Todo en Cartografía del mal ocurre en la oscuridad de la ciudad, de una alcantarilla, de laberintos subterráneos donde el verdadero yo de estos personajes se revela para llevar a cabo los más retorcidos actos de barbarie.
Escribe / Hernán Mallama Roux – Ilustra / Stella Maris
Un recodo entre la oscuridad, una sombra imperceptible que huye entre otras sombras, un grito ahogado que llega como una alucinación y busca entre la decadencia un rincón para dejar su pesadez, una ciudad que ingenua duerme sobre otra ciudad que se alimenta del horror y el miedo y donde sus habitantes deambulan entre la miseria y la muerte tejiendo a cada paso una cartografía de la Pereira que alguna vez tuvo una galería inexpugnable a punto de engullirla.
Así es Cartografía del Mal, el nuevo libro de relatos del escritor Wilmar Ospina Mondragón en el que el hombre reducido al límite de sus instintos mantiene el frágil equilibrio entre la vida y la muerte. De esta forma se acerca a esas historias que provienen del consumo de las drogas, de la decadencia que recorría las calles céntricas y las oscuras relaciones de la clase política y la delincuencia que desde siempre han imperado en un sospechoso silencio protegido por algunos miembros de las fuerzas policiales.
Muchos de estos personajes, trabajados magistralmente por el autor, dejan al descubierto su capacidad para camuflarse entre los transeúntes, tal como lo sentenció Francis Petrel, personaje de la novela Historia del loco de John Katzenbach: “Cualquiera puede representar cualquier cosa a la luz del día. Pero solo por la noche, después de que el mundo se ha oscurecido, aparece nuestro yo real”. Todo en cartografía del mal ocurre en la oscuridad de la ciudad, de una alcantarilla, de laberintos subterráneos donde el verdadero yo de estos personajes se revela para llevar a cabo los más retorcidos actos de barbarie.
Cada relato nos corta el aliento, cada nuevo personaje ingresa a este mundo de forma sutil, arrojado más por la desgracia que por la voluntad y su historia se va tejiendo alrededor de las demás de forma natural construyendo un microcosmos atiborrado de malandros, asesinos, violadores, mafiosos y por supuesto, de sus víctimas, que ajenas a la situación, ya no pueden escapar a su destino. Da forma a esta atmósfera el lenguaje escatológico, vulgar, se habla sin piedad, sin engolamientos innecesarios, todo tiene un nombre, aunque con el tiempo se pierda entre los resquicios de la memoria azotada por el abuso de sustancias o por la culpa. Tal como lo hiciera en «Carne para caníbales» el autor Wilmar Ospina, recurre a una estética de lo grotesco para darle vida a estas historias que se fraguaron a partir de ciertas leyendas urbanas, de ciertos “rumores imperecederos” como los llama el escritor Jaime Andrés Ballesteros.
Estas historias, urbanas todas, son también un gesto, un guiño muy sutil hacia obras universales como el Dr Jekill and Mr Hyde de R.L. Stevenson. Por ejemplo, en “el niño sin nombre” quién destroza la carne humana sin piedad alguna haciéndose cada vez más fuerte, más energúmeno, más “monstruoso” describe el autor. No hubo forma alguna de redención para un niño que creció sin amor, destinado a la sangre y a la oscuridad gracias a la despiadada avaricia de un mafioso sediento de poder.
En la Pereira literaturizada se come carne humana. Una de las carnicerías del sector de la galería vendía una carne tierna, exquisitamente delicada, exótica y escasa llegaba de manos desconocidas que la ofrecían prometiendo jugosas ganancias. Al igual que esa Nigeria distópica del Nobel Wole Soyinka en Crónicas desde el país más feliz de la tierra la carne humana se vuelve un apetecido y turbio negocio que facilita la desaparición de las víctimas.
Esta ciudad que sigue abriéndose paso hacia el futuro, esta ciudad donde la modernidad empieza a desbordarse y la luz expulsa las sombras asesinando con su fulgor los fantasmas, los mitos, las historias llenas de referentes religiosos donde el hombre enfrenta una inverosímil condena, es el hogar de estos personajes tan humanamente trágicos, tan dramáticamente reales, que, a Wilmar Ospina Mondragón, no le quedó más remedio que construirles su propio círculo en el infierno de Dante. Con su obra deja un rastro literario imprescindible; ahora que consolida su estilo en el hard-boiled puede, a todas luces, salvarse de toda culpa, pues como lo afirmaría Benito Pérez Galdós: “No tengo la culpa de que la vida se nutra de la virtud y del pecado, de lo hermoso y de lo feo”.


