ENTRAMADO DE LAS HORAS SECRETAS

De manera que es con Ana María Jaramillo y con esta novela, corta pero intensa en su contenido, como va incursionando la narrativa nacional en nuevos caminos y propuestas estéticas… A 30 años de la publicación de esta novela.

 

Por / Cecilia Caicedo Jurado[1]

En 1990 la editorial Planeta incorpora a su publicación de autores colombianos el nombre de la pereirana Ana María Jaramillo, nacida en 1956, con una novela corta (107 páginas) titulada Las horas secretas, y subtitulada: “Los amantes separados por la muerte en la plenitud de su idilio”.

En esa colección alterna con los novelistas colombianos más prestigiados de entonces, como Manuel Mejía Vallejo, Moreno Durán, Burgos Cantor, Germán Espinosa, Fernando Vallejo, Oscar Collazos, Julio Olaciregui, Juan José Hoyos, Fernando Cruz Kronfly, Eduardo Camacho, entre otros. Nótese la mínima participación de escritoras. Hacia adelante la lista seguirá creciendo incluyendo las más talentosas y propositivas novelas colombianas.

Las horas secretas está concebida con una particular estructura, que aparece condensada en la puerta de entrada en donde la linterna de Diógenes está en las manos de Rubén Blades, cantautor y abogado panameño, activista y líder político de arraigado prestigio en América Latina. El epígrafe tiene a su haber la tarea de servir como puerta de entrada, como mirador de Próspero desde donde se atalaya, en este caso, la introspección del asunto. Ana María Jaramillo resuelve desencadenar la cuestión política de su novela, porque ese es su verdadero fondo, desde la letra de una célebre composición musical que Blades tituló “Me recordarás”, y que ha sido desde entonces interpretada en ritmos diferentes, ora como salsa clásica o en ocasiones como bolero.

Como propuesta estética, resulta interesante verificar el tratamiento al epígrafe, que devenido del griego con la significación de inscripción y tomado desde el latín medieval, ha sido asumido como la cita de un texto fragmentado, asumido como voz de autoridad y que ilumina el objeto textual, “Linterna de Diógenes”, presencia del Sosias, o simplemente ocupación del mirador de Próspero. Lo que propone Jaramillo se anuncia en la totalidad de la composición musical y en particular en una estrofa “Tú me llamarás / en las horas secretas / de tu sensualidad”.

La presentación de la novela, en contra carátula, corre a cargo de Álvaro Mutis, lo cual le asegura una posición de privilegio. En ella, el renombrado intelectual colombiano desencadena la verdadera relación entre el eje amatorio que centra la novela y el espíritu político que la recorre cuando señala: “Cuando el silencio, la mentira y la sórdida complicidad tienden su manto para ocultar el crimen, siempre habrá una Electra que alce su voz para denunciarlo”.

La narradora desarrolla la intensidad de una voz comprometida en doble plano. Uno aparente, pero no por ello menos profundo, relativo a su pasión desbordada por su negro guerrillero del M-19, movimiento político colombiano que congregó buena parte de las simpatías tanto de izquierda como de la derecha que desde una visión romántica y por sus osadas acciones, en principio fundamentalmente simbólicas al tiempo que efectivas, lograban alertar sobre la problemática política de la Colombia de la segunda mitad del siglo XX. El asunto narrativo está ligado a la toma del Palacio de Justicia, el cuerpo diplomático tomado como rehén en la embajada de la República Dominicana en Colombia, el robo de las armas del Cantón Norte de propiedad del Ejército nacional y muchos otros episodios, unos menos dramáticos, pero igualmente poderosos para llamar la atención internacional como repartir carros de leche en barrios populares de Bogotá, previamente hurtados en plena circulación, entre otros.

Edición reciente de la Editorial Sin Nombre, de la autora y su esposo. Fotografía / Jáiber Ladino

Junto a la anterior enunciación discursiva la focalización en primer plano de Las horas secretas tiene que ver con el cuerpo, el cuerpo del deseo, el erótico ser que nos habita, y de allí al cuerpo de la acción política.

En el primer caso, el funcionamiento del proceso comienza desde la fisiología misma: “Empecé a escaparme de la oficina a las horas más inesperadas: bastaba una llamada suya diciéndome que estaba en casa, para que sintiera un fuerte dolor de los ovarios y saliera corriendo a su encuentro, para dar paso en la página siguiente, en un párrafo apretado, al cuerpo social. Y no funciona como un cambio intempestivo de escenario sino muy por el contrario como el paso natural, vasos comunicantes: cuerpo erótico – cuerpo político: “De pronto me vi envuelta en documentos políticos, manifestaciones, discursos frente al espejo, cambios de pinta para ir a las reuniones con la Comisión de Paz, partes de guerra, y la emoción y el delirio que produce estar en el centro de la acción política de un pueblo. Estábamos inventando la historia y el futuro del país dependía de esos instantes”. En esta cita está buena parte de la costura del relato de Ana María Jaramillo: la emoción y el delirio.

Y con esa armadura, surge la Electra colombiana. Es curioso que sea la mujer la que desarrolle el curso de la sexualidad erótica.  Si bien el erotismo se ha asumido como pasión fuerte de amor o apetito sexual desbordado en la narrativa contemporánea, es asumido como liberación simbólica y real de las fuerzas eróticas, de diversa manera: relación simbólica asociado con elementos, reglas, y con sugestivas maneras de exploración. En novelas como María (1887) erotización del alma; en Vorágine (1927) erotización del cuerpo, en Los pecados de Inés de Hinojosa (1986), erotización como resistencia a la imposición de colonización. En 1990, Las horas secretas como erotización política.

Ana María Jaramillo construye un recuerdo, anamnesis, en la significancia de recolección, reminiscencia, rememoración no para construir una novela histórica sino para ofrecer desde las fisuras de los acontecimientos, una versión de los modelos de nación que se van adocenando en el registro social. Y una de esas fisuras es el cuerpo, la sexualidad como erosión, como volcán en fuego, que dicho desde la voz de una narradora señala: “Me incliné para limpiarlo y las lágrimas empezaron a salirse solas. Yo no quería, pero se salían, me las quería tragar y no podía, seguían saliendo. Me incliné para limpiarlo y las lágrimas se salían y caían sobre su verga, se mezclaron con la sangre y ya no sabía cómo limpiar ese desastre, él tomó con delicadeza mis manos y me pidió que dejara eso así, que eso le daría fuerza, que sería su amuleto, lo haría inmortal”.

De manera que es con Ana María Jaramillo y con esta novela, corta pero intensa en su contenido, como va incursionando la narrativa nacional en nuevos caminos y propuestas estéticas, resaltando meritoriamente el peso que tiene Ana María Jaramillo al destacar sin tapujos ni pudibundeces ancestrales el cuerpo del eros político junto a la erótica del cuerpo femenino, leyéndolo, entendiéndolo y asumiéndolo.

[1] Crítica literaria y novelista.