“LA POSIBILIDAD DE VOLVERME UN SER HUMANO DECENTE”

Cuando Mejía Rivera escribió su novela, la muerte en cautiverio era una de las realidades que atemorizaban nuestra cotidianidad como consecuencia del Conflicto Armado Interno intensificado a finales de los 90’s.

Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris

@JaiberLadino

 

Pronto se cumplirán veinticinco años del Premio Nacional de Cultura (1998) que recibiera el médico Orlando Mejía Rivera por su segunda novela Pensamientos de guerra (publicada en 2000), obra en la que el Vístula y el Cauca recorren la misma geografía humana. Acompañado por el ritmo del tiempo del que dan cuenta las noticias, ratifico la vigencia de las apuestas del autor. De un lado, la JEP y la Comisión de la Verdad, destapan fosas para reconocer y nombrar los huesos de los familiares queridos y que fueron desaparecidos. Y, en otro lado, la amenaza que Rusia materializó para Austria hace ya más de cien años, renovada esta vez sobre Ucrania.

Es decir, para cuando Mejía Rivera escribió su novela, la muerte en cautiverio era una de las realidades que atemorizaban nuestra cotidianidad como consecuencia del Conflicto Armado Interno intensificado a finales de los 90’s. Esa es la primera historia de Pensamientos de guerra: un profesor de filosofía, maduro y frágil, una vez secuestrado por un grupo que bien puede ser de derecha o izquierda, medita en la biografía que escribiría sobre el filósofo Ludwig Wittgenstein (1889-1951) a partir de los diarios que éste llevó cuando se alistó como voluntario para defender su país de la invasión rusa durante la primera guerra mundial (1916), y que constituye el segundo núcleo narrativo.

El que el médico manizaleño no haya otorgado un rasgo identitario a los responsables del secuestro y presente razones y excusas tanto de un sector como del otro, resultan, con las declaraciones de la actualidad, un acierto de denuncia, pues en los encuentros con víctimas, militares y subversivos han reconocido su responsabilidad con el daño causado a la población colombiana.

El profesor de la novela tiene la cabeza a punto de reventar en medio de un silencio y una oscuridad que conmueven, solidarizan. La angustia del protagonista que camina maniatado, vendado, se incrementa con el recuerdo del hijo, de la esposa. Aun así, no merma su afán de creación poética, una biografía de Wittgenstein, en la que aparezca el filósofo vienés con sus problemas de lógica, su angustia espiritual y una voluptuosidad encendida por el cerco de la muerte. El texto del profesor tendría la pretensión de una suerte de “novela de formación”: un nuevo hombre transformado y reconstruido emerge entre el horror y el dolor de los cinco años de guerra (1914-1918), pasando del matemático discípulo de Russell al autor del célebre Tractatus logico-philosophicus.

Mejía Rivera condensa ideas del primer Wittgenstein (el del Tractatus) y desliza ideas del segundo (el de las Investigaciones), así como de la experiencia que de sí mismo reflejan los diarios y las biografías a que ha dado lugar su controvertida personalidad, junto con las glosas propias y que demuestran la empatía entre el colombiano y el austíaco, sin menoscabo del rigor histórico, puesto que lo que conocemos del vienés se explicaría en el afán del académico que, cuando fue capturado, “a plena luz del día, en el corazón de su universidad, mientras tenía la tiza en la mano derecha e intentaba clarificar a sus estudiantes el problema paradójico de que todas las proposiciones lógicas escritas en el Tractatus eran absurdas según el mismo autor”.

Así como el ruido de las bombas no parecen alejar al filósofo de su reflexión conceptual, tampoco la promiscuidad compartida con sus compañeros lo aleja de David H. Pinset, a quien encomienda en sus oraciones, dirige sus cartas mientras navega el Vístula en el barco de guerra Goplana.

La relación pensamiento-cuerpo-entorno es integradora por más dicotómica que parezca. El filósofo de los Diarios secretos nota más su sensualidad que antes de incorporarse en el ejército y es el mismo que lee los comentarios de Tolstoi a los Evangelios. De estas situaciones se vale Mejía Rivera para postular inquietudes que pasan de la lógica a la ética, abandonan la palabrería metafísica para devolver a la vida cotidiana la actitud filosófica.

Por ejemplo, en el capítulo que corresponde a 1915, Mejía presenta a Wittgenstein trasladando heridos y muertos al hospital de Moravia. En esa tarea, Ludwig contempla los cuerpos mutilados, oye los gritos de dolor de los heridos suplicando la muerte, hasta que reconoce a un soldado húngaro de unos veinte años: “Su cuerpo y mi cuerpo se conocieron hace algunas noches”. Aquel cuerpo en el que se regodeó no sólo es la evidencia de un erotismo que compensó los días de estrés y cansancio, de soledad y angustia, sino que se convierte en la oportunidad para formular las inquietudes que estimularon el giro lingüístico: “Mi cuerpo y el cuerpo despedazado de Lichtko pertenecen a los hechos del mundo. Pero mi dolor y la angustia de Lichtko están fuera del mundo, no son hechos del mundo, mis ojos miran el mundo pero la mirada proviene de un punto más alto que el alcance lógico del lenguaje que somos capaces de pensar”.

A cien años de la publicación del Tractatus (1921), la reciente edición de Pensamientos de guerra de Ediciones El Fakir Ilustrado (2021) se convierte en motivo de fiesta, en ocasión de reflexionar sobre el lenguaje y la guerra, el cuerpo y la espiritualidad.

Claro, no puede celebrarse la aparición de Pensamientos dejando de lado la segunda edición de la primera novela de Mejía Rivera La casa rosada, presentada en la 13ª Feria del Libro de Manizales, con ocasión de sus 25 años. La casa tiene mucho que enseñarnos sobre la esquizofrenia contraída entre los confinamientos y el frenesí de los encuentros multitudinarios, la salud y la política, el humanismo y la tecnología.

La novelística de Orlando Mejía Rivera tiene el valor de sabernos inquietar, estimula la curiosidad, reviste de carne las discusiones que tendrán lugar en el futuro, confunde y aclara, cuestiona lo que damos por hecho y llena de valor los gestos de humanidad.