Camilo Alzate es él mismo en La escritura y el viento (Estímulos 2018, Ensayo), texto que va de sus búsquedas, tal como lo plantea en el exhorto: la unidad en “cierta simetría” como lo es el “reflejo del dolor” atisbado en el rostro del ciclista mientras pedalea montaña arriba.

 

Por / Elbert Coes

Resulta curioso que se llegue a Paul Auster casi por la misma vía que se llega a Camilo Alzate González: el azar. Pese a la distancia cultural y geográfica hay en ambos una sombra de mundanidad que se revela tanto en los actos como en sus obras literarias. Por ello no me sorprende que en su libro La escritura y el viento Camilo dedique un ensayo a los fantasmas del neoyorquino. Y la lectura del panorama se torna compleja cuando observas que este pareciera reflexionar sobre el otro como ante un espejo, consciente o no. Quizá Auster, una vez contactara con Alzate, hiciera también estas reflexiones acerca del pereirano. Quizás resulte innecesario, puesto que como espejo se pueden invertir los roles. Para ello el lector debería al menos conocer las aficiones de cada uno; y si no, al menos el estilo de vida; y si no, obligadamente sus escrituras.

La trilogía de Nueva York, obra maestra contemporánea, que requiere de al menos doble ojeada, ora por placer ora por crítica, cuenta tres relatos en apariencia distintos e independientes entre sí, que el autor nunca relaciona: Ciudad de cristal, Fantasmas y Habitación cerrada.

El primero presenta como tema principal el lenguaje, el segundo la identidad y el tercero se mueve entre el olvido y la absurdidad. Cuando el lector termina el libro queda con una inevitable sensación etérea de haber pasado por una obra invisible y de haberse vuelto un poco más leve. Un signo para hallar la posible intención del autor es que el héroe de Ciudad de Cristal, Quinn, escribe libros bajo el seudónimo de William Wilson, nombre con el que Edgar Allan Poe bautiza el relato donde se escruta a sí mismo. Volvemos al espejo, al doble, al doppelgängerEl Hombre duplicado (José Saramago), Enemy (Denis Villeneuve)—, cuya tesis gira alrededor de que todas las personas tienen un ser idéntico a ellas; de lo contrario es justo que se lo inventen, ya sea en un plano físico o mental (Jean Pierre Garnier Malet).

En efecto, la relación entre Auster y Alzate se halla a un nivel elemental: el azar, la identidad como objeto de la literatura y el movimiento para el reencuentro con el propio ser, que no es otra cosa que el encuentro con el doble, uno muy superior. Paul Auster es él mismo un sujeto de Ciudad de cristal, Camilo Alzate es él mismo en La escritura y el viento (Estímulos 2018, Ensayo), texto que va de sus búsquedas, tal como lo plantea en el exhorto: la unidad en “cierta simetría” como lo es el “reflejo del dolor” atisbado en el rostro del ciclista mientras pedalea montaña arriba.

Ese pedalear cuesta arriba simboliza tres aspectos: el ciclismo como pasión del autor, la constante del movimiento y las afrontas de lo cotidiano que es asumir el rol de Sísifo y cargar la propia roca. Este es Camilo Alzate en sus andanzas buscando una crónica, “un hombre de rara dualidad”, como lo definiría Diego Firmiano en su ensayo Camilo o la naturaleza del viento, y este también es Paul Auster en busca de su “identidad” a través del “azar”, revelado en Experimento con la verdad.

A través de sus obras estos autores critican la tradición literaria de su entorno: ya no importa sorprender al lector ni resolver un entresijo. Se revela la verdad, que no es otra que la casualidad causal —única verdad—, y se exhibe con estilo. Porque la belleza no está en el truco tanto como en la estructura. Sin embargo, los fantasmas permean sus inquietudes. Auster ha explorado infinidad de héroes que en ocasiones permanecen ausentes del primer plano a lo largo del relato: La noche del oráculo (señor Chang), El libro de las ilusiones (Héctor Mann) (Anagrama, 2007 y 2003, traducción Benito Gómez Ibáñez).

Alzate, trabajador incansable de la crónica, pone su foco en personajes que, si bien son reales, también permanecen invisibles ante la sociedad, ante una multinacional, ante el hombre ambicioso, ante ese Leviatán que lo aplasta sin compasión; son sujetos cuyas voces cuentan los hechos en propia persona, pero que siguen siendo fantasmas. Y este hechizo se rompe cuando el autor como cronista los pone a hablar para que sean escuchados.

Por justicia a mi premisa acudo a Ernesto Sábato, citado por Camilo en el ensayo sobre Paul Auster, el cual refiere la idea del autor como personaje de su ficción, un “sujeto enloquecido que conviviera con sus propios desdoblamientos”. Mientras que Paul Auster es Quinn, Azul o Míster Christmas (Tombuctú, Alfaguara, 1998), Camilo Alzate es la voz de un soldado fallecido víctima de la guerra interna en Colombia o la de un heroinómano que busca redención. Porque esas son las preocupaciones del autor; preocupaciones que si se examinan con detenimiento tienen que ver con la identidad, búsqueda que ha confesado Paul Auster. Pero esta no es solamente del individuo, sino además de esa colectividad a la que sin pedirlo pertenecen.

“Si la vida es una proyección de la literatura y viceversa —reza el texto—, el colosal Paul Auster anda por la calle tan loco y tan solo —tan conmovedor y tan solo— como sus personajes, o como cualquier autor honesto, que escribe porque sí”. Nótese que esta descripción que hace Camilo del otro es justamente su propia descripción, pues a nivel profundo está evaluándose a través de un autor que merece toda admiración. Y culmina refiriendo que los personajes de Auster lo definen, así como a él lo definen las voces de aquellos sobre quienes versan sus crónicas.