El poeta bolivarense Rómulo Bustos Aguirre ganó la semana pasada el Premio Nacional de Poesía otorgado por el Ministerio de Cultura. Considerado por muchos como uno de los más importantes escritores nacionales, su obra no ha disfrutado de la difusión que se merece, algo que va en contravía de la receptividad que ha tenido entre la crítica especializada. Ejemplo de ello este artículo escrito en su momento por el poeta José Manuel Arango (1937-2002) y publicado en abril de 2000 en la revista DesHora, el cual reproducimos.

 

Por José Manuel Arango

El último libro de Rómulo Bustos, La estación de la sed, está entre los más sustanciosos de la reciente poesía colombiana.

Ya en sus libros anteriores, Bustos hacía nacer su escritura del terruño, y se apoyaba sabiamente en la vida y las costumbres de la costa atlántica, Su escueta manera de decir era también, sin los regionalismos ni el argot de cierta poesía negra tradicional, una delgada transposición del habla de su pueblo.

Ahora esas virtudes se afianzan y su obra gana en madurez y hondura. Hay que leer “Escena de Marbella”, un poema que describe una “pesca monstruosa”.

Junto a las piedras está Dios bocarriba

Los pescadores en fila tiraron largamente de la red

Y ahora yace allí con sus ojos mirando al cielo

Y termina

Algunos separan una porción y la llevan para sus casas

Otros se preguntan si será conveniente

Comer de un alimento que ha estado tanto tiempo expuesto a la intemperie

La pregunta por Dios vuelve una y otra vez en la escritura de Rómulo Bustos. La pregunta por Dios, que en el fondo es la misma pregunta por el sentido de la vida y por la posibilidad de la poesía.

Hoy en día es común traer a los festivales de poesía a un indígena, arhuaco o de cualquiera otra etnia, para que nos hable de los dioses. Es el plato fuerte de las sesiones de inauguración de estos fastos de moda.

El gesto es significativo: dice de nuestra actitud frente a un pasado religioso y a unos mitos que desearíamos tener por nuestros –la herencia de nuestros ancestros–, pero que tal vez nos sean irremediablemente extraños. Una actitud ambigua, que oscila entre el crédito y la descreencia, entre la nostalgia y el desdén, porque no puede evitar ese matiz despectivo que pone la mentalidad occidental en lo que toca cuando quiere “rescatar” (como ahora se dice) las culturas de otros pueblos. Y que está muy cercana, aunque no lo quiera sospechar, a la antropología, de la que dice Octavio Paz que es el remordimiento de la conquista.

En el poema “Aluna”, Bustos se burla finamente, y con una cierta tristeza que templa la ironía, de esas nostalgias:

El sonido macho posee un agujero

El sonido hembra posee dos agujeros

Los dos sonidos son como las palmas de la mano

Entonces Dios aplaude y así surge el mundo.

Los indígenas traídos de Atanquez por el conferencista

Para ilustrar la charla

Entrelazan sus vueltas en el escenario

Anudan y desanudan sus movimientos en una escritura indescifrable

Al final el público aplaude

El más viejo de los danzantes dice al más joven al oído

Mientras achica una botella de chirrinche:

– Dios está borracho, hijo.