La herida, dice una poeta venezolana, es de una intimidad espantosa. Quizá porque sólo la puede curar el tiempo.

 

Por / Jhonattan Arredondo Grisales

Las mujeres solas miran el paisaje

y se diría que son amantes

de las aceras/ de los entresuelos/de las alcantarillas/ del subsuelo

de los subterfugios

Yolanda Pantin

 

El amor, cuando deja de ser amor, pronto se convierte en una espesa niebla que nos impide mirar a nuestro alrededor. Algo se resquebraja para que veamos la soledad, el desasosiego, lo frágiles y minúsculos que somos cuando ese universo compartido se desmorona. Siempre adentro, invisible, sus consecuencias arrojan una verdad indiscutible: el mundo, el mundo de afuera, sin previo aviso se convierte en una entidad desconocida. Como extraños, recorremos las calles que fueron testigo, los cafés donde surgieron las primeras palabras y aquellos lugares de encuentro donde una promesa, apenas susurrada, era la luz. La herida, dice una poeta venezolana, es de una intimidad espantosa. Quizá porque sólo la puede curar el tiempo. Quizá, digamos, porque es una cuestión que está minada por la incertidumbre. Entonces, sin ningún lugar de donde sujetarnos, pensamos que el sentido de nuestras vidas se encuentra lejos del lugar que habitamos.

¿Quién no se ha preguntado si la vida está en otra parte? Con esta reflexión inicia El sonido de la sal (2016). Su autora, Ana María Jaramillo (26 de abril de 1956, Pereira), nos narra la historia de una mujer que ha cumplido cincuenta años, quien visita con frecuencia un parque en compañía de su perro y escucha, casi que accidentalmente, las preocupaciones cotidianas de otras mujeres. Se trata, pues, de una suerte de vigía que se detiene; que presta atención; y que agudiza el oído para acceder, a través de fragmentos que pesca en el aire, la íntima soledad y deseo de cambio de sus iguales. A su vez, esas confesiones privadas, acentúan sus propios conflictos personales: “¿En qué parte? ¿Está la vida siempre en otra parte y vivimos perdidos sin saber dónde se nos quedó enredada? ¿Hay un lugar específico donde se queda la vida, un tiempo donde quedamos atrapados?”. Y un poco más adelante, puntualiza: “Y si la vida siempre está en otra parte, ¿qué somos ahora?, ¿el proyecto de lo que seremos, o tal vez algo que ya no sirve para nada, así que se le arroja a la calle y la gente la pisotea?”. Como vemos, todo en ella es confusión. Margarita, el personaje principal, se siente vacía, desolada por la rutina y al parecer su porvenir no tiene ningún sentido.

A grandes rasgos ese es, más o menos, el argumento que encontramos en las escasas ochenta páginas que componen esta breve, pero intensa novela. Ahora bien, antes de entrar en detalles, quisiera resaltar que estamos frente a una escritora que cuenta con una obra sólida, amplia en perspectivas y, de acuerdo con los distintos géneros que ha abordado (cuento, novela, poesía, teatro, libro de entrevistas e incluso las letras de un par de canciones), podemos afirmar que se trata de una escritora integral. Siendo El sonido de la sal (2016) y La dama, el poeta y el ropavejero. Cambalache de enseres y otros recuerdos (2016) sus dos más recientes publicaciones después de casi diez años de “ausencia”. También es importante mencionar que su obra, en dos ocasiones, ha recibido premios que afianzan su calidad narrativa. A saber: con su libro Crímenes domésticos recibe en 1993 el Premio Nacional de Cuento por Colcultura y en 2007, con su libro Eclipses, el Premio de cuento de la Secretaría de Cultura de Pereira.

De hecho, este último libro, que nace de la preocupación que tenía la autora en ese momento por el frecuente suicidio de las mujeres, tiene estrecha relación con la novela que aquí nos reúne. A mi parecer, en tres aspectos específicos: primero, en los amores contrariados; segundo, en la soledad y angustia de quien no encuentra salidas; y tercero, aunque brevemente, en el suicidio. Digo esto porque es imposible no relacionar el monólogo que nuestra “dama del perrito” escucha en sus paseos al parque con el cuento Mañana saldré de compras. Veamos: en este relato, una mujer agobiada por su vida familiar, piensa en acabar con su vida: “Todas las mañanas decido dejarlos, no sé si para siempre o sólo por algún tiempo. No sirvo para estar con ellos, los incomodo, no me aprecian y ellos me sofocan. Ya se agota el tiempo de espera, me asfixio y los desespero”.

Y en el capítulo X de El sonido de la sal, otra mujer, que es madre y esposa, dice estas palabras finales a su pareja: “Mis hijos estarán mejor sin una madre enferma, llena de dolor y temor. Para ti, que te creí el compañero de mi vida, sólo tuve amor y ganas de que fueras libre como el viento, te relevo moralmente de toda responsabilidad, eres un buen hombre, pero también eres un cobarde, desencadenaste fuerzas que ya nadie puede controlar. Me has humillado tanto que ya no quiero vivir, el mundo me resulta muy agresivo y hostil”. Tampoco puedo pasar por alto el decir que este fragmento, en su totalidad, es uno de los más impactantes de la novela; tanto por la contundencia de su confesión como por la profundidad que suscita la tenaz decisión de poner punto final.

Los escritores Rigoberto Gil y Ana María Jaramillo. Fotografía / Cortesía

Las horas secretas de Ana María Jaramillo

 

La literatura, parafraseando a Mario Vargas Llosa, es la mejor de las mentiras: aceptamos que las historias que leemos son una invención, pero, gracias a un extraño encantamiento que aún nos cuesta entender, aceptamos que sus personajes son verdaderos. Leamos lo que enuncia al respecto el nobel peruano: “Ella (la ficción) es más profunda cuanto más ampliamente exprese una necesidad general y cuantos más sean, a lo largo del espacio y del tiempo, los lectores que identifiquen, en esos contrabandos filtrados a la vida, los oscuros demonios que los desasosiegan”. Esto me hace pensar, en relación con lo anteriormente mencionado, en la primera novela de Ana María Jaramillo: Las horas secretas (1990). En ella los sucesos reales, los que cuenta la historia oficial, narrados por medio de una mujer que va con un “muerto encima” y no sabe “dónde enterrarlo” cobran sustancial amplitud.

El lector, interesado en hallar las entrañas de los actores que participaron en la traumática toma del Palacio de Justicia ocurrida el 6 de noviembre de 1985, encontrará desde esta primera creación literaria un delicado y concienzudo interés: nombrar la presencia de la mujer, sus avatares y afugias en la cotidianidad, preciso, bajo la siempre sospechosa manifestación de la memoria. Sin embargo, es preciso aclarar que el acierto no es el relato fidedigno de los hechos acaecidos, sino, más bien, la comprensión desde instancias donde lo que sobresale es la intimidad, lo privado, lo secreto. Así lo señala la escritora Cecilia Caicedo Jurado: “Ana María Jaramillo construye un recuerdo anamnético en la significancia de recolección, reminiscencia, rememoración no para construir una novela histórica sino para ofrecer desde las fisuras de los acontecimientos, una versión de los modelos de nación que se van adocenando en el registro social”.

 

El mar, el mito, la sal

 

No es extraña la relación entre la mujer que lleva un muerto encima y la mujer que no sabe si la vida está en otra parte. Las dos son una especie de náufragas en un paraje abandonado, sobrevivientes de una silenciosa catástrofe, amantes que se preguntan, en fin, por las cosas que nunca sucedieron. La inconformidad frente a sus expectativas es algo que salta a la vista, así que, del mismo modo, no es raro ver en estas mujeres algunos rasgos de personajes que pertenecen a la literatura universal, tales como Ana Karenina o Madame Bovary. Hay, además, una constante necesidad por esclarecer la génesis de sus dramas personales. Tal vez esa sea la razón por la cual, en este caso, la narradora recurra a diversas composiciones del mar. Como sabemos, su naturaleza es lo inconmensurable, lo misterioso, la promesa de alcanzar la otra orilla. Así pues, los objetos que nuestra “dama del perrito” recogió cuando en vano “viajó en busca de una isla desierta” son su manera de atestiguar su existencia.

Vayamos, entonces, al capítulo II: “En cada parte alguien quería vender una baratija, un recuerdo, como si los recuerdos fueran comprables y vendibles: llévese este recuerdo —le dicen a Margarita—, y ella mejor recoge cualquier basura de la playa: un vidrio molido por las olas, una piedra, una rama petrificada, o simplemente arranca una hoja de una planta y la mete en un libro para que se seque y se convierta en su evocación de aquel lugar, su souvenir, porque a ella le gustan estas cosas simples. Así, cuando regresa a casa sabe que sí existió, que Margarita fue en ese entonces una viajera, la prueba la constituyen aquellos insignificantes recuerdos recolectados en ese viaje en busca de sí misma”. Si el lector curioso quisiera saber que significa el nombre de la figura central en esta novela, se podrían apuntar dos cosas: una de ellas, por cierto, la dice la misma autora en el capítulo VI: “La margarita es un mineral rico en sodio sin mayor interés científico hasta ahora, cuya fórmula es CaAl2(Al2Si2) O10(OH)2 ”. Y, algo más, que no nos lo dice pero que cualquiera puede buscar en un libro de química: “La margarita es un mineral de la clase de los Silicatos, subgrupo Filosilicatos y dentro de ellos pertenece a las micas frágiles”.

Detenerse en la palabra “frágiles” quizá pueda ayudarnos a leer con más sensibilidad las palabras que leeremos a continuación: “El nombre de Margarita surgió de Naxos («isla griega donde Teseo abandonó a Ariadna después de que ella traicionó a su medio hermano el Minotauro») y la encontró en un lugar lejos de toda tradición mítica, un lugar donde el sol y la lluvia marcan los días y las tareas de todos, el olor a pasto mojado y la humedad en los rincones son lo que más extraña Margarita y cuando mira al horizonte y apenas distingue un punto ciego donde aquellos recuerdos yacen dormidos, como una embarcación que se acerca pero que parece inmóvil al pasar de las horas. Cuando Margarita naufragó y fue arrojada en esta parte del mundo, tuvo que reinventarse, ya sólo una parte minúscula de su nombre era sodio, sal, la sal de la vida, algo ya se había perdido, algo había traicionado, alguien ya la había traicionado”. Esto, pienso, es lo segundo que se podría decir acerca del significado de su nombre en esta novela: alguien frágil que fue “arrojada” lejos de su lugar natal para reescribir las líneas de su mano.

Incluso, esta búsqueda, la encontramos en el libro de poesía La luciérnaga extraviada (2000) de nuestra autora: “Estoy perdida/ en el oscuro laberinto/ de mi búsqueda roñosa”. Ana María Jaramillo, además, acude a otros mitos como el de la mujer de Lot. Así mismo, aborda otras efigies de la mitología griega como el de Eolo o el de Circe (“la que oculta”), siempre como pretextos para exaltar la complejidad humana que subyace en las veladas digresiones que podemos interpretar mientras avanzamos en la historia que se nos cuenta. Por ejemplo, en el mito de la diosa Circe que se nos recuerda, podemos ver la relación entre “la mujer abandonada” o, como la llama la propia autora, “la más solitaria de todas las mujeres” con un certero espejo que desdibuja los continuos entresijos sobre su identidad. En todo caso, dicha especulación, tiene que ver con quienes nos convertimos en sus cómplices.

Jaiber Ladino Guapacha —quien conoce la obra y quien viene realizando un importante trabajo de análisis sobre las escritoras risaraldenses— en simpatía con lo que acabo de expresar, en una breve reseña publicada el 11 de diciembre de 2017 en la Revista Corónica, nos comenta lo siguiente: “Como en un juego de espejos, Margarita termina cuestionándonos a nosotros, sus lectores, cuando juzga los planes incompletos, los amores perdidos, los sueños olvidados al amanecer. Y lo hace con un ritmo juguetón, pues entre el dato científico de la ubicación geográfica y el decorado mitológico traído a colación, nos hace el reclamo de ser como ese peñasco a la entrada del mar mediterráneo, peleado por españoles y marroquís: “Porque el destino del Perejil se decide en todas partes menos allí mismo, porque allí no pasa nada, no crece nada, nadie lo quiere para nada, salvo para decir que es suyo, nadie lo ama ni tiene gratos recuerdos de él, ni nostalgia por él, ni nadie quiere viajar allí de picnic ni de luna de miel ni siente deseos de ir a pescar ni de asistir a una fiesta en aquel paraje”.

Jugar al amor es jugar al miedo

 

Uno de los grandes aciertos que tiene esta novela es la fina e inteligente concreción del capítulo IX. Miremos: en las primeras líneas nos dicen que Margarita piensa escribir un diario, que nació de una madre adolescente, que es la hija mayor de cinco hermanas y tres hermanos que la siguieron, que la figura de su abuela y de sus tías forjaron su carácter y que en la casa paterna se fraguaron sus primeros sueños. A simple vista, sólo se trata de datos biográficos; no obstante, a fondo, esos primeros visos de su pasado irán sacando a flote una serie de recuerdos que nos hablan sobre las cicatrices que se convierten, con el pasar de los años, en las sombras que la han seguido hasta al país donde reside después de que fue desplazada por los “Otros” (México  Distrito Federal, latitud 19° 29′ 52″ N, longitud 99° 7′ 37″ O, altura 2240 metros sobre el nivel del mar, en la colonia Los insectos, calle La Mariposa, cruce con El Alacrán”). Aunque la ciudad de origen no se nombra en la novela, sabemos que se refiere a la ciudad de Pereira por algunos detalles, entre ellos: la mención que hace del Bolívar desnudo y la nostálgica y precisa referencia que narra acerca del lugar donde estaba situada su antigua casa materna: el Alto del Nudo: “coordenadas planas de Gauss de x= 1.027.000 a 1.034.000 de latitud norte; y = 1.148.000 a 1.160.000 longitud oeste”.

Esa exactitud en la definición de los lugares que son trascendentales en su vida obedece a un marcado deseo de fijar sus más gratos recuerdos para que no se movilicen. Podemos imaginar —nadie puede impedirnos imaginar— que el personaje piensa que si no lo hace, es decir, si no ubica esos sitios en un punto específico del mapa, estos se van a desvanecer. Por eso la importancia del capítulo que traje a colación, pues luego de contarnos cómo fue su entrada en la adultez, cómo se desenvolvieron sus primeros fracasos amorosos y cómo pensaba y actuaba su familia en medio de la austeridad, Ana María Jaramillo nos muestra de manera magistral cómo contar la violencia sin caer en la denuncia o en lo panfletario: “Los Otros ya minaban su conciencia, jugó su papel de redentora, creyó que el mundo debía ser de todos, encontró a los que pensaban como ella, que reflexionaban como su hermana desaparecida, compartió sueños y desgracias, hasta que Ellos, los Otros, se cansaron y decidieron borrarlos del planeta”.

Pero esto no es todo. Los fragmentos que hallamos después del conmovedor diálogo que realiza con el espectro de su hermana, son, a mi juicio, las partes el diario más íntimas y más esclarecedoras que propone en ese juego de metaliteratura. Engranajes narrativos que dan cuenta de la madurez escritural, de una sedimentada conciencia del lenguaje poético y, por supuesto, de un afianzado estudio emocional de la sensibilidad femenina. De ahí que, al pasar por la lectura de ese diario, comprendamos por qué “sin un as en la manga jugó al amor” y por qué cuando ella se sabe íngrima “sólo juega al gran miedo”. Creo, no temo decirlo, que en esta obra todo está fríamente calculado. Desde la ilustración que aparece en la portada, un collage del Salar de Uyuni, Bolivia, vemos la firme intención de multiplicar la intensidad del sentido que el conjunto del libro le brinda al lector. ¿La silueta que apreciamos al fondo de la imagen con un punto al lado es Margarita y su perro Caliche? Es posible. Como también es posible que al final, cuando ella llega al departamento, el pollo con verduras que tiene preparado su esposo —con quien se comunica poco y con quien el fuego del amor parece haberse difuminado— tal vez simbolicen un nuevo comienzo. Como dijo, al referirse a esta novela, la escritora argentina Sandra Lorenzano: “A veces, la vida, increíblemente, puede estar aquí donde también nosotros estamos”.

Twitter: @Jhonattan_1990