LOS GIRASOLES HUYEN DE LA LUZ

La novela girasoles en invierno es una historia de amor que habita en el recuerdo de Alejandra, o mejor, en la conciencia femenina de Albalucía Ángel.

 

Escribe / Diego Firmiano – Ilustra / Stella Maris

 

 Los girasoles en invierno es un estallido minucioso que se posa en la base del sistema literario propuesto por Albalucía Ángel y que es fundacional para la reciente literatura colombiana.”

Ivonne Alonso Mondragón

En 1999, Albalucía Ángel conversando con Isabel Vergara, a propósito de una entrevista para la revista de Estudios Colombianos en Bogotá, hace una confesión peculiar: «en mi primera novela Los girasoles en invierno, la estructura es totalmente desbarajustada. Eso no se ha notado todavía, porque no la ha leído casi nadie, y los que la leyeron no estaban todavía al tanto de la deconstrucción, porque la teoría no había aparecido en los manuales críticos. Esa novela la escribí en los años 1965-1966»

Una declaración desnuda, sincera, que descansaba sobre tres razones fundamentadas: primero, que ni ella ni su obra había sido atendida con juicio sino por cierto prejuicio o desdén, cuyo antecedente está ligado al patriarcado literario, asuntos familiares, y un tema de conciencia personal; segundo, que la licenciatura en Español y Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira aún no se inauguraba y por ende la asignatura Literatura colombiana, donde hoy se estudia a Albalucía Ángel como una autora imprescindible, no existía; y tercero, la crítica literaria no tenía lugar en Risaralda, por lo cual, la estructura de esta novela no pudo estudiarse adecuadamente para determinar su importancia dentro de la narrativa colombiana, aunque otros críticos literarios como Eduardo Caballero Calderón, Fabio Lozano y Juan Gustavo Cobo Borda ya habían comentado este título en específico emitiendo juicios de valor importantes.

Pero ocupémonos de una razón capital, la obra Los girasoles en invierno, el primer libro de Albalucía Ángel que la inicia como escritora, y con el que parece, logra un estilo propio a pesar de ser un texto experimental. Una novela concluida a mediados de 1966 que postula al premio Esso de literatura quedando entre los finalistas, aunque el galardón lo recibiera Héctor Rojas Erazo gracias a su título En noviembre llega el arzobispo. Evento que llevaría a la autora a reescribir esta obra en su versión final de 1967, hasta que en mayo de 1970 decidiera publicarla en la linotipia Bolívar de Bogotá (la misma que imprimía el periódico en Pereira) con un tiraje de 1000 ejemplares. Volumen que, una parte fue regalado, y el otro, el 80%, fue quemado, según la familia, por orden expresa de la autora.

Los girasoles en invierno es una novela sin orden cronológico, de estructura flexible, cuya única línea estructural es la memoria dialogante de Alejandra, la protagonista, o mejor, la conciencia femenina de Albalucía Ángel que observa y lee la realidad, para traducirla en la historia de una cantante colombiana en Europa que viaja a Megara, conoce al pintor mexicano José Luis, se enamora, y se desplaza con él hasta Arhákova buscando la felicidad. Sin embargo, el cronotopo central de la narración es un café en La Baleine Bleue de París, donde Alejandra lee un libro de Ray Bradbury, escribe pensamientos, y espera a José Luis que nunca llega porque se ha ido a Bélgica a exponer sus obras. Finalmente, la autora abona la cuenta, enfrenta la lluvia, toma el metro y detalla en la estación los invasivos anuncios comerciales.

Sobre esta obra, ya el crítico literario Raymond Williams había notado que, en la estructura de los cinco capítulos, los impares reflejan la vida interior de la autora, mientras que los capítulos pares son contados desde el punto de vista de la narradora omnisciente.  Un análisis que permite leer a Albalucía Ángel en esos tres cronotopos principales o escenarios donde se desarrolla la novela: París, Roma y Grecia. Los ambientes europeos que Alejandra recorre buscándose a sí misma en un amor idílico por José Luis, mientras esculca en su memoria los instantes de felicidad, y mientras añora que él entre al bar en esa noche lluviosa; sin embargo, en un giro imaginario, la protagonista pronto se entera que el objeto esperado de su delirio es irreal, no existe. «Era como si el tiempo de atrás se hubiera chocado con el tiempo de adelante en un choque inesperado y sin razón aparente, trastocando órdenes y dimensiones» Una fantasmagoría, que seguro Albalucía Ángel sustrajo del intertexto de Ray Bradbury titulado Una noche o una mañana cualquiera (1951).

Aunque con esto no se pretende afirmar que  Los girasoles en invierno sea una novela de ciencia ficción, tanto como una navegación al interior de las experiencias de la autora, y con razón, ya que en entrevista con Abdalá-Mesa, no hace 10 años, la Andariega dice a modo de confesión: «Mi obra literaria no ha sido otra cosa que mi propia vida» Una fisura visible en el título del libro que alude a los girasoles, esas plantas que crecen mirando hacia el este, y luego que producen hojas y se desarrollan giran su «cabeza» en dirección oeste, huyendo de la luz del sol, porque tienen pánico y por lo cual se inclinan una vez superado el ciclo vegetativo.

«Si me quedo en Pereira, hubiera terminado en el río con una piedra en el cuello como Virginia Woolf», diría también Albalucía Ángel como una catarsis. Desahogo que da cuenta de casi 25 años de silencio literario, o el autoexilio en Europa por un «propósito de conciencia», y razón por la cual Risaralda reclama con anhelo la hija pródiga ausente. De ahí entonces que la Andariega se sumerja en la literatura como un modo de vida, imbuida por la interpretación del arte que daba Marta Traba Taín en los círculos literarios del país, y la libertad creativa, casi abstracta, del mundo artístico que eligió.

Una Albalucía Ángel narradora y trashumante que se busca a sí misma y se enfoca en la «autonomía del lenguaje». Esa estructura lingüística y de estilo, que le permitirá innovar en materia literaria, además de ser una vía para alejarse del modelo de escritor asociado a la élite socio-económica de Colombia, tal como los protagonistas de Los girasoles en invierno, Alejandra y José Luis, se esfuerzan en construir una imagen propia mientras rechazan las impuestas. Dinámica o giro literario original que también prefirieron los escritores Andrés Caicedo, Luis Fayad, Rafael Humberto Moreno-Durán, entre otros compañeros generacionales de la Andariega.

Finalmente, Los girasoles en invierno, en palabras del crítico e intelectual británico Raymond Williams, es un «experimento literario que progresivamente va tomando madurez» a propósito de las siguientes producciones donde la autora depura su estilo hasta lograr la obra maestra: Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975), y su reciente libro Tierra de nadie (2002), que hace parte de una trilogía aún esperada por los estudiosos y el público en general.

Así las cosas, esta novela de juventud firmada por Albalucía Ángel alcanzaría tres ediciones: la primera, impresa en Bogotá en la Linotipia Bolívar en 1970, con una portada magistral de Luis Caballero; la segunda, en el año 2017, emitida por cuatro instituciones: la Universidad de los Andes, la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad EAFIT y la editorial Panamericana; y la tercera, la reimpresión de la Secretaría de Cultura de Pereira, en el año 2019, que en palabras de Rosa Ángel, sobrina de la autora, y a modo de colofón: «Albalucía Ángel nos mira desde el futuro. Allá ha llegado gracias a su empeño en la creación y su gran resistencia a las adversidades. La suya es una obra hecha, de verdad, contra viento y marea.»

@DFirmiano