ESCUDRIÑAR Y REBLUJAR LA CASA

Una casa que se mantiene como ideal de la cultura antioqueña y como punto de referencia para comprender esa Colombia ambigua que muchas veces termina por ser más una tumba que una casa para sus hijos.

 

Por / Christian Camilo Galeano Benjumea

Hoy, cuando el afuera, las calles y el mundo se convierten en una amenaza por la presencia de un virus, pensar, soñar y habitar la casa se hace indispensable. Comprender que al abrir la puerta de nuestro hogar nos situamos en las márgenes de un microcosmos habitado por símbolos y sentidos que se mueven entre las habitaciones, los muebles, el cuarto del reblujo, el comedor, para comprender que el espacio se convierte en lenguaje y ya dejamos de estar en la casa para ser la casa en que moramos.

Esta es la sensación que se tiene al leer el libro Qué es ser antioqueño del escritor Pedro Adrián Zuluaga; ya no se puede mirar con indiferencia esos espacios cotidianos porque son una proyección de la cultura y las tradiciones. Leer la casa antioqueña permite tener una dimensión amplia de los matices que alberga, dimensionar que no es homogénea, que fue construida a partir de retazos, que algunas puertas quedan flojas, que hay ventanas abiertas desde donde se puede saltar y que esa misma casa puede dar cabida a algún arrimado que lo necesite.

Para hacer al recorrido por la casa antioqueña y poder disfrutar de un tinto en la sala es preciso dejar atrás esa mirada cartesiana del espacio, donde solo se ven metros cuadrados y puntos en un espacio vacío. Urge adoptar una mirada fenomenológica, al igual que Gastón Bachelard en su poética del espacio, ya que: “Nuestra alma es una morada. Y al acordarnos de ‘las casas’, de los ‘cuartos’, aprendemos a ‘morar’ en nosotros mismos”. Expectantes ante este microcosmos, vemos como los utensilios son proyecciones de nuestro ser, los cajones guardan la memoria de una historia que necesita del espacio para ubicarse, ya que el tiempo es efímero, como el humo de un cigarrillo se desvanece ante nuestra mirada.

Si para Bachelard nuestro inconsciente se halla en el sótano y guardilla es una conexión con el universo. Podría pensarse que en la casa antioqueña el cuarto del reblujo –residencia del poeta, como destaca Zuluaga– están amontonados todos los recuerdos del pasado. Un cuarto que las visitas no pueden ver porque nuestra historia está patas arriba, allá solo mantiene el loco de la familia, leyendo y perdiendo el tiempo entre cajas y libros.

Limpiar y organizar el cuarto del reblujo (pasado) es una tarea que cuesta porque hay demasiado polvo y cajas llenas de recuerdo que se acumulan unas sobre otras. A su vez, en el patio de esta casa nuestra existencia se hace consciente de esa relación vertical con el universo al alzar la vista, nosotros acá, anclados a la tierra con las ideas, las empresas, la búsqueda de sentido, las palabras; allá arriba, las estrellas, el universo y el silencio.

Al entrar a la sala de la casa antioqueña, junto al cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, se puede notar como esta casa es un lugar ambivalente entre la quietud y el movimiento.  “A veces la casa es apenas un reposo entre viajes, pues la necesidad de moverse del antioqueño es tan pertinaz como la de establecerse o echar raíces. Entonces la casa se vende y se transa, pero se mantiene como idea. El antioqueño compra y vende casas con compulsión; se obstina en no establecerse en lo establecido como si la casa, en todo caso, no pudiera contenerlo.” Este topoanálisis que emprende Pedro Adrián logra hallar grietas en esa idea homogénea de la cultura antioqueña. La primera de ellas muestra como el ethos antioqueño se mueve entre esa idea de echar raíces o emprender una aventura colonizadora.

La casa permite contemplar el mundo, ver desde la ventana como todo se mueve y gira alrededor, al echar raíces se tiene el deseo latente de querer tumbar la casa o abandonarla, porque asentarse es una forma de morir. La contraparte andariega tampoco está exenta de contradicción, porque todo viajero quiere volver al primer amor, como diría Gardel, así sea para tomar un corto descanso y volver a partir. La casa, entonces, es el punto de fuga para el antioqueño que cavila entre marcharse o quedarse en un solo lugar.

No cabe duda que al construir la casa es preciso nombrarla, demarcar los límites, esta es la consigna de todo grupo social para crear una identidad; sin embargo, todo proyecto de unidad suele tener rendijas por donde entra el agua y la luz. Detrás del proyecto antioqueño se filtran esos otros que no se reconocen en la austeridad y el trabajo férreo, aquellos que viven “a la enemiga” y que deben hacer otra casa o saltar por la ventana para poder resistir los valores dominantes de la cultura.

Pedro Adrián Zuluaga nos trae a colación la figura de León Zuleta, un personaje que se mueve entre los cuartos de la casa antioqueña, saliendo y entrando para redefinir los límites del deseo, lo interior y lo exterior desaparecen bajo la expresión “saltar por la ventana”. No basta con “salir del clóset” para liberarse de los dogmas frente al deseo y el cuerpo, es preciso atravesar corriendo las casas, esquivar a los tíos que llegan, pasar por un lado del perro que duerme, para llegar a la ventana de la sala que da la calle y de un salto cruzar el umbral de las tradiciones y llegar esa calle común a todos, para gritar a los cuatro vientos los mandatos que rigen nuestro cuerpo y que no aguantan ni un minuto más en el silencio.

Al fin de cuentas, al “salir de clóset” nombramos nuestro deseo en una esfera privada y silenciosa de la vida familiar. Nuestro cuerpo sigue sujeto a las miradas de desconfianza de los familiares que descreen de alguien que no entra en el canon de lo tradicional. “Al saltar por la ventana” trasladamos la discusión de los valores que recaen sobre la sexualidad a las calles, a la esfera pública donde puede ser pensada y hablada abiertamente sin el peso del dogma familiar. En la casa antioqueña entran y salen arrimados, gamines, homosexuales esos otros que reclaman un cuarto, un espacio para ser.

En ese ir y salir de la casa se reconfiguraron los valores tradicionales, la austeridad, el gasto, el narcotráfico, la violencia, armaron un barullo en la casa antioqueña que trajo un padre con aíres de tirano a poner todo el orden y limpiar la casa. Pedro Adrián Zuluaga realiza lectura psicoanalítica dialogando con la escritora Carolina Sanín sobre la figura de Álvaro Uribe Vélez, como representación de la imagen del padre.

Uribe ante el asesinato y ausencia de su padre construye un discurso desde la venganza, erige un enemigo fantasmagórico que encarna la guerrilla y los otros, para ocultar esa culpa inconsciente ante la muerte de su progenitor. Ahora, él debe ocupar el puesto del padre y poner todo en orden, cueste lo cueste, así ello implique edificar una casa a partir de la destrucción del otro y la negación de sí mismo.

Este padre que habla y delira, busca en cada rincón de la casa el fantasma de sus deseos inconscientes, todo objeto o habitante extraño (otros) es un potencial enemigo de la seguridad de la casa. La paradoja es que al querer maniáticamente dejar la casa limpia la destruye poco a poco.

Al final de esta travesía por la casa antioqueña podemos ver esas tejas rotas, el marco de la puerta desajustado, la ropa de algún familiar que está de paso, la foto de la oveja negra de familia que se ha ido, pero siempre vuelve; una casa que se mantiene como ideal de la cultura antioqueña y como punto de referencia para comprender esa Colombia ambigua que muchas veces termina por ser más una tumba que una casa para sus hijos.

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@christian1090