INFIERNO

En Capesius, el farmacéutico de Auschwitz, hay una poética del horror, una especie de historia que, al leerla palmo a palmo, uno siente cómo lo va gaseando, no el pesticida Zyklon-B, sino algo más perturbador aún: la verdad.

 

Escribe / Wilmar Ospina Mondragón

“El concepto de Goebbels de que la política

 es el arte de hacer realidad lo que parece

 imposible tuvo lugar en Auschwitz”

Dieter Schlesak

 

El infierno es, en definitiva, un lugar imaginario en el que personajes ficticios son quemados con un fuego que no arde ni lacera, pues, en estos dominios inexistentes, habita un supuesto demonio que nadie conoce, pero a quien todos le temen. El infierno, como un lugar terrorífico, propalado durante la Edad Media o como un sitio circular en el que Dante pone a sufrir al género humano por sus pecados capitales no es nada; es, más bien, un paraíso en comparación con lo sucedido al pueblo judío durante la ocupación nazi.

Niños reventados contra la pared, ahorcados, tiroteos de gracia o simplemente por deseo, por ver correr la sangre; experimentaciones médicas en cuerpos vivos; enclaustramiento hasta morir de hambre; sodomización; embarazos in vitro con espermas de perros y caballos; uso de fármacos para explorar las densidades de la mente; apuñalamientos; desmembramientos; fallecidos por hipotermia obligada o por deshidratación; pilastras de huesos cremados; arañazos en las paredes de los barracones; escupitajos sanguinolentos; mujeres y hombres rapados, desdentados, torturados, famélicos, cadavéricos, y unas cámaras de gas que, al fin de cuentas, no eran el refugio de la muerte, sino que, paradójicamente, se convirtieron en el lugar más anhelado para descansar de las torturas nazis, de ese infierno que sí existe y está acá, en la tierra, en el planeta en el que vivimos.

El registro de estos hechos crueles y atroces no son producto de mi imaginación; tampoco de las alucinaciones de un desquiciado que se pierde en las sustancias psicoactivas o de un sujeto psicológicamente enfermo; estas acciones, ejecutadas a la luz de un sistema político denominado el nacional-socialismo, del cual hizo parte Hitler como líder supremo, y que tuvo como propósito reverdecer a la Alemania de entonces, hacen parte de la situación que vivieron millones de personas entre 1939 y 1945. Y, lo peor de todo es que, en muchos casos, ni la ley ni Dios pudieron juzgar aquello que, con toda seguridad, debo anunciar, fue inimaginable.

Estas escenas, que son mucho más horrendas que las descritas por Dante en La divina comedia, o las del Apocalipsis de la Biblia, pueden leerse en una novela en la que la realidad supera a la ficción. Capesius, el farmacéutico de Auschwitz, de Dieter Schlesak, es una obra que te destruye, que te quita la piel, es como un ácido que, en cada palabra y en cada frase, te devora, te roe los sesos, te consume las vísceras no para asesinarte de una vez, sino para hacerte vivir un poco más, así, desalmadamente, en la agonía, en la penumbra, en ese grito melancólico en el que las voces de los muertos te susurran al oído que el infierno se da cuando algunos te hacen los vejámenes más inverosímiles en el frío silencio de la indiferencia de los otros.

Antes de los campos de concentración, Victor Capesius, personaje principal de la novela, era un hombre tranquilo, apacible, buen ciudadano, jovial y sensato con el acontecer del momento; sin embargo, al ingresar a las filas de las escuadras de protección del nazismo (SS), Capesius se transforma en la encarnación del mal, en un alma gélida, en un psicópata que, sin remordimientos, condena a sus amigos, familiares y conocidos al baño de la muerte.

En este texto, uno descubre que él, un farmacéutico bonachón, puede ser mucho más visceral y depravado que el mismísimo Josef Mengele. Es más: una vez instalado en Auschwitz, este monstruo desquiciado gritaba a los cuatro vientos: “Soy Capesius de Transilvania, conmigo conoceréis al demonio”. Y así fue porque el demonio era él mismo.

De hecho, fue un ser tan macabro que sus riquezas se incrementaron al despojarles los dientes de oro a sus víctimas. El autor refiere que Capesius extraía las dentaduras de los cadáveres y las guardaba, incluso, con trozos de carne y encía, en una maleta en la que iba acumulando su sangriento tesoro. Después de purgar sus crímenes, con unos cuantos años de prisión, y con la venta de estas joyas sombrías, Victor Capesius financió, de nuevo, la apertura de su farmacia y de un salón de belleza para aquellos alemanes que deseaban verse mejor.

En esta novela, que desgarra y duele al leerla, hay algo mucho más profundo y atroz: la ignorancia de la humanidad no tiene límites, pues la desnazificación emprendida luego de la caída del Tercer Reich no cumplió con los propósitos trazados; por un lado, sujetos abominables como Capesius, Mengele, Goebbels, Kramer, Höss, Himmler, y muchos más, no fueron ajusticiados ni marginados, sino que, al contrario de lo que se cree, eran vistos como héroes que habían sido engañados por un partido político que, más allá de velar por el bien común, se perpetuó para defender los ideales personales de un individuo megalomaníaco como lo fue Adolf Hitler. En este sentido, los victimarios, lobos depredadores, también fueron víctimas que merecían el aplauso de una ciudadanía de a pie que, sin ahondar en la problemática del holocausto, defendía, a capa y espada, a los asesinos de su nación.

Dicha desnazificación no reincorporó ni reparó, en cuanto a la justicia y la verdad, a las víctimas; más bien las revictimizó con el aval de un sistema penal endeble y de una sociedad que, como siempre, es indolente ante la tragedia ajena. Con estos argumentos, es fácil demostrar que la infamia es la materia de la que está hecha el ser humano y, precisamente, por ello somos una especie degradante, una raza atestada de maldad hasta el tuétano.

En cuanto a la escritura de esta obra narrativa, es importante indicar que la trans-formación de la literatura es un hecho ineludible y que, por tanto, Dieter Schlesak se apropió de la crónica documental literaria para escribir su novela, porque dicha crónica exige analizar, en su estructura formal y lingüística, el uso de la palabra, las mutaciones que sufre el hombre y la sociedad y, por obvias razones, lo más esencial: reconstruir la realidad sin falsear lo real, lo sucedido.

Victor Capesius durante su juicio.

En otros términos, esta crónica documental literaria requiere estudiar el orden implicado del que subyacen las cosas para que el lector (atento o desatento) comprenda que no está ante un texto netamente imaginado o ficticio, sino que, en lo profundo de la lectura, descubre que lo aberrante, lo ilógico y lo imposible son una realidad que no puede descalificarse porque, de una u otra manera, se desconoce. Lo implicado es, a menudo, aquello que no es evidente y que reclama una mirada profunda a lo normal. Y es esto lo que se despliega en Capesius, el farmacéutico de Auschwitz: un análisis exhaustivo sobre los vestigios desperdigados, aquí y allá, por el horror nazi.

A nivel formal, en esta novela hay algo que, en lo particular, me sorprende: en las fronteras de la realidad ni en el núcleo de su producción caben la ficción ni la imaginación ni, mucho menos, la fantasía. Y, es de este modo, porque esta obra no se guarda nada, todo lo desnuda, puesto que el asco y el escozor, la malignidad y la crueldad, no están en la mente de quien imagina; habitan en el sujeto que hace, en el hombre que apuntala la tragedia y la eugenesia como un hecho absolutamente legal, así como sucedió en la Alemania nazi: justificaron lo aterrador por medio de la ley.

Este exterminio, porque no puede llamarse de manera diferente, demuestra que para un sujeto cualquiera es fácil y sencillo desligarse de los otros, evadirse de los límites de la existencia para descorazonar a sus semejantes porque, en general, el instinto del hombre es conservar su vida y entregar la ajena.

De acuerdo con Schlesak, y con la ocupación nazi por supuesto, no hay leyes que prohíban ni que controlen la monstruosidad humana. En este sentido, el mito de Prometeo, el semidiós al que un ave de rapiña le devoraba todos los días sus intestinos, ha dejado de ser un discurso fantástico o ilusorio porque se hizo a la realidad, pues eso, en verdad, fue el nazismo representado en Capesius: un buitre que picoteaba sin razón a otros seres humanos para despojarlos de sí mismos, para arrebatarles el alma no sin antes arrancarles la piel y la razón.

En Capesius, el farmacéutico de Auschwitz, hay una poética del horror, una especie de historia que, al leerla palmo a palmo, uno siente cómo lo va gaseando, no el pesticida Zyklon-B, sino algo más perturbador aún: la verdad. Esa verdad que está anclada en la novela de Schlesak y que, además, no cuenta con personajes ficticios porque todos (salvo uno que es el pretexto para ahondar en la documentación nazi, en la narrativa testimonial y en las decisiones de los juicios de Núremberg) son reales, hicieron parte de ese holocausto caníbal en el que vieron morir a muchos de sus amigos, esposas e hijos, incluso, carcomidos por los piojos o roídos por las cucarachas o, en otros casos, mediante la aplicación de fenol en el corazón, como sucedió al padre polaco Maximiliano Kolbe.

Leer la novela de Dieter Schlesak es como pararse, a propósito, en la trampa para el oso. En otro caso, es aguijonearse con un alfiler los ojos hasta entender, a la luz de la oscuridad, que no hay demonios ni infiernos tan malignos y crueles como los hombres y los espacios que habita, se supone, la raza superior.

El Diablo, si es que existe, vive en la tierra, camina a tu lado y, en muchas ocasiones, puede mirarte a los ojos para pedirte un favor o para llevarte a su infierno personal, tal cual como lo hizo Capesius en nombre de la cristiandad alemana, porque, en el fondo, lo verdaderamente importante consistía en superar a la muerte y gobernar a través de ella para no denunciar los instintos morales, sociales y raciales como una enfermedad exclusiva de la Alemania nazi. Victor Capesius murió de viejo y tranquilamente el 20 de marzo de 1985.

 Twitter: @wilmar12101