Mauricio Peñaranda: la voz de los ausentes

Los lectores quieren conocer las vidas de quienes escriben los textos que los han atrapado.

 

Por / Jhonattan Arredondo Grisales

Inicié la lectura de sus libros hace un par de años. Estaba hurgando los anaqueles de la Librería Centro Cultural cuando vi a un señor bajito, robusto, con una gorra azul preguntando por un texto que al parecer necesitaba con urgencia:

—¿Tienen el libro de Virginia Woolf Horas en una biblioteca (2016)?

—Espere miramos si está en el catálogo.

Mientras la persona que lo atendió buscaba en la computadora, el señor empezó a mirar los libros que se encontraban en las estanterías más cercanas, detallando con pericia en los nombres de las portadas como en la calidad del libro.

—No lo tenemos en el momento.

—Lástima. Apenas supe de su publicación corrí a buscarlo. Es una escritora maravillosa.

Supe de inmediato que no estaba frente a cualquier lector. De acuerdo con sus palabras y con la manera de tomar los libros, se trataba de un auténtico bibliófilo: alguien que colecciona libros (especialmente libros raros y curiosos). Esta, creo, es una escueta definición. En realidad, un bibliófilo es alguien que no puede vivir sin literatura.

—Lo vamos a mandar a traer.

—Entonces regreso la próxima semana.

Luego, derrotado, continuó su incursión entre la sección de literatura universal y la sección de poesía colombiana. En ese momento yo observaba un ejemplar de Morada al sur (1963) de Aurelio Arturo, cuando escuché que alguien detrás de mí, en un tono amistoso, mencionó algo al respecto:

—Es el mejor poeta colombiano.

—Sí, dije.

Y, en seguida, agregué:

—El libro que busca seguro está en la Librería Nacional.

—¿Será?

El señor bajito, robusto y con gorra azul salió en dirección al lugar recomendado. En efecto, era un auténtico bibliófilo: alguien que además de no ser capaz de vivir sin literatura, tampoco consigue estar tranquilo hasta tener el libro que desea sobre sus manos.

 

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Mauricio Peñaranda. Fotografía / Cortesía

La semana siguiente supe que el señor que vi en aquella librería era el poeta Mauricio Peñaranda. Recientemente, según leí en un artículo, había sido uno de los ganadores de la Convocatoria Municipal de Estímulos de la ciudad de Pereira en el Área de Literatura. El texto que resultó ganador tenía por título Voces de poetas (2016). Para alguien atraído por este género, el nombre elegido, aunque bastante breve, funciona como excelente incentivo. Nada extraño. Los lectores quieren conocer las vidas de quienes escriben los textos que los han atrapado. Necesitan, para ser exacto, saber que la persona que se encuentra cifrado en el papel es real. Peñaranda conoce bien ese sentimiento. Sin embargo, después de conocer su obra poética, sabemos que su intención nace de un móvil mucho más profundo: visitar los misteriosos dominios de la muerte, para que, a través de su sensibilidad, aquellos urdidores de la palabra puedan comunicarse de nuevo con nosotros. Leer este libro es como asistir a una sesión de espiritismo.

Hay en este poemario un diálogo que exige una especie de desdoblamiento. El poeta, pues, sirve como médium entre los vivos que acuden a sus voces y los ausentes que desde “los hospitales de la semántica, desde el panteón de la etimología” nos confiesan una verdad que el tiempo no logró concederles hasta que atravesaran los incógnitos umbrales. En relación con lo anterior, dice Jorge Cadavid: “En estas prosas poéticas, estos epitafios iluminan el alma de escritores muertos y pueden ser leídas como una historia de la literatura, como una pequeña novela. En estos fantasmas resplandece lo desconocido del sujeto biográfico, lo incomprensible e inenarrable del sujeto textual, la conexión simbólica de este universo incompleto y truncado por la parca”. Es cierto: estas “prosas poéticas” son “una historia de la literatura”; pero, valga la aclaración, una historia secreta de la literatura: grisácea, obscura, incierta; que se revela, como dije, una vez sus pasos de polvo y ceniza dejan sus primeras huellas en la otra orilla.

También llama la atención cuando dice que “en estos fantasmas resplandece lo desconocido”. Esto, porque ese detalle, es uno de los aciertos que encontramos en esta lectura. Si bien no todos dicen algo insólito, los poemas aquí reunidos, sin aspavientos, nacen de una arista que aúna la compleja dimensión humana de los poetas elegidos. Encontrar ese elemento iluminador —sobre todo, conseguir que emocione a sus posibles confidentes— es una empresa bastante difícil. Y es ahí, por cierto, donde reside tanto la destreza como la sensibilidad del creador. En este sentido, los jurados del premio en el cual resultó ganadora esta obra, compuesto por dos miembros externos (Bibiana Bernal y Omar Alejandro González Villamarín) y un miembro local (Juan Guillermo Álvarez Ríos), dijeron lo siguiente en su veredicto: “La palabra poética que encontramos en este libro posee suficiencia. Solo una voz madura y experimentada se inclina por realizar un acercamiento a otra voz reconocida para sopesarla, valorarla y redimensionarla en un texto”.

Estas palabras se ven reflejadas en los nombres de las cincuenta semblanzas que aparecen en el índice. La lista, de entrada, nos sorprende: María Zambrano, Leopardi, Rubén Darío, George Trakl, Hemingway, Tomás Eloy Martínez y José Asunción Silva. Pero semejante corolario luego se defiende por sí solo y eso, en últimas, es lo realmente valioso, enriquecedor, celebratorio. Sabemos, en fin, que no es este un caso de presunción; sino, más bien, un claro y honesto homenaje a aquellos autores que hacen parte de sus afectos. Diego Firmiano lo expresa mejor: “Como se sabe, los sabios de la antigüedad, hasta cierto punto, sellaron un pacto de amar al amigo como a uno mismo. Mauricio Peñaranda es el leal compañero de esos bellos escritores muertos. De ahí la autoridad para hablar de cada uno de ellos. Porque los conoce, los ama, los odia, los contempla en la soledad de su creación, detalla sus manías, sus deseos y los retrata entre anécdotas telegráficas escritas en primera persona”. Y, a mi parecer, el crítico literario nos dice una cosa más que es importante señalar: “Aunque, es necesario decir, que no estamos frente a un biógrafo, sino ante alguien que multiplica los pequeños rasgos, los tics físicos, las expresiones auténticas, los testimonios, resucitando seres humanos de una masa de documentos, y de la ingratitud del olvido de los lectores”.

 

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Hölderlin

  

A muy temprana edad fui tocado por todo lo que sobre la vida

y la inexorable potestad de los dioses puede saberse:

el amor de una mujer inalcanzable.

 

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Carlos Mauricio Peñaranda Castillo nació el 8 de mayo de 1962 en Pamplona, Santander. La amplia gama de lecturas que podemos ver en los índices de sus libros tiene un origen que se remite a su infancia. Alejo Peñaranda Valenzuela, su padre, tenía una cafetería que se encontraba situada en frente de la plaza del “pueblo rodeado de montañas” donde vivían. Un día, bajo el mostrador de dicha cafetería, se ocultó a leer un libro que despertaría una infatigable pasión por la lectura: Las aventuras de Tom Sawyer (1876) del escritor estadounidense Mark Twain. Dice que en ese momento fue asaltado por una magia increíble: “Tras cada página que mis ojos descifraban intervenían todos los sentidos. La fascinación que sentí, pienso, no la había sentido antes. Mientras leía yo veía lo que los personajes veían”.

El joven poeta, así, descubría el oficio lector: imaginar lo imaginado. Seguidamente, vendrían otras lecturas, como las novelas de Julio Verne y de Fiódor Dostoyevski. Dos autores que, si los miramos en relación con su obra, podrían ser dos claves tempranas de sus inclinaciones literarias: por un lado, la aventura (el variado número de autores citados); y, por el otro, aunque sin ese espíritu trágico de la vida, la cercanía con el fenómeno de la muerte. Pero también menciona una novela decisiva en sus primeras inmersiones: El gran Meaulnes (1913), de Alain-Fournier, quien muere en combate a sus apenas veintisiete años, cerca de Verdún, después de participar en los enfrentamientos iniciales de la Primera Guerra Mundial.

Sospecho, en avenencia con un destacado interés por las versiones de escritores desaparecidos, que más que esta obra, considerada como uno de los grandes clásicos de la literatura francesa, lo que le interesa al poeta de la ciudad de las neblinas, precisamente, es la desaparición que durante un tiempo abrazó la figura del escritor francés. Esta inclinación por aclarar esas desapariciones queda manifiesta en el poema Ambrose Bierce. Leamos: “Aunque disfruto la confusión que se tejió sobre mi destino y mi nombre, aclararé algunas cosas que de todos modos no llegarán a saberse: no estuve como voluntario en la Revolución Mexicana, aunque sí pude establecer ciertos contactos para cumplir una labor periodística”. Esta póstuma aclaración, sólo por mencionar una de las diversas posibilidades que explora gracias a la invención literaria, es otro de los aciertos que los lectores encontrarán en sus breves, sencillas, pero profundas reseñas.

 

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             Sylvia Plath

 

           ¿El suicidio? Una factura que fui pagando a

plazos.

Morir fue de hecho la última cuota.

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La fascinación por darle voz a escritores muertos continuó en su segundo libro de poesía: El último exilio (2019). Como el anterior, Voces de poetas (2016), también resultó ganador de la Convocatoria Municipal de Estímulos de la ciudad de Pereira en el Área de Literatura. Título que, al parecer, vaticinó en su poema Witold Gombrowicz: “Siento la muerte como otro territorio en el exilio”. Por supuesto, este poema habla de los exilios del poeta polaco a causa de la guerra; pero, si realizamos una lectura más acuciosa, podemos descubrir una metáfora de ese lugar incognoscible que tanto se presta para la especulación. De manera que, esta segunda conquista sobre la muerte, bien se puede interpretar en ese sentido. Esta vez, los jurados externos (Omar Ortiz y Henry Alexander Gómez) y el jurado local (Diego Alexander Vélez Quiroz), entre otras cosas, destacaron “la actualidad de su propuesta estética, en la que el modo epistolar, el narrativo y el lírico contribuyen al equilibrio y potencia de la expresión poética que lo distancian del lirismo intimista que es tradicional en el género”.

Los jurados de este certamen, según la opinión de algunos participantes que por una u otra circunstancia no tuvieron éxito, nunca tienen la razón. Incluso, es común ver cómo suelen declarar la poca valía de sus trabajos a la malquerencia de quienes anualmente eligen las obras que hacen parte de la Colección de Escritores Pereiranos. No obstante, es cierto que, en algunos casos, es dudosa la honestidad y el distanciamiento con las obras que deben valorar. Hay juicios, no temo decirlo, donde es evidente la falta de buena fe. Pero en estas dos ocasiones, sin demeritar el conjunto de obras presentadas, la decisión fue oportuna. Los dos libros están finamente elaborados. Es fácil reconocer en ellos la madurez en el oficio, la pulcritud en el lenguaje y la unidad temática. Asimismo, preciso, un tono libre de estridencias que nos hacen sentir en las palabras utilizadas una música personal, íntima, acentuada en los susurros que desglosan las bibliotecas.

En fin: ustedes se preguntarán de dónde viene esa curiosa pulsión creativa. Fotografía Cortesía

En fin: ustedes se preguntarán de dónde viene esa curiosa pulsión creativa. Si nos dirigimos al prólogo de Voces de poetas (2016), Jorge Cadavid nos cuenta en las primeras líneas la génesis de su cercana correspondencia con el enigmático universo de las sombras: “No es fácil tener un amigo de infancia vidente. Mauricio Peñaranda lo supo muy pronto: sería un médium, un oráculo anegado de luz. En un «juego peligroso», dos adolescentes escépticos –Mauricio y yo–, apasionados por la poesía, asistimos, por puro ocio, a una sesión de brujería. La pitonisa avizora nuestro juego. A mí me expulsa de su consultorio por tomar en burla su trabajo, pero a mi amigo –antes de retirarse– le vaticina su futuro: «Tú no te burles de mi oficio –le dice–, pues en un futuro muy cercano terminarás haciendo lo mismo que yo hago»”.

Pues bien, la profecía de aquella pitonisa de la que se quisieron burlar, al cabo de los años, terminó por cumplirse. El poeta pamplonés, quien gracias a los azares de la vida terminó viviendo en la ciudad de Caracas, Venezuela, por curiosidad empezó a leerle las cartas a sus amigos. El experimento funcionó. Y, como por esa época la situación económica no andaba bien, decidió estudiarlas de manera autodidacta; pensando, naturalmente, en obtener algunos pesos a través de este trabajo. A su vez, dice, como una forma de escuchar a los otros: “Las personas necesitan ser leídas”. Así, entonces, fue como se convirtió en angelólogo.

Podemos afirmar que el tema principal en su obra es la muerte. Por ello, creo que habiendo llegado a este punto, es preciso resaltar que este contenido no es tratado con una mirada agónica. Diego Alexander Vélez Quiroz, poeta y novelista, en una reseña publicada en La Cola de Rata el 27 de marzo de 2017, repara en este aspecto: “No, en Voces de poetas la muerte es un lugar desde el cual la vida se puede ver sin pesares o, cuando menos, con la certeza de que es un camino concluido”. Esto, sin duda, vendría a ser otro de los aciertos que hallamos en ambas obras; porque aquí cada muerte es singular, variada en perspectivas y ostensible en sus sorprendentes dimensiones imaginadas. Incluso, a pesar de la oscuridad del fondo, estas prosas poéticas no están exentas de breves pinceladas de humor.

Por otro lado, quien pregunte por las influencias o por los libros con los que dialogan sus creaciones, habría que responder mencionando a los Epigramas funerarios griegos (1992), la Antología de Spoon River (1915) de Edgar Lee Masters y Tumbas de poetas y pensadores (2007) de Cees Nooteboom. La novedad la encontramos, como sugerí anteriormente, en la sensibilidad con la que capta pequeños destellos que no habían sido explorados en las biografías de los escritores que elige para brindarnos un bellísimo obituario. Lo único lamentable son las pobres ediciones que los encargados de estos premios imprimen en una litografía. Sin embargo, auguro dos cosas: mejores ediciones en un futuro y un tercer libro donde novelistas, poetas, filósofos y pintores aparecen para para darnos su definición del estado donde se hallan y para narrarnos cómo es el lugar donde ahora habitan. Eso es lo que hace Mauricio Peñaranda: viajar hasta el otro lado, abrir una minúscula rendija para mirar a la tierra y enviar desde allí los mensajes reveladores de un sinnúmero de almas que tienen por decir algo que no quedó registrado en sus propias obras.