Eduardo López Jaramillo Ilustración Megan Rodríguez Guerrero

GLOSAS COMO LILAS

Eduardo López Jaramillo fue un escritor atípico en la región, dotado de una envergadura intelectual sin precedentes en Pereira.

 

Por / Camilo Alzate – Ilustración / Megan Rodríguez Guerrero

He recordado esos versos del poeta palestino Mahmud Darwish que hablan de un hombre –o quizá sea el hombre quien habla a través de ellos– cuando observa la noche que viene a sentarse al lado de su enamorada. «Tu noche es de lilas», le dice, echando mano de una antiquísima figura de la poesía árabe que invoca la luminosidad de la flor rompiendo la inmensidad árida del desierto.

Ese recuerdo ha vuelto casi por puro capricho leyendo Glosas de ver pasar, una compilación de ensayos y notas cortas del pereirano Eduardo López Jaramillo, compuestas por trece escritos sobre literatura. López Jaramillo, cuyo genio tuvo una dimensión titánica, según recuerdan quienes lo conocieron y trataron en persona, aborda autores y temáticas tan disímiles como los versos de Walt Whitman o el espíritu de Miguel de Unamuno, pasando por la tradición Greco-Quimbaya, el legado de Luis Vidales y las poesías del escritor tolimense Álvaro Mutis, un crisol que no desdeña la belleza local, ya que López solía degustar los mangos dulces de la parroquia, al mismo tiempo que hacía suya la herencia de los clásicos, con la disposición (o con la prepotencia, prefieren creer algunos) del que se sabía capaz de entablar un debate entre iguales con algunos de los máximos referentes de la cultura occidental.

Creía escuchar su voz llena de suavidad y cadencia oculta en esas páginas, la misma que durante años señaló el tono inconfundible de un programa sobre música y poesía que se emitía en la Emisora Cultural de Pereira, esa voz que yo imaginé idéntica leyendo su veredicto sobre don Miguel de Unamuno, a quien identifica, de modo certero, aunque tal vez con un poco de ingenuidad juvenil –de la ingenuidad pasa a la exageración–, con el espíritu de España, su patria. Digo ingenuidad porque es imposible pasar por alto que las de Unamuno fueron dos Españas, no una, y que ambas eran y a lo mejor siguen siendo irreconciliables; la republicana y la monárquica. El célebre autor vasco vivió y sufrió ambas.

Desde allí Eduardo López no tiene inconveniente en deslizarse con absoluta solvencia hacia una valoración del genio de Goethe, después puede emprender su sentida reseña de Hojas de hierba, ese poemario hermoso y fracasado en su tiempo que escribió el norteamericano Walt Whitman, para luego versar sobre lo particular y lo universal en la obra de Jorge Luis Borges, el más y el menos argentino de los escritores argentinos, o despacharse en un artículo sobre la vida y obra de Jean Paul Sartre a propósito de su muerte, autores todos con los que entabla un diálogo franco, como si se tratara no de sus referentes estéticos y culturales, sino más bien de sus contemporáneos, de sus semejantes inmediatos.

Hay quienes han querido ver en ello un gesto de pedantería, de arrogancia intelectual. Lo sugirió hace poco el profesor Alberto Berón en el obituario que escribió tras la muerte de la profesora Liliana Herrera, quien había mantenido una cercana relación de amistad con López Jaramillo. Me parece que la sospecha de pedantería no cabe, quizá ha sido la mala interpretación de la dimensión y el despliegue espontáneo de esa tremenda envergadura intelectual, la misma que permitió a López Jaramillo traducir del griego la poesía de Konstantín Cavafis para más tarde verse obligado a consignar con cierta desazón que «los críticos de la capital se asombraban, públicamente, de que en Pereira hubiera aparecido una versión española de [su] poesía completa».

Por ese deseo impetuoso de elevar la discusión literaria en su tierra al mismo nivel que él parecía haber alcanzado, López Jaramillo dedicó buena parte de sus reflexiones a esos focos brillantes y aislados de la literatura de provincia. Apartes de su libro están, por ejemplo, dedicados a autores como el calarqueño Luis Vidales, un poeta comunista en las antípodas de las posturas políticas de López Jaramillo, al que, no obstante, admiraba profundamente, pues supo reconocer el tremendo mérito de su obra vanguardista en un país sin vanguardias. Y de ahí, sin inconvenientes López Jaramillo vira su mirada hacia el conservador y edulcorado Álvaro Mutis, y más adelante al irreverente Porfirio Barba-Jacob, eterno incomprendido, eterno exiliado, eterno autor maldito de nuestras letras.

Fiel a sus orígenes, fiel a esa convicción de que en la provincia también hay espacio para la gran literatura, Eduardo López ahonda en movimientos culturales como el llamado grecoquimbayismo, cuyo impacto no trascendió más allá de ciertos círculos cultos restringidos a las élites intelectuales de la primera mitad del siglo XX. Es su manera de proclamar –creo que en vano– el valor de lo propio. «Nuestras letras son jóvenes, pero de ninguna manera provincianas», asegura en el ensayo Con las letras contadas. Que dudosa se ve hoy esta afirmación, cuando ni siquiera Héctor Escobar Gutiérrez, uno de los poetas pereiranos reseñados en su libro, consiguió la proyección y el reconocimiento que se merecía más allá del reducido círculo literario local.

¡Qué equivocado estaba Eduardo López Jaramillo! Cuán viejas y arrugadas parecen ya nuestras letras, pero tan provincianas, aprisionadas por las cuatro esquinas de esta aldea donde, según escribió en uno de sus poemas, los únicos acontecimientos importantes eran el nacimiento de un oso gris en el zoológico o la caída de los mangos maduros de la plaza, golpeando las cocorotas de esos viejos pensionados que acuden detrás de algún encuentro fortuito con muchachas y mancebos bajo la mirada imperturbable del Bolívar desnudo. No me cabe duda que así habría terminado sus días Eduardo López Jaramillo, pero una muerte prematura cegó sus días sin permitir que probara la vejez.

Quisiera señalar que buena parte del enfoque con el que López Jaramillo aborda a los autores regionales como Vidales, Mutis o Barba-Jacob es un enfoque hecho a la medida para él mismo. Son personalidades y obras que devienen en pequeñas maravillas inexplicables, milagros luminosos que aterran en el firmamento del oscurantismo nacional, genios que surgen en campos estériles y con bastante frecuencia adversos, llevando a cuestas el peso de la incomprensión de su tierra y de su tiempo, desconocidos, olvidados «bajo la hojarasca retórica». El reconocimiento les ha llegado en otras latitudes o en otras épocas. López Jaramillo tendría que ser uno más entre esos reseñados: poeta cuyos versos han sufrido el ostracismo en los anales de la poesía colombiana, novelista que nunca vio sus obras circulando, ensayista lúcido y exquisito pero anónimo por fuera del eje cafetero. Un autor inédito que sigue gritando desde su mutismo, desde ese «rumoroso silencio» que invocó en uno de sus poemas.

Glosas de ver pasar no deja de ser una colección de textos inéditos o dispersos por suplementos y revistas culturales, y ese es su pecado. El libro fue compilado apenas en 2017, es decir, cuando había transcurrido más de una década desde la muerte del escritor. Esta es la causa de una falta de unidad evidente, pues la obra carece de forma más allá de la compilación arbitraria, aunque aquella falencia termina soportada por la poderosa y auténtica voz de López Jaramillo, quien logra imprimir un acento generoso y erudito al tratamiento de todos los temas, con su seguridad, con ese rigor y aplomo tan envidiables como inconfundibles.

Eduardo López acabó siendo un fruto extraño de esa Pereira que hace muy poco era apenas un pueblo grande lleno de edificios horrendos, con la misma plaza y los mismos cinco parques de toda la vida, donde las señoras solían comprar los aguacates maduros diez minutos antes del almuerzo. Eduardo fue un coloso con los pies atascados en el barro de la parroquia, tan mezquina y mediocre, tan estrecha de visión y horizonte, tan cruel para con sus hijos pródigos, esa parroquia a la que él intentó elevar hasta los niveles de un debate intelectual que estaba, hay que aceptarlo, a una altura inalcanzable para nosotros. Vuelvo a los versos del palestino Mahmud Darwish: «tu noche es tu sombra».

«Son los hombres olvidados e ignorados, los que no alcanzaron a entrar en la leyenda, los que no participaron nunca de la idealidad del mito, los que no ciñeron las coronas del poder o de la poesía, los que pasaron sin estampar su huella en los senderos de la crónica o del libro» apuntó López Jaramillo en un aparte del ensayo Unamuno, paisaje espiritual del España, pero esa sentencia tendría que caerle encima y hacerle sombra a él mismo.

Ahora entiendo por qué empecé evocando aquella lila del poeta palestino que brota insuflada por obra de un milagro en la aridez del desierto. Eso fue Eduardo López Jaramillo, un misterio, una flor luminosa que sigue extraviada en la sequía insoportable de nuestra aldea.

*Eduardo López Jaramillo, Glosas de ver pasar, Secretaría de Cultura de Pereira, Pereira, 2017.

 **Esta publicación hace parte de la convocatoria “Cultura en casa” de la Secretaría de Cultura de Pereira.