entera de que su marido tiene una amiga”. Desnuda la pose del tío que quiere ayudarte. Y destruye la idea del deseo provocada por una mujer encerrada en un sótano pintando mujeres.

Cada uno de los doce cuentos crea sus leyes pero a su vez parecen a atender a las leyes de un universo más amplio, de personas enfrentándose a las consecuencias de su identidad, o a la supuesta identidad del otro, como si la otredad solo la concibiéramos desde nuestra articulación de sentido del mundo, cuando precisamente es lo opuesto a esta idea, una construcción ajena que se nos escapa.

Tal vez lo que los cuentos nos develan en realidad es lo falseado de las idealizaciones: respecto a territorios lejanos, a personas que apenas conocemos, a personas de las que hemos creado un imaginario a base de prejuicios, incluso, respecto de nosotros mismos, al considerar que nuestro cultivado racionalismo jamás nos permitirá creer que vemos a los muertos y les lanzaremos arena a la cara para comprobarlo.