Si tomamos, en fin, lo fantástico como un pretexto para expresar nuestra condición, eso somos: insufladas creaciones arrojadas en confusos laberintos…

 

Por / Jhonattan Arredondo Grisales

Todo lo fantástico es una ruptura del orden reconocido,

una irrupción de lo inadmisible

en el seno de la inalterable legalidad cotidiana.

Roger Callois

 

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Lo primero que pensamos cuando escuchamos las palabras “literatura fantástica” es algo extraordinario: seres o lugares distintos a nuestra realidad inmediata. Es común, incluso, que esta primera imagen tenga una falsa connotación infantil. Los bosques encantados, las casas misteriosas o los monstruos que aparecen de la nada son algunos de los elementos que generalmente podemos reconocer dentro de este género literario. Pero no tenemos que ir demasiado lejos para entender de qué se trata, pues, aunque ignoremos una posible definición, la idea de presenciar un suceso extraordinario no es ajena a las diversas formas de apreciar el mundo que nos rodea. Para explicar lo que acabo de mencionar, basta con recordar las sombras que en algún momento creímos ver transformarse en las más sinuosas criaturas, causando temor o incertidumbre ante la inminencia de aquellas insólitas apariciones. ¿Eran reales o sólo obras de nuestra imaginación? El espacio que se encuentra entre esas dos contingencias, podríamos decir, es el punto donde se ubican quienes acuden al sospechoso universo de la fantasía.

La mueca del golem (2018) del escritor Alejandro Medina Franco (5 de diciembre de 1981, Pereira)[1] es un conjunto de once relatos que están circunscritos en ese centro secreto. Narraciones que cuentan las vidas de hombres profundamente solos, vacíos, siempre en una búsqueda constante de una verdad que esclarezca las oscuridades que abrazan su ser. Hay en ellos una desgarradura que los aprisiona, que los perturba y que los anima a preguntarse a través de indagaciones metafísicas cuál es el lugar al que verdaderamente pertenecen. La brújula que siguen en sus periplos carece de puntos cardinales; guiados apenas por el instinto, la pulsión por descubrir las rarezas en las que está signada su existencia, para bien o para mal, al final señala el destino que los espera es irresoluble. Esto, digamos, porque la respuesta suele ser desalentadora. Como sucede en el primer cuento, donde su personaje principal, “reducido a la soledad” y atrapado en “un gran recinto esférico” dice lo siguiente: “He visitado el lugar ya incontables veces, siempre encontré la misma imagen del diablo frente al espejo y jamás logré que percibiera mis minúsculos gritos”.

Aquí también es importante resaltar que este hombre no tiene corazón ni memoria, por tanto, creo, esa orfandad, esa necesidad de saber quién es nos identifica y nos permite acompañarlo en su inútil desenlace. A su vez, las emociones y sentimientos intrínsecos del ser humano, se le han vedado: “Quise llorar, pero no supe cómo invocar las lágrimas, en un reflejo antagónico traté de reír y descubrí que también ignoraba ese feliz mecanismo”. Sin embargo, en las últimas líneas, después de saberse derrotado percibe una suerte de consuelo: “Entonces, terminé conformándome con el arrullo de la cítara, él la toca incansablemente, yo me tiendo en la última grada y lo escucho, un poco de música me viene bien, cada tantos siglos”. Si tomamos, en fin, lo fantástico como un pretexto para expresar nuestra condición, eso somos: insufladas creaciones arrojadas en confusos laberintos, en austeras concavidades sin retorno y en extrañas atmósferas donde esperamos un trozo de música que bien podría ser la esperanza, la luz o el pasado que vanamente intentamos recobrar.

Habría que indicar que la adjetivación en este cuento quizá sea excesiva. Aunque este aspecto estilístico es, aclaro, una nimiedad que no afecta la eficacia narrativa ni la belleza en el manejo del lenguaje. Fotografía / Cortesía

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He querido detenerme en el cuento que abre este libro porque, a mi parecer, es una decisión inteligente el saber elegir un orden que puede contener diversas interpretaciones. Las lecturas varían, por supuesto, pero cuando descubrimos un acertijo en lo que leemos la lectura se convierte en una especie de portal. Pues bien, el relato que inicia se llama “Las entrañas del diablo” y el relato que cierra se llama “El dios incompleto”. Como vemos, se trata de dos polos opuestos; pero, además, de dos caras de una misma moneda: todo lo que encierran se corresponde. En el primero, fuera de lo que he dicho, tal vez el autor nos quiera decir que el infierno está en nosotros: “Sólo me queda suponer que si nada me daña es porque en realidad ya estoy muerto, que esta es la verdadera forma del infierno, que si este eterno laberinto no está plagado de gentes es porque, de alguna manera, yo soy todos los hombres, por lo menos todos los que han merecido este monstruoso destino”. Habría que indicar que la adjetivación en este cuento quizá sea excesiva. Aunque este aspecto estilístico es, aclaro, una nimiedad que no afecta la eficacia narrativa ni la belleza en el manejo del lenguaje: pulcro, preciso, detallado.

En “El dios incompleto”, por otro lado, el autor explora una fina ironía sobre la divinidad; esta vez, en contraste con el primer cuento, nos habla de “un tipo raro, de ojos ambiciosos pero asfixiados” que de pronto se da cuenta de que puede escuchar los pensamientos de los demás sin poder hacer absolutamente nada: “La inclemente algarabía se fue diluyendo en débil susurro y dejó en primer plano, aislados y pulcros, los pensamientos de un soldado que extrañaba a su hermana y odiaba cargar un fusil”. Puede, sí, conmoverse; sin embargo, su porvenir se reduce en la quietud: “Fue así como Cirilo Donoso se hizo viejo, asomándose por esa hendija prodigiosa a las mentes mortales, saboreando el inevitable morbo de un espía invisible, atestiguando la miseria de los pensamientos de los hombres sin poder socorrerlos. Resignado a su destino de ser una suerte de dios, un dios incompleto”. De manera que estos dos relatos se complementan, se entretejen, dándole a la composición del texto unidad de sentido. Se puede pensar, incluso, que es un libro circular.

Tzvetan Todorov, exégeta del género, nos dice: “Lo fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural”. Y esto es lo que sucede en otro de los relatos: “El mendigo absoluto”. Tomás Essien Vidal, como se llama el personaje principal, es un hombre que en uno de sus múltiples viajes encuentra una misteriosa ciudad que está situada en un lugar fuera del mapa: “Al asomarme desde lo alto descubrí con sorpresa una ciudad dibujada en la depresión que formaban las montañas, consulté mi mapa y mi brújula porque aquel paraje no concordaba con lo que esperaba encontrar dado mi creciente conocimiento de aquellas tierras y mis investigaciones previas al viaje, efectivamente no había registro alguno de aquel poblado”. Lo interesante es que dicha “vacilación” frente a lo “aparentemente sobrenatural”, como sucede en la vida real, ese mismo desconcierto se convierte en la apertura hacia lo incomprensible: “Esta inconsistencia avivó mi curiosidad y emprendí la carrera cuenta abajo”. Pero hay algo mucho más sugestivo: el personaje, luego de fallar en su deseo de querer regresar a la misteriosa ciudad donde todas las cosas carecían de nombres, se da cuenta que las fotografías que tomó en su peregrinaje se encontraban veladas. Ante esto, es decir, ante la imposibilidad de regresar a la fantasía, aquel hombre “en un arrebato de valiente desesperación” destroza sus oídos, anula su habla cortándose la lengua y ciega sus ojos “derramándoles ácido”. Pregunto: ¿No es esta una decisión demasiado humana? Y, aún mejor: ¿no es esta una metáfora de la inútil idea de volver sobre las cosas perdidas?

El autor en el Café Cortázar de Buenos Aires. Fotografía / Cortesía

 

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Ahora bien, una situación similar ocurre en el cuento “Cena con mi sombra”. Aquí, sin extenderme mucho, se nos cuenta la historia de un hombre que luego de percibir las fugas de su sombra, de perder el dominio que tenía sobre ella, decide acabar con ella aunque esa pérdida lo deje incompleto. Leamos: “No pude soportarlo más. Preferí renunciar al manto de mi sombra que continuar sufriendo la desventura de una lucha desigual. Me vestí de gala y destapé una botella, por última vez compartimos la mesa. Yo había instalado un gran reflector detrás de mi silla así que ella lucía espléndida, enorme y vigorosa, casi perfecta. La miré con lástima, pero también con un amor inocultable, ella respondió con un temblor tenue, como presintiendo su destino. Tomé su mano, que estaba prendida dócilmente a la mía, la llevé a mi boca y me alimenté de ella. Fui comiendo de a poco su gris lánguido, sus brazos, su cabeza y sus intestinos, sus piernas y sus pies que eran también los míos. Su sabor era el del prado, el de la tierra, el del agua y el del asfalto. Pasé aquella amargura con un trago de vino”. La sombra, una figura bastante explorada en la literatura universal, en este caso puede interpretarse de diferentes maneras. Cada uno elige de acuerdo con sus lecturas. El caso es que esa multiplicidad interpretativa, no es una falencia; por el contrario, es un acierto. Especialmente tratándose de un género ambiguo. Como lo sustenta Jacobo Siruela: “El relato fantástico se encamina hacia su plena madurez cuando toma la senda de la ambigüedad como forma superior de expresión literaria”.

Una de las ilustraciones que separan cada uno de los cuentos.

La mueca del golem (2018) fue ganador de la Convocatoria Municipal de Estímulos de la ciudad de Pereira en el Área de Literatura (Modalidad Cuento). Los jurados, entre otras cosas, dijeron esto en su resolución: “Son todos gritos, risotadas y berridos de seres insuflados de vida y gobernados por letras, una suerte de golems, no muy diferentes a nosotros”. Creo que es una apreciación acertada, por la calidad del libro y por la estrecha relación que se halla entre la ficción fantástica y las distintas reflexiones en torno a la realidad. De hecho, a mi parecer, es uno de los mejores cuentistas que han recibido este reconocimiento en los últimos diez años. Ese solo detalle es motivo de celebración. Sin embargo, al igual que sucede con otros escritores de la ciudad, la recepción de su obra es desapercibida. Y no creo que por ser su ópera prima deba estar casi que en el anonimato, pues quien se acerque a sus historias descubrirá, además del ingenio narrativo, a un autor que tiene oficio en su labor escritural. Pocas veces en estas latitudes se puede afirmar sin temor el hallazgo de un autor al que hay que prestar atención.

El tiempo es el mejor crítico, es cierto, pero si estos cuentos encuentran lectores pronto sabremos cuán positiva es su publicación para la literatura risaraldense. Aunque mi buen gusto por los libros bien acabados, por las editoriales que se esmeran en la edición y por las refinadas presentaciones, me obligan a expresar un descontento que excede la opinión personal: para nadie es un secreto que las publicaciones donde se imprimen las obras que han ganado sus respectivos estímulos se realizan en una litografía que, sin necesidad de indagar a fondo con los autores sobre ese proceso tan sustancial, el resultado es lamentable. Y es una pena que sea así. No obstante, estas son circunstancias que escapan a los textos: las obras, en primera instancia, deben defenderse por sí solas. Por eso, como verán, no he precisado acerca de la influencia del escritor argentino Jorge Luis Borges que aparentemente existe entre el estilo y las temáticas exploradas por el autor. Más importante es sacar a relucir algo que hasta ahora he pasado por alto: cada cuento viene acompañado por una imagen (una imagen que el autor ha elegido, editado y dispuesto de acuerdo con las atmósfera que abraza la narración). Son rostros a blanco y negro con expresiones severas que advierten al lector sobre una posible amenaza. Fragmentos, sombras, tenaces apariciones que nos hacen una mueca en el umbral. Portales, vigías, espectros. Golems dispuestos a confundirnos ante una dudosa irrealidad.

Twitter: @Jhonattan_1990

[1] Alejandro Medina Franco es Ingeniero Mecatrónico de la Universidad Autónoma de Occidente de Cali. También realizó una especialización en Gerencia Informática en la Universidad Ean (Bogotá). Termina sus estudios de Maestría en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira. Su obra se caracteriza por el extrañamiento y la presencia de atmósferas y seres fantásticos, siempre como excusa para la exploración de la condición humana y sus límites. Obtuvo mención especial del jurado en el Concurso de Cuentos de Ciencia Ficción 27+, de la Editorial Mirabilia, con el relato El truco de la vaca cuadrada. Además, ha sido invitado por la Biblioteca Pública Municipal Ramón Correa Mejía a formar parte de la colección La Chambrana, en la antología Nuevos Cuentistas Pereiranos.