Como pasa tantas veces con el cine en su país de origen, esta película no retumbó en la historia, aparentemente. Hablar y escribir sobre cine colombiano me asusta, porque a decir verdad ha sido difícil conectarme con lo que he encontrado desde que me interesé en la cinematografía en general.

 

Por: Débora Hernández

Director: César Acevedo

Guion: César Acevedo

Fotografía: Mateo Guzmán

Montaje: Miguel Schverdfinger

El Valle del Cauca… de sólo pensar en él puedo oler la caña, sentir la sombra de los sauces que quedan, el sol inclemente del mediodía, la arquitectura, esas casas esquineras, motos yendo y viniendo, sus montañas a lo lejos.

El silencio de lo que había en la pantalla fue desconcertante. Foto / Cortesía

 

Como pasa tantas veces con el cine en su país de origen, esta película no retumbó en la historia, aparentemente. Hablar y escribir sobre cine colombiano me asusta, porque a decir verdad ha sido difícil conectarme con lo que he encontrado desde que me interesé en la cinematografía en general. Sin embargo, he descubierto cintas maravillosas entre lo que he visto. Me permitiré decir que Los viajes del viento (Ciro Guerra), Monos (Alejandro Landes) y La tierra y la sombra, han sido de las experiencias más reveladoras.

Me pregunto si hablar del cine colombiano es hablar de la ruralidad, de los campesinos, de la injusticia, si es hablar del espejo que son las “pequeñas” historias en la historia de Latinoamérica. Y si sentarme a escribir sobre este largometraje de César Acevedo tiene principalmente el propósito de encontrar el valor para hablar del cine de un país que aún no ha encontrado una “identidad clara”, teniendo en cuenta que esta afirmación es tremendamente osada; pero que no me siento tan vacilante al hacerla porque en estos últimos años he encontrado a otros que comparten una opinión muy similar.
Pero, ¿acaso importa que tenga una identidad definida?, eso me dijo un muchacho en el Festival de Cine de Jardín, cosa que me dejó pensando, y hasta ahora, no sé cómo responder a eso.

Caminar entre el polvo del Valle del Cauca, sobre todo en el norte, es caminar entre un verdor que parece infinito. Foto / Cortesía

Fui a ver esta peli al cine más cercano, lo cual fue una suerte, no es común encontrarlas en la cartelera de los pueblos. Éramos tres o cuatro en la sala. No fue en absoluto sorprendente, ojalá se hubiera llenado, ese fue mi deseo.

El silencio de lo que había en la pantalla fue desconcertante. No sé bien si me conecté inmediatamente porque mi corazón siempre ha sentido una cercanía con el Valle del Cauca o si fue porque entendía, desde mis experiencias, el desarraigo y el arraigo de una manera muy fuertes en eso que veía, la dificultad de vivir de uno u otro lado. Permanecer en una tierra solo por aquello que significó, mas no por aquello que es. Pienso que esa es la historia de muchos. Pero es eso, sólo un pensamiento, no una certeza.

Caminar entre el polvo del Valle del Cauca, sobre todo en el norte, es caminar entre un verdor que parece infinito, junto con el paisaje de campos recién quemados, una ceniza constante, una extraña sensación de quietud y anonadamiento. Caminar entre los cañaduzales, donde faltan cada vez más árboles que den sombra cuando dan las diez y el sol ya empieza a quemarte todito, cuando tanto el cuerpo como la mente piden sombra y también brisa… En todo caso, un paisaje bellísimo, bellísimo quizá por su extensión, su forma. No sé bien qué es lo que lo hace bello, llevo varios años sin hallar una respuesta.

La primera secuencia de La tierra y la sombra te atrapa; un hombre solo en medio de la caña y la polvareda. Su lenguaje obedece al color de las cenizas que caen y unen las secuencias.

Desde su estética minuciosa, repleta de silencios, trata temas difíciles como la falta de trabajos dignos, las deplorables condiciones laborales, la falta de atención médica fuera de las principales ciudades en un país que se compone en su mayoría por zona rural, experimentar el dolor y saber que no hay nada que se pueda hacer, la incertidumbre de dejar la tierra de donde se es, aunque fuere lo más sensato, la destrucción de esa tierra. El arraigo, una costumbre terriblemente peligrosa.

Alguna vez me dijeron que ya era demasiado el silencio, “demasiado cercano a Tarkovski”, contesté: ¿y qué pasa con eso?

Tal vez hemos de encontrar alguna forma de identidad en una pieza como esta… Foto / Cortesía

Hay días en que pienso que necesitamos más de ese silencio, acercarnos al cine que existe entre imágenes que nos sobrecojan y nos hagan comprender, implícitamente, situaciones desesperanzadoras, universales, pero que también sea más allá de la palabra y la imagen misma, que nos ubique en la increíble labor de componer imágenes que nos zarandeen, y entre todo eso, si es posible, sin aleccionarnos, un concepto ya bastante sobrevalorado.

Tal vez hemos de encontrar alguna forma de identidad en una pieza como esta, o al menos un recordatorio de la sencillez, el habitar esta tierra.