León Darío Gil Ramírez. Antología de papel (1986 – 2016). Manizales. Colectivo Babilonia. 2016.

 

Por / Jaime Eduardo Jaramillo Jiménez [1]

Una obra artística, en este caso una creación poética, puede ser abordada desde múltiples perspectivas. La obra de arte está abierta a una pluralidad de sentidos, es entonces poliédrica, polisémica.

En esta reseña-ensayo proponemos una clave de lectura para Antología de papel que tiene como hilo conductor la manera en que el poeta recrea (provisto de un lirismo cotidiano y un penetrante sentido de la observación), aquello que los antiguos denominaban las “edades del hombre”: su infancia, adolescencia, edad madura, vejez y muerte.

Podemos señalar que existe un trasfondo vivencial, una expresión autobiográfica, en esta selección poética. Constituyen etapas y momentos de su vida, evocadas y transfiguradas literariamente por el autor. Calles y paisajes urbanos, personajes y situaciones inconfundibles, objetos y recuerdos, transitan por sus poemas revestidos con la verdad de la vida y la verdad del arte. Es la trasmutación en la palabra lírica, de experiencias, reflexiones y percepciones que han hecho parte de una singular trayectoria existencial, aún abierta.

León Darío Gil. Foto / Cortesía

Si retomamos este ciclo cronológico, se puede advertir, en primer término, cómo León Darío refigura y describe vívidamente el mundo y las gentes de su vida infantil, transcurrida en Caramanta y Manizales. Escribía el novelista Marcel Proust, sobre el periodo de la infancia, que este constituía de modo arquetípico: “La vida, la vida verdadera, la vida verdaderamente vivida.” En el mundo infantil de Gil Ramírez, los sucesos más cotidianos, sus sentimientos más profundos y, como decía el cantor: “las cosas simples que nos da la vida”, se transmutan y aquilatan mediante la “linterna mágica” de su poesía.

Así, el niño maravillado asiste, de la mano de su padre, al Circo, espacio encantado y lúdico dentro del cual él escucha, observa y se sorprende con:

Las carcajadas anchas que desatan los payasos,

los tigres de bengala,

los delirantes tiradores de cuchillos,

los tragafuegos, los tragaespadas,

la emoción, el miedo y el asombro,

los adivinadores poseídos de poderes,

los magos

contraviniendo la lógica esencial del universo.

 

También en sus suscitadoras evocaciones infantiles, nuestro autor rememora los años escolares, recreando imágenes de su “familia grande”, esa primera ventana al  mundo donde irrumpen sus condiscípulos, amigos de estudio y de pilatunas, así como sus primeros e imborrables amores y sus maestros y maestras, queridos y, en ocasiones, temidos. En sus años escolares, este niño singular transcurría:

Cargado de malos pensamientos,

buenos amigos,

de maldades inocuas, de curiosidades precursoras,

de juegos que existían o inventados…

 

Portada del libro. Foto / Archivo

En Antología de papel, como en un genuino universo poético, se nos presentan nuevas perspectivas y miradas, sobre nosotros mismos y acerca aquello que nos rodea. En un capítulo de su libro: Seres y cosas, la linterna escrutadora del poeta pone nuestra atención sobre objetos y realidades generalmente inadvertidas o asumidos por nosotros de manera puramente instrumental. En el poema Los bolsillos, el autor advierte de estos adminículos indispensables, que:

Fueron las bodegas sin fondo de la infancia,

bodegas de bolas, de trompos, de figuras…

 

Y viene entonces esa difusa y difícil transición que nos conduce desde el niño que fuimos, al adolescente que se asoma con curiosidad y picardía al mundo, a los otros, al aprendizaje del amor.

Me pegaron el alma a la vida con el beso primero que me pegaron en la boca.

“Canto y cuento es la poesía”, escribía don Antonio Machado. Los poemas del libro aquí comentado pueden apreciarse como pequeños relatos, casi costumbristas, pero enriquecidos con el ritmo y las imágenes propias de la buena escritura lírica. Necesario es afirmar, asimismo, que León Darío no es un poeta “puro” sino, afortunadamente, mestizo, interdisciplinario. Es y ha sido sociólogo e investigador social y estos estimables oficios, que hacen parte de su trayectoria vital y de su identidad, han coadyuvado a desarrollar esa atención entrañable suya hacia lo más cotidiano e inadvertido u olvidado por otras personas.

Algunos de los más memorables poemas de este texto apreciable, son aquellos en que su autor nos cuenta de sus años de adolescencia y de juventud, en las décadas de los sesenta y setenta, del siglo que nos antecedió. Eran años de rebeldías y romanticismos, tiempos aventureros, muchas veces transgresores y turbulentos,  pero siempre revestidos en Gil Ramírez de una búsqueda honda y honesta por alcanzar su verdad, su voz más genuina, para así compartirla con sus amigos y amigas, con sus lectores y, más ampliamente, con su prójimo. “Lograr ser uno –escribe- cuesta toda la vida.”

 

Viviendo en “la ciudad”, en su Manizales entrañable, León Darío nos relata momentos de su adolescencia, desarrollados entre la escuela, los amigos, algunos lugares alternativos y la omnipresencia de las mujeres. Recuerda:

Unos rumbos que buscaban la escuela

Un pucho al escondido de Dios

Una bicicleta de ruidos y sin frenos

Una oscuridad y un frenesí logrando una caricia.

 

Al vivir, gozar y trasegar por caminos, pueblos y ciudades de la región “paisa”, en sus años mozos (sin ser por ello regionalista, ni falto de crítica hacia gentes y costumbres de su comarca), el poeta y narrador nos invita a entrar al bar “Buenos Aires”. Recordemos que las cantinas y los bares (antes, y en los tiempos de la adolescencia y primera juventud de León Darío), eran lugares semiocultos, mirados, por unos, con deseo y, por otros, con reprobación, pero, al final de las cosas, socialmente tolerados, aunque fuesen vedados a las mujeres “decentes” y a los niños. Constituían espacios, por excelencia, de la sociabilidad masculina, territorios acogedores para la conversa interminable, acompañada por los infaltables “guaros”, la cerveza o el ron. Estimulados por estas y otras bebidas “espirituosas”, sus asistentes podían expresar a sus amigos y contertulios, las confidencias del alma, las más íntimas alegrías y ambiciones en la vida, al tiempo que les era posible  quejarse de las “tusas”, del “mal de amores”.

Cinco mesas pensativas

Ronroneando en el mostrador un gato  

Al lado de la procesión de discos

una vela que vela un San Martín ahumado.

 

Y en este bar arquetípico, no podían faltar los entrañables y tradicionales tangos, en los molidos acetatos escuchados en las radiolas y tocadiscos, con sus voces queridas y sus orquestas inolvidables. Como en la célebre canción, allí se estaba, “a media luz”. Desfilaban por estos lugares unos inconfundibles personajes, las “coperas” y “mujeres de la vida” (aceptadas a regañadientes, por la sociedad “decente”), que solían acompañar, a su manera, ese mundo de hombres. Sobre este bar, vívidamente evocado, nuestro escritor dice:

Desde las once del día echando tangos a la calle

hasta la hora que cierra

 

Lo atiende La Mona

tres veces viuda por cosas de celos

y otro chance le sobra a su larga hermosura

 

(…)

Desde hace 5 años, de su puño y letra

le tiene colgado un aviso: SE VENDE.

 

A Dios le rogamos que nunca lo logre.

 

“Cómo se pasa la vida…tan callando”. Llegamos así a los años de ser adultos, como solía decirse entonces, de “volverse un hombre”. De este modo, los amores -y, como en la música escuchada en bares y cantinas, los desamores- constituyen una poderosa vivencia que se asoma en diversos momentos de su vida, para expresarse en la creación poética de nuestro autor.

En qué lugar de uno

-no lo encuentro-

quedará el olvido?

 

(…)

Quiero guardar allá

la entereza desnuda de tu cuerpo

hundido en la cavidad avarienta del espejo.

 

Y, asimismo, frasea:

Te imaginas sin nosotros las esquinas

Y de qué, sin nosotros, se ocuparía la noche…

 

Los bolsillos de pantalones y sacos, se transforman en el transcurso de la vida para guardar nuevos objetos y recuerdos:

Su ministerio es guardar (…)

todo lo que cabe en sus costuras:

un lapicero, la cédula, los puchos, las monedas,

el número secreto y arrugado de un teléfono,

la foto de ella, de otra, la del hijo…

 

León Darío avizora el momento de su vejez, esperando que ella no le arrebate su autonomía, su permanente actividad y lucidez. Expresa esta esperanza razonable en su característico lenguaje lírico, plástico y desenfadado:

Ojalá que los años me enseñen a morir

pero sin quitarme que pueda amarrarme los zapatos.

(…)

Los antojos nunca ni jamás me los prohíban.

Que me acuerde todavía

dónde carajos fue que dejé las llaves.

 

Gil Ramírez ha sido, por sobre todo, un lector y un escritor, un modelador de palabras, sobre todo en su dicción poética. Sobre esa etapa de la existencia, agrega:

Que me cambien la caligrafía, no importa,

pero que nunca los años me resten la escritura.

Que me dejen leer, les ruego, hasta el fin de mis días.

 

Y vendrá el final. “Somos arrendatarios de la muerte / cae el diluvio universal del tiempo / como una torre se derrumba todo”, cantaba Eduardo Carranza en su estremecedora Epístola mortal. La vida y la muerte, el inevitable ocaso, la finitud, el adiós. Y canta, desde su voz más visceral, León Darío Gil:

Vienen de donde vengo

para donde van, voy.

Sobre otras las mías

y sobre las mías

otras huellas que desharán el olvido,

delatarán que pasé…

(…)

…Perseguidos por el olvido, ir

hacia la única verdad, la otra orilla:

la impostergable muerte.  

 

En otro poema suyo, nos regala una visión despojada y profunda sobre nuestra trayectoria vital. En Así de sencillo, escribe:

Nace como cualquiera

crece como cualquiera

vive como cualquiera

como cualquiera muere.   

 

El autor de este libro singular, suele expresar en sus conversaciones y en su obra escrita una filosofía muy personal e inconfundible, que no es libresca sino extraída de sus decantadas experiencias y sus agudas reflexiones.

Vivo a mi modo, como a mi modo pienso, como a mi modo

visto,

como a mi modo rezo, como a mi modo maldigo,

como a mi modo extraño,

como a mi modo escribo, como a mi modo siento y siento que te quiero.

 

“Genio y figura, hasta la sepultura.” El escritor, poeta, gestor cultural, investigador social, hijo, amante y amigo, en fin, el hombre todo, ha buscado ser coherente con sus convicciones y su sentir más profundos, aceptando sí, los cambios de la vida, el devenir del mundo, pero sin plegarse pasivamente a ellos. Expresa León Darío en Antología de papel, recreación lírica de personas, vivencias y creencias entrañables:

Como el que he vivido, el tiempo que me resta me lo voy a

tomar conmigo y aquí, sin pasante y en una copa sencilla.

 

El presente texto, escrito por un buen amigo y atento lector de León Darío, desea conversar y brindar, con otra copa sencilla, por este libro memorable.

 

[1] Jaime Eduardo Jaramillo Jiménez es sociólogo, investigador social, escritor e impenitente lector de literatura y poesía.