Adentrarse en la obra de un escritor excluido por la élite editorial de Colombia es un hecho, además de curioso, extraño, insólito, hoy en día.

 

Por / Diego Firmiano

 

Tal como lo va a leer, la novela Little Beach (2018) del manizaleño Adalberto Agudelo Duque es un Western periodístico. Una extraña combinación temática que es, o producto de una imaginación fenomenal, o resultado de una ucronía narrativa que merece atención y examen para entender su naturaleza. Por el momento, este nuevo modo de sensibilidad, o esta antinomia como género literario, no existe: o se disparan balas, o se disparan noticias, o lo uno o lo otro; sin embargo, pensemos en lo que Jairo Ruiz-Mejía llama: «La técnica de la caja China» del autor para situarnos en un lugar.

La dedicatoria en la primera página «A todos los periodistas asesinados por decir su verdad, especialmente a Orlando Sierra Hernández» y el género popular elegido por el autor: «Far West» o del Lejano Oeste, llevaron al jurado del concurso anual de novela Aniversario Ciudad de Pereira a decir: «Parece un libro del Lejano Oeste, un western, y es fiel al estilo del género, aunque pronto sabemos que la historia avanza sobre muchas otras cosas.»

Cosas, que por supuesto, son los juegos lingüísticos y anfibios del autor, la escritura transtextual, los eufemismos, la trayectoria de un escritor representativo en Manizales (y también uno de los más olvidados) y las metáforas detrás de una obra premiada en la Convocatoria Municipal de Estímulos 2019 que, en realidad, no es la primera sino la segunda, pues Abajo en la 31, una novela ambientada en Caramanta, en un mundo circense e infantil, recibió el premio Convocatoria Municipal Estímulos el 2007.

Adalberto Agudelo Duque. Manizales, Caldas (1943). Licenciado en Idiomas Modernos y Literatura de la Universidad de Caldas.

Y ¿quién es el Adalberto Agudelo Duque, o el vaquero que dispara tan lejos desde su rancho? Un escritor de vieja data, pintor, profesor jubilado, asiduo visitante del café Zigala, donde tiene una mesa hipotecada, escribe a lápiz, bebe y donde ha escrito libros tan importantes como Suicidio por reflexión, Toque de queda, Pelota de trapo, Javier carbonero, De rumba corrida, Abajo en la 31, Simón Bolívar, la más grande mentira y otros títulos,  galardonados no solo en Caldas, sino en toda Colombia y fuera de ella en Estados Unidos, Chile, México y España.

Premios (a decir de Literariedad) que no son garantía de que Adalberto Agudelo Duque sea el escritor más leído o vendido, tal como puede comprobarse al preguntar por una obra de él en la librería Nacional, Lerner, Panamericana u otras, aunque sin restarle méritos al autor que lleva casi seis décadas escribiendo, y que, a sus 17 años de edad (ahora tiene 77), ya contaba con más de 30 cuentos y cientos de poemas entre sus cuadernos.

Y aunque sus críticos lo acusan de diletante, él dice «uno es la suma de todo lo que lee» y enfatiza que «uno se mete en la literatura y de tanto leer se vuelve escritor».  Una verdad a medias que el tiempo se ha encargado de refrendar con casi 40 premios literarios obtenidos gracias a la exploración de géneros tan dispares y ricos como el ensayo, la poesía, el cuento, el aforismo, la novela, el apotegma, la historia, la crítica literaria. Libros en serie y producción prolífica solo superada por Lauran Paine, José María Vargas Vila o Emilio Salgari, y que la comunidad universitaria e intelectual de Caldas se niega a reconocer, o al menos, darle la importancia que otros consideran trascendente y respetable en la narrativa de Adalberto Agudelo Duque.

«El vínculo de la obra con las realidades contemporáneas es evidente, aún cuando se encuentra escondido detrás de la fábula que nos cuenta, lo cual lo hace más poderoso», dijo el jurado.

Y precisamente, fruto de este «experimentalismo» nace Little Beach, una novela que a simple vista parece un solo libro, pero que en realidad son dos, y no exactamente por el volumen (152 hojas), sino porque de derecha a izquierda se titula Y entonces se desató la matanza, y de izquierda a derecha se conoce como Little Beach. En otras palabras, tal como las puertas de los Saloons del medio oeste que giraban en ambas direcciones, así el autor diseña esta obra con dos formas o acercamientos. Una doble vía que converge en el mismo destino: la historia de los vaqueros Blind Horse, o Caballo ciego, y The Dumb, o el Tonto (¿figuración de Quijote y Sancho?) con sus respectivos caballos, White Wind y Painted Pain, que cabalgan hacia un lugar llamado Little Beach, donde encuentran una serie de problemas irresolubles.

Y por eso quizá el jurado en Pereira dice, a propósito de este título, «El vínculo de la obra con las realidades contemporáneas es evidente, aún cuando se encuentra escondido detrás de la fábula que nos cuenta, lo cual lo hace más poderoso». Es más, los jueces literarios acercándose a las máscaras lingüísticas del escritor continúan «Para ello el autor hace uso de un lenguaje muy bien elaborado, creado a partir del uso de anglicismos efectivos, pues nos ubican dentro de ese paisaje distópico, posible en cualquier lugar de nuestro territorio.»

Territorio que, sin duda, es Manizales, esa matria o herida horizontal en mitad de la montaña, con la cual Adalberto Agudelo Duque tiene una relación de amores y odios y que en la novela es fácilmente identificable por los anglicismos Open Doors, (puertas por donde muchos entran y pocos salen), Hight Mount, Big Hill, Burial Place y por el adefesio (miremos esto como un juego literario) de Little Beach (o pequeña perra).

“No pienso en la fama, no me gusta. Es más, digo: soy famoso en Manizales y eso es un encarte porque a veces quisiera tener una vida clandestina y no puedo.” Foto / Cortesía

Ciudad donde este escritor outsider y marginal, se abrió paso a codazos y patadas dentro del mundo literario de Caldas y Colombia, donde sus críticos afirman sin piedad que «escribe para ganar concursos haciendo lobby» y manejando un «estilo callejero y erudito.» Esto último, por supuesto, no se sabe si es crítica o reconocimiento, ya que Adalberto Agudelo Duque escribe mientras duerme, mientras camina por los cafetales o mientras viaja en bus a recoger un premio, dejándose el pellejo en cada signo, palabra o creación.

Este ambiente crítico en su Manizales natal, en Pereira o en otras partes de Colombia, es el efecto, curiosamente buscado, que da pie para que los críticos más mordaces piensen si acaso los jueces han prevaricado, o si estos premios que otorgan obedecen a un vacío literario en el Eje Cafetero, que Adalberto Agudelo Duque se encarga de llenar.  Su compañero de letras, el escritor caldense Octavio Escobar, diría sobre esto y en tono jocoso que «en cada electrodoméstico de su casa habría que soldar una placa con el nombre de la convocatoria que permitió su compra.» y no es broma, sino un acierto meditado.

Así entonces, en este «experimentalismo», «caja China» o «fractal literario» usado por el autor y en ese espeso ambiente crítico, es que Adalberto Agudelo Duque escribe el Western periodístico, o esa narrativa epimoderna de vaqueros titulada Little Beach para homenajear a Orlando Sierra Hernández, el editor de la Patria que fue tiroteado mientras se dirigía con su hija a la sede del periódico manizaleño en el 2002, y más que eso, un libro que se considera una ruptura con el clasismo de Caldas, en específico, la homolatria hacia Bernardo Arias Trujillo (BAT), el grecocaldensismo, los Leopardos y el establecimiento literario de Manizales.

“Lo que en verdad me preocupa es la inutilidad de la escritura, porque el destino del 98% de los escritores es el olvido.” Foto / Cortesía

Y con sus pistolas literarias apunta a la diana, dispara y acierta, porque este «loco de la casa», como lo llaman algunos en su familia, está convencido que nació para escribir, hacerse un nombre, ganarse los aplausos y los concursos. Nada más le importa o afecta, excepto no cumplir el imperativo chino de «Escribir un libro, sembrar un árbol, tener un hijo y morir.» De lo último está seguro, igual que todo mortal, de lo primero dice: «me falta escribir el libro que quiero, porque la verdad todo lo que uno escribe es apenas un ensayo para terminar ese libro final que uno desea.»

Como sea, la realidad es que el dinero de tres premios literarios le sirvió para comprar una finca en las afueras de Manizales, donde sembró hace años, en agradecimiento con la literatura, un cámbulo, ese árbol que florece aún en la sequía, produce flores espectaculares, alimenta con su néctar a pájaros y a insectos, y que es madera fina. Nada más simbólico y acorde en la vida del pistolero de Zigalia.

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