LO HUMANO, LO DIVINO, LO LITERARIO

Jan Dobraczyński nos recuerda bien que, al leer la vida de otro, estamos leyendo la propia. Quizá uno también va por el camino, como José en las últimas líneas.

 

Escribe /Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris

En su carta apostólica Patris Corde (Con corazón de padre), Francisco ha compartido sus meditaciones alrededor de la figura de José de Nazareth, el padre de Jesús. Después de reunir la información disponible sobre este hombre a través de los evangelios y presentar el valor histórico que la imagen del faber galileo tiene para la iglesia cristiana, el Papa presenta siete cualidades de dicha paternidad. La última de ellas, “Padre en la sombra”, inicia con una alusión literaria: la novela La sombra del Padre, del escritor polaco Jan Dobraczyński (1910-1994).

Este guiño, en un texto tan solemne como puede ser la convocatoria para un sesquicentenario religioso, me llevó a buscar dicha novela, publicada en 1977 y con 23 ediciones en español, a junio de 2019, en Ediciones Palabra.

Me acompañé de una pregunta para la lectura: ¿Dónde termina la hagiografía y comienza la novela? Desde niño estuve acostumbrado a las biografías de santos en las que se narraban los vuelos de José de Cupertino, la bilocación de Martín de Porres, los estigmas de Magdalena de Pazzi como hechos verídicos, dogmáticos, menos prestos a reconocerse elaborados con recursos estilísticos.

La respuesta la esperé entonces en términos del diálogo posible entre el autor y el pequeño archivo disponible sobre José. Dado que la recomendación de su lectura venía dada por el líder de la oficialidad, la novela no tiene lugar para la transgresión en tópicos controversiales como la virginidad de María, los hermanos de Jesús, ni para revisiones como las que han tenido lugar después de los hallazgos de Qumrán. ¿Se valdría de las leyendas que explican, por ejemplo, por qué se le representa con una azucena florecida?

Me interesé en descubrir cómo el autor –inédito para mí hasta ahora– resolvía situaciones no abordadas en Lucas y Mateo, como el enlace entre José y María. También, quería comprobar que tan idealizadas podrían aparecer en su obra, aquellos momentos de los que sí dan cuenta los evangelios, como la anunciación, la natividad o el destierro.

La lectura resultó satisfactoria. José no parece, a simple vista, un personaje sobre el que pueda sostenerse una novela. El relato bíblico no ofrece mayor retrato de su personalidad. Cuando duda, el cielo le ordena y él obedece. No obstante, Dobraczyński logra darle mayor relieve con la reiteración de una inquietud: el ejercicio de la paternidad como sombra, remedo de un padre “todopoderoso” que, sin embargo, es capaz de exponerlos al hambre y las dificultades del desierto.

El pasaje de la circuncisión recoge muy bien dicha situación: “José miraba a Simeón estupefacto. Cuando él no conseguía descubrir ninguna señal de nada extraordinario, había gente que encontraba en el Hijo de Miriam lo milagroso bajo la apariencia de lo cotidiano. Cómo les envidiaba. Este anciano miró y vio enseguida. Él miraba todos los días y no conseguía ver lo que buscaba”.

A partir de esa suerte de paternidad sin libreto, Francisco considera que “Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir”. En esa tensión por el cómo debe llevarse a cabo la misión de la responsabilidad por la familia, hay un llamado profundo a considerar la libertad.

Las inquietudes en el corazón de José están enmarcadas en un contexto social, militar, rico en detalles, que permiten entrar en el complejo mundo judío bajo la dominación romana. Las facciones políticas y religiosas no son enunciadas como parte del decorado, sino que problematizan el mundo del carpintero.

Cuando se lee en Lucas y Mateo que José es de la casa de David, parece un privilegio. No así en la novela del polaco, pues precisamente esa circunstancia del linaje en un sistema de castas tendría que funcionar a favor suyo y no en su contra. Y sería así de no ser por el fanatismo: la esperanza de un mesías tensiona las relaciones comunitarias.

Ese motivo del mesías, con el matiz de los Partos, es otro punto resuelto de manera satisfactoria. Los magos de oriente, con los que decoramos escenas navideñas, en esta obra se revisten de diálogo ecuménico: ellos esperan un Saoshyant de la estirpe del padre Zarathustra. Se preguntan curiosos si el eterno Ahura-Mazda los ha enviado a reconocer el mesías hebreo, jefe de Israel. Gaspar dirá: “En cada profecía que ha de pasar por boca de los hombres se encierran, junto a la voluntad divina, unas aspiraciones humanas. Y ocurre que se cumple una y otras”. Baltazar concluirá: “No busquemos al que deseamos, busquemos al que nos mandó buscar el Altísimo”. Entretejer estas sutilezas, demuestran la pericia del investigador y la fe del artista.

El águila de las legiones romanas, permitido por Herodes en el templo de Jerusalén para congraciarse con los intervencionistas, no parece gratuita. Es igual de dolorosa e infame como la esvástica nazi izándose en Varsovia. En el José que huye a Egipto para salvar al niño de los mercenarios, está el testimonio del propio autor, Jan Dobraczyński, quien, durante la segunda guerra mundial, actuó a favor de la niñez, colocando los hijos de judíos en orfanatos católicos. Lo que le valió al prolífico autor polaco el título de Justo entre las Naciones.

Entre la hagiografía y la novela, la voz del escritor resulta reveladora. De ahí que el profesor de literatura, que fuera el jesuita Bergoglio, se valga de una obra de ficción para contemplar el silencio de José. Es allí donde se encuentra el punto de partida de meditaciones como esta:

“Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia. Si no nos reconciliamos con nuestra historia, tampoco podremos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consiguientes decepciones. La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge. Solo a partir de esta acogida, de esta reconciliación, podemos también intuir una historia más grande, un significado más profundo”.

Jan Dobraczyński nos recuerda bien que, al leer la vida de otro, estamos leyendo la propia. Quizá uno también va por el camino, como José en las últimas líneas: el dolor cosquillea en el pecho, pero uno camina sonriendo.

@JaiberLadino