Más que esperar un final deslumbrante, que sucedan cosas inimaginables o que esté escrito de la manera más compleja y técnica posible, es su dialogo, descripción y contenido a lo largo de la historia lo que la hace imprescindible. 

 

Por / Natalia Andrea Uribe Tapasco

No recuerdo por qué medio escuché por primera vez a Haruki Murakami. Creo que fue en Twitter –red social donde todo el mundo se cree intelectual y políticamente correcto–; se decía que ha sido candidato al premio Nobel en varias ocasiones y nunca ha tenido la oportunidad de ganarlo, como mencionó alguien: “Murakami es el Leonardo DiCaprio del Premio Nobel”.

En fin, no tenía conocimiento de quién era, ni mucho menos había leído alguna de sus obras; pero como nuestra cultura occidental no está tan familiarizada con la nipona, debo admitir que me causó curiosidad pensar en el hecho de qué podría escribir un japonés y por qué ha causado tanto revuelo en occidente.

Al año siguiente, ojeando en la página de la Librería Nacional, me encontré con un libro que por su color y sus ilustraciones me llamó poderosamente la atención, era un rojo oscuro, la portada tenía un rostro de una mujer y se llamaba La chica del cumpleaños, me llevé la sorpresa de que dicho ejemplar lo había escrito Murakami, así que decidí comprarlo y leerlo.

La experiencia con el libro fue inquietante, es un cuento misterioso, deja al lector en un mar de dudas e incógnitas, es un escrito corto y a pesar de que su historia me gustó, no me decía mucho de la obra literaria de Murakami, por ende, continué investigando más sobre su vida y sus novelas.

Haruki Murakami nació en Kioto en 1949, estudió literatura en la Universidad de Waseda, amante del Jazz y de Los Beatles, asiduo lector de García Márquez y de Manuel Puig, maratonista y muy reservado con su vida. Al leer esta descripción quise adentrarme más en su escritura y sus pensamientos, compré uno de sus libros más conocidos, Tokio Blues, Norwegian Wood.

Tokio Blues fue publicada por primera vez en 1987, pero su historia es narrada a finales de los años 60 en Tokio. Su personaje principal es Toru Watanabe, un joven que se encuentra en plena adolescencia, su vida está marcada por la muerte, las crisis existenciales, las mujeres, el jazz y el rock de Los Beatles; de hecho, Norwegian Wood es su canción favorita de la banda.

A lo largo del relato Watanabe debe lidiar con un circulo amoroso entre Naoko: chica dulce, reservada, con un desequilibrio emocional y una sensibilidad inmensa que la pueden llevar a circunstancias extremas, exnovia de su mejor amigo, que se suicidio cuando solo contaba con 17 años; y Midori: completamente distinta, alegre, conversadora y muy explosiva.

No obstante, no es una novela de amor precisamente, el trasfondo es melancólico y muy filosófico, pues el lector se encuentra con personajes completamente inestables pasando por las duras penumbras de la adolescencia, donde normalmente se tiene dudas sobre el futuro y el lugar que se ocupa en el mundo. Con frases como:

Nosotros (con nosotros me refiero a la gente normal y la que no lo somos tanto), todos nosotros somos seres imperfectos que vivimos en un mundo imperfecto. Y no debemos vivir de una manera tan rígida, midiendo a longitud con una regla y los ángulos con un transportador como si la vida fuera un depósito bancario.

En una caja de galletas hay muchas clases distintas de galletas. Algunas te gustan y otras no. Al principio te comes las que te gustan, y al final solo quedan las que no te gustan. Pues yo, cuando la estoy pasando mal, siempre pienso: “tengo que acabar con esto cuanto antes y ya vendrán tiempos mejores. Porque la vida es como una caja de galletas.

Su manera de describir cada personaje y sus duras situaciones es cruel, pero sensible. Esto hace que el lector recuerde su adolescencia o se sienta completamente identificado, es real y apasionante. Retrata el sexo de manera sutil, no tiene tabúes al hablar de temas tan delicados como las enfermedades mentales, el suicidio y todo lo que esto acarrea en la vida de los personajes, sobre todo, teniendo en cuenta que en Japón el suicidio cada vez se vuelve una política socionacional importante, ya que este país cuenta con las tasas más elevadas del mundo y  para cierta población, es una práctica tolerable, tanto, que existe un bosque llamado Aokigahara ubicado al noroeste de la base del monte Fuji,  entre la prefectura de Yamanashi y la de Shizuoka, en el que se han realizado un sin número de suicidios; Japón ocupa el segundo lugar en el mundo donde más se realiza esta práctica. Es un tema que hablarlo abiertamente acarrea una gran responsabilidad social.

Es una obra que resalta la turbulencia de pensamientos, emociones y acciones que se tienen en la adolescencia, llevándolo a casos extremos que cada vez son más reales en nuestra cultura, pues Japón no es el único país que cuenta con una cifra preocupante de suicidios, Colombia, específicamente el Eje Cafetero, se tienen tasas muy elevadas de este fenómeno, pues según informes de las Secretarías de Salud estos aumentan cada año de manera significativa.

Por otro lado, y a pesar de que el personaje tiene una relación muy estrecha con la cultura occidental, sus libros favoritos son La montaña mágica de Thomas Mann y El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald; el género musical que más escucha es el jazz, como Miles Davis y Jhon Coltrane, y el rock de la contracultura con los infaltables Beatles, con canciones como Michelle, Here comes the Sun; es un libro que nos puede enseñar un poco acerca de la idiosincrasia japonesa, su comida, sus costumbres y su manera de ver la vida. Por ejemplo: el tratamiento para profesores y médicos es el mismo: “sensei”, algo así como el famosísimo “doctor” que se utiliza en Colombia para tratar con respeto a una persona que no tiene los méritos para llamarlo como tal.

Más que esperar un final deslumbrante, que sucedan cosas inimaginables o que esté escrito de la manera más compleja y técnica posible, es su dialogo, descripción y contenido a lo largo de la historia lo que la hace imprescindible.

Ahora estoy haciendo el amor contigo. Estoy dentro de ti. Pero, en realidad, no tiene ninguna importancia. Tanto da. No deja de ser un coito. Al poner en contacto nuestros cuerpos imperfectos, no hacemos más que contarnos lo que no podíamos contarnos de otro modo. Y así adquirimos conciencia de nuestras respectivas imperfecciones.