Día 7 / ¡Abajo la muerte!

Como todo evangelio, Solenoide tiene sus profetas y parábolas, parábolas desquiciadas y profetas maniáticos. Virgil, Ispas, Palamar son los profetas que guían al protagonista.

 

Por / Giussepe Ramírez 

Portada / WMagazine

Huir del mundo a través del desbordamiento. Desborde del lenguaje y del relato. Huir de la imposición de la muerte, plantarse en los cementerios a protestar con pancartas inofensivas: “¡Abajo la muerte! —anuncia en lo alto, sosteniéndola en sus manos, algún piquetista, cualquier hombre—, pero la muerte estaba arriba, en el cenit, brillando con toda su fuerza como un sol negro”. No un escape —temporal— sino el tránsito hacia otra dimensión: la cuarta. Llegar a ella a través del exceso, de una onda expansiva de la imaginación. Acceder visualmente al teseracto, efigie de lo trascendente.

No es extraña la forma del libro: lo componen cuatro partes que según el narrador son los cuatro cuadernos que va rellenando durante el periplo metafísico que nos presenta. Sin embargo, para describir Solenoide habría también que recurrir a una poesía desbordante, a los límites del lenguaje, de las cadenas metonímicas y de las redes de metáforas, a frases ensambladas como matrioskas de imágenes.

En la novela, o, más bien, en el evangelio Solenoide —pues bien nos dice el narrador: “Ningún libro tiene sentido si no es un evangelio”— el miedo impregna cada una de sus páginas: el miedo al dentista, el miedo a las estrellas, el miedo a la muerte, el miedo a la miseria. ¡Socorro! El miedo al desamparo. Somos expulsados a la vida en total desamparo. “¿Por qué puedo entender todo si no puedo hacer nada?” es la pregunta vital del narrador.

Y en el afán de huir de la muerte el lenguaje es microscópico, parasitológico, anatómico, biológico, minucioso en cuanto a la vida, a las formas de vida. Echar mano de los recovecos de la carne, de la formación orgánica en el universo para exaltar la vida. Se describen cerebros de gigantes, cabezas de escolares, piojos alimentándose de esas cabezas, un gemelo desaparecido como una imagen en el espejo apenas entrevista mientras nos tajamos la piel con la cuchilla, acoplamientos levitantes, la transmigración del protagonista al cuerpo de un sarcopto gracias a los oficios de un bibliotecario. Va de la vida minúscula de los parásitos a la explosión vital de las estrellas, de preguntarse a quién salvarías del fuego, ¿al niño, incluso si es la encarnación del anticristo, o a la obra de arte?, a una deidad oscura y femenina, La Condena, rodeada por doce estatuas negras, los  “estados sombríos del espíritu”: La Tristeza, La Desesperación, El Pánico, La Nostalgia, La Amargura, El Odio, La Indignación, La Melancolía, El Asco, El Horror, La Lástima y La Resignación; ¡Socorro! De ahorcamientos controlados para acercarse a la muerte a un grito de socorro prolongado por más de diez páginas. Lo siniestro de la novela son las conexiones entre todos estos elementos, entre lo invisible y lo luminoso, entre un piojo y las obsesiones más absurdas de la humanidad, como si la realidad más vulgar albergara un misterio que se nos escapa.

Como todo evangelio, Solenoide tiene sus profetas y parábolas, parábolas desquiciadas y profetas maniáticos. Virgil, Ispas, Palamar son los profetas que guían al protagonista. El primero, aplastado por una divinidad ciclópea; el segundo, abducido por seres que se alimentan del dolor, y el tercero, custodio de un manuscrito incomprensible y transmutador de consciencias humanas a cuerpos de ácaros para llevarles la buena nueva del amor.

Pero, como ya es conocido en cualquier relato de este tipo, el mensajero, el hijo del creador, terminará crucificado por aquellos seres incapaces de interpretarlo. Sin embargo, sí comprenden el miedo del mensajero, pues el miedo es el mismo en cada dimensión, en cada punto del espacio.

Porque cada cuerpo, cada ser de carne teme la muerte y ha de enfurecerse ante la oscuridad, la muerte de la luz. Por eso al final, como bandera, como consigna de la historia delirante de Solenoide, en medio del terror y los doce estados sombríos del espíritu, nuestro héroe iza el poema de Dylan Thomas:

No entres dócil en esa buena noche,

la vejez debería arder y enfurecerse al concluir el día;

enfurecerse, enfurecerse contra la muerte de la luz.

 

Aunque al llegar su fin los sabios sepan que la oscuridad es justa,

ya que sus palabras no desviaron el relámpago

no entran dóciles en esa buena noche.

 

Los hombres buenos, por ser los últimos, al lamentar lo mucho

que podrían haber brillado sus obras frágiles

se enfurecen, se enfurecen contra la muerte de la luz.

 

Los hombres salvajes, que capturaron al sol al vuelo y lo cantaron   

y que aprenden, tarde, que entristecieron su camino

no entran dóciles en esa buena noche.

 

Los hombres graves, moribundos, que ven con ojos cegados

que los ojos ciegos podrían arder como meteoros y ser dichosos,

se enfurecen, se enfurecen contra la muerte de la luz.

 

Y tú, padre mío, desde tu altura triste,

maldice, bendíceme ahora con tus lágrimas feroces, te lo pido.

No entres dócil en esa buena noche.

Enfurécete, enfurécete contra la muerte de la luz.

Y luego, tras el poema, en medio de una Bucarest apocalíptica, suspendida por la actividad de los solenoides de toda la ciudad, en la disyuntiva de a quién salvar del fuego, decide echar sus cuadernos, el verbo, a las llamas, y apretar a su niña, su pequeña Irina, contra el pecho, para largarse después a una capilla a las afueras y así protegerse de las estrellas.