En esa misma semana leí con avidez el libro, del que también me agradaron su portada y contraportada, por la belleza de su ejecución, que, sin la menor duda, era la de un gran artista. Al interior, los títulos de cada poema, me maravillaron.

 

Por / Jorge Triviño

Por nuestra vida pasan algunos seres como estrellas; otros como soles; otros más como planetas y algunos, como estrellas de gran magnitud. Existen pocos que son como veloces cometas.

El caso que voy a referir es el de uno que fue como un cometa. Pasó a gran velocidad por nuestra vida, dejando en nuestra retina, en nuestra memoria y en nuestro corazón, su luz esplendorosa.

Nuestro poeta, ensayista, musicólogo y pedagogo, vio la luz radiante brillar en Montenegro,

Alberto Londoño Álvarez. Dibujo / Cortesía

Quindío en 1926 y se marchó a otras esferas, más radiantes, en 1992.

Estudiaba yo agronomía en la Universidad de Caldas, de la ciudad de Manizales, y en mi tiempo de asueto solía ir a escuchar música clásica en la sala que tenía el Alma Mater.

Quien se encargaba de hacer introducción a cada pieza que íbamos a oír, y que colocaba los videos o las grabaciones de los L.P. era el señor Alberto Londoño Álvarez. Era un hombre sencillo, afable y cordial.

Solía pedirle, en muchas ocasiones, las obras de mi predilección.

Un día, mi amigo William Lepineux me dijo que el señor Alberto era, de igual forma, un poeta, y que había escrito un bello libro; me insinuó, además, que le solicitara que me vendiera un ejemplar. Al comienzo lo dudé mucho, pero cedí a la tentación y decidí decirle.

Cuando salió de su cuarto musical lo llamé y le hice el requerimiento.

Me miró con amabilidad y fue a buscar el ejemplar, al que le hizo dedicatoria.

Salí de la sala, muy complacido por haberlo logrado, además de que no me cobró el valor.

 

El título del libro era: La siesta de un fauno.

En esa misma semana, leí con avidez el libro, del que también me agradaron su portada y contraportada, por la belleza de su ejecución, que, sin la menor duda, era la de un gran artista. Al interior, los títulos de cada poema, me maravillaron.

Los primeros poemas estaban dedicados a mis amados músicos: Joan Sebastian Bach, Wolfgang Amadeus Mozart, Ludwig Van Beethoven, Frédéric Chopin, Franz Schubert, Richard Wagner y Claude Debussy; asimismo, elegías, poemas amorosos y nocturnos.

Tal variedad poética me dejó sorprendido; pero, ¿qué se puede esperar de alguien que cultiva el gusto por la música sacra?

Buscando en los anales del Banco de la República me encuentro que también escribió ensayos de carácter musical: El iluminismo en Mozart, La música y el color, Sobre la felicidad y la ataraxia; sobre otros temas: Estadios de la vida, la edad y la muerte en la prehistoria; Aproximación a Teilhard de Chardin. Estas obras se pueden consultar en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.

Para que perciban la calidad de sus poemas, me permitiré hacer comentarios a algunos de ellos.

Inicia el libro, con el poema: Bach, donde el autor, busca asir lo inaprensible, fijar lo volátil: el sentir musical que se nos escapa, por nuestra escasa comprensión de lo sublime; y del que les comparto este texto:

Porque tu herencia no se agota y es sabia como el Oriente.

Viejo Bach, tu religión se levantó sobre los montes

y por ella fuiste constructor de catedrales sonoras,

de polifonías tejidas con esmero de joyero real.

 

Tu misa en si Menor se canta todos los días en el cielo

y tus Pasiones estrujan el corazón como si fuese

un copo de raso.[1]

   Este precioso texto nos transporta a las primeras edades de la humanidad, cuando se inició la religión en los bosques y selvas, adorando las primigenias fuerzas de la naturaleza; se convivía armónicamente con ellas, se les veneraba e invocaban.

La música de Bach, como lo expresa el autor es sencillamente religiosa, en cuanto nos vuelve a unir al espíritu, a lo divino que yace en nuestra interioridad. Ella nos recuerda el texto de Eduardo Santa, en su joya: El pastor y las estrellas:

        Viose de pronto metido en una inmensa catedral cuyas columnas eran aquellos gruesos troncos y cuyos vitrales eran los follajes por donde se filtraba avaramente la luz dorada del alba del día y por donde, también podía verse un pedacito de cielo azul. Le pareció que la música litúrgica era producida a su lado, a todo lo largo del bosque, por el hermoso caramillo de la fuente y por las flautas melancólicas de las cigarras y de los grillos.[2]

        Después, nos lleva al mundo de Beethoven:

En la noche del mundo inunda tu música que es epopeya y bálsamo.

Porque tu fuerza está hecha de pastorales y tempestades.

Tu corazón vive anclado en la eternidad

y tu alma cubre la tierra con su manto de grandeza.

Quisiste ver al hombre como un todo, pleno de gozos y de penas

y dejaste un testamento de alegría que resuena

como lámpara inmarcesible, como grito fecundo. pág.4

        Nos retrotraemos a La oda a la alegría, una composición que nos redime del dolor, y nos eleva el espíritu de manera formidable. Por ella, sentimos nuestra filiación Divina y la de nuestros congéneres; mediante esta composición nos atrevemos a equipararnos con las huestes angélicas y arcangélicas, que se hallan cerca de nosotros.

Nos transporta de nuevo, el creador, hacia otro gigante de la música, llevándonos por los caminos generosos de las páginas de su obra, y nos conduce hacia Chopin, de quien expresa:

Príncipe delicado, señor de los crepúsculos,

Chopin enfebrecido, amante apasionado,

 deja que tu música embriague los sentidos

con el sutil aroma de los amores viejos.

Tu larga sombra yace en la cartuja

que vio tu ocaso y tu pena

mientras el preludio del agua tintinea enloquecido. pág.6

        Como niños, nos dejamos conducir por el poeta, que nos va sugiriendo, la obra sublime que nos generará encanto al oírla; entendemos, entonces que debemos rememorarla y hallar el encanto que se hallaba perdido en nuestras dendritas de nuestro cerebro, y nos sumergimos de nuevo en el caudal musical de Chopin, encontrándonos con el sonido armonioso del agua, que ya habíamos oído en alguna ocasión, en un instante sublime de arrobamiento.

Por ese laberinto maravilloso, y con el dédalo de nuestra alma, llegamos para escuchar la voz del bardo, hasta mirar de frente a Franz Schubert, que nos hace vibrar cada vez que oímos el Avemaría.

De ella, alimentamos nuestra alma, siempre sedienta de cosas bellas; pues el alma necesita ese manjar celestial llamado: armonía.

Cada vez que escuchamos esta obra, que Schubert oyó en la interioridad de su alma; nuestra alma vibra y goza de ese manantial, de esa ambrosía celeste.

Dice el autor:

Tu música —angustia hecha miel—

estruja los recuerdos y esparce cielo y pena.

Música de lágrimas tranquilas, de suspiros resignados

dolientes en su tumba serena y luminosa.

Música de llama que no consume y recuerdos que palpitan. pág.8

       Es imposible estar en desacuerdo con él, ya que su música es en realidad fuego que produce llama, pero una llama incombustible. Es un fuego divino; de la misma esencia de nuestra alma imperecedera.

Vamos por los meandros luminosos de su obra, hasta llegar al recreador del mito de Lohengrin, de Parsifal, de Las Valquirias, de Tristán e Isolda, de El holandés errante, de El anillo de Nibelungo; y de muchas otras obras. Nos lleva de su mano, hacia El Martillo Alemán: Richard Wagner.

Martillo alemán, hijo de los dioses sonoros,

navegante en los mares del deseo.

Sigfrido vencedor de monstruos procelosos,

tallador de leyendas nórdicas perdidas y sonámbulas.

Caballero del ideal imaginario que cabalga por las nubes

enarbola el amor como estandarte rojo

y el trueno de los cielos retumba poderoso

mientras la pausa ardiente de la pasión aguarda…

Y para dar final a este poema:

Regresa, martillo alemán, a los bosques nórdicos

poblados de elfos y de sombras amadas. pág. 10

         Por ese caminillo lleno de música y de belleza, nos hallamos frente a frente, con Claude Debussy:

Allá en la sombra del parque abandonado

con la armonía de las hojas secas

y la sordina de los amores muertos

sueña la música que no tiene cuerpo.

Música de Debussy.

Música de nubes, Fiestas y Sirenas. pág.12

       Música espiritual, música evanescente y sutil, que se escapa como el agua de nuestras manos, cuando intentamos apresarla.

Y con su dédalo de oro, llegamos a los poemas íntimos de este poeta, al poema que da título a su libro: La siesta de un fauno.

He aquí un fragmento:

Un suave canto de cigarras baña el alma baña adormecida

y el viento detenido se ahoga la pasión ardiente.

El fauno se recuesta en el seno palpitante

 

y la isla se llena de olorosa penumbra.

La flauta indolente se duerme entre los juncos

y el amor se lanza como dios celoso.

Música de cristal, música limpia. pág.14

      La interacción entre el encanto que genera la música, con el amor; aquí se hace ostensible. El fauno, deja su flauta y se dedica a la labor suprema del amor in situ.

        Tras hacer el recorrido, por sus páginas llenas de luz, nos encontramos con la realización de una lid amorosa, en la que sale vencedor, el poeta, en: Sitio.

Ayer cayó el fuerte de tu cuerpo

y tu todo y tu nada

oyéndose solo el gemido del aire.

Resististe como cruzado embanderado,

como virgen cristiana conversa,

como pesadilla al alba,

como silencio a la hecatombe.

 

Pero cayó el fuerte de tu cuerpo.

Y tus ojos velados.

Y tus torrecillas enhiestas.

Y tu “museo secreto” que tiene siete puertas.

No duró mucho el sitio.

Lo que dura un reclamo, un suspiro sonoro,

el grito de la noche.

No dijiste nada, porque las palabras no existen.

Apenas mirabas a un pájaro en la rama. pág. 18

        Y su poema Primaveral, donde, además, demuestra su temprana lectura de Juan Ramón Jiménez:

Llegaba la primavera con un aire de niña

mientras el Sol germinaba los amores nuevos.

Qué pálida estás en el recuerdo,

y qué encendida estás con la semilla. pág. 20

 

Y para que no quede duda, sobre el nivel poético de Alberto Londoño, este fragmento de su Elegía:

Llevemos, amigos, al reposo sin sombra

este sueño desvaído y entonemos el ronco responso

de la desolación.

Porque hoy ha muerto la promesa eterna

y el retorno de un beso. pág. 22

         Es esta la prueba fehaciente de una promesa que nunca se cumplió y de la tristeza a causa del abandono y de un beso roto, que dejó marcada la memoria del vate.

Pero me sorprendo por la comprensión de la representación de Hécate, y su significación en su Nocturno:

La noche es transparente como la esposa

y es volcán como la amante.

 La noche avanza con majestad señora

mientras el hombre se hunde en su misterio. pág. 24

 

Su poema Llena de gracia, tiene tal misterio, tal ensoñación, que nos parece una oración. He aquí un trozo:

 La virgen recoge su corazón de raso

y hace un pañal de nubes

para el amor soñado

mientras las flautas tristes

dicen la canción de la esperanza. pág. 34

         Y para cerrar, con broche de diamante, este fragmento de su poema Niñez; una sabia definición de lo que es un niño:

El niño es un duende y un mago y un poeta

fabricante de sones desleídos

que navegan en nubes de rostros misteriosos

en la orilla de un corazón musical. pág. 36

        El poeta quindiano y con alma caldense, sin la menor duda, debe estar extasiado en el cielo, escuchando La misa en Si menor, todos los días.

 

Bibliografía

Londoño Álvarez, Alberto. La siesta de un fauno. Poemas. Talleres del Centro de Publicaciones de la Universidad de Colombia. Seccional de Manizales. Febrero 12 de 1982. Segunda edición.

Santa, Eduardo. El pastor y las estrellas. Tercer mundo editores. Pág.33

 

 

 

[1] Londoño Álvarez. Alberto. La siesta de un fauno. Poemas. Talleres del Centro de Publicaciones de la Universidad de Colombia. Seccional de Manizales. Febrero 12 de 1982. Segunda edición. Pág. 2

[2] Santa, Eduardo. El pastor y las estrellas. Tercer mundo editores. Pág.33