Pese a su conservadurismo, no puede negarse que Blanca Isaza contribuye al panorama literario, porque por medio de su oficio como escritora y editora trazó una senda para que otras mujeres se abrieran paso desde sus márgenes.
Escribe / Hugo Oquendo-Torres[1]
“Podemos olvidar los rostros nuevos y los sucesos recientes,
pero guardamos en la memoria como en un armario,
episodios insignificantes, caras que ya se esfumaron con la muerte,
fechas sin trascendencia y palabras como grabadas con cincel
en el mármol perenne del recuerdo”.
―Blanca Isaza
El libro Al margen de las horas (V. Y CO, 1971) de la escritora Blanca Isaza, hace parte del sexto tomo de la obra completa que editó de manera póstuma el poeta Juan Bautista Jaramillo Meza. Al referirnos a la creación de Blanca Isaza, nacida en Abejorral en 1898 y fallecida en Manizales en 1967, debe indicarse que ella se ubica en la producción literaria del Gran Caldas, que en la primera mitad del siglo XX vivía una época de cambios, entre ellos: el tránsito de la aldea barroca a la urbe, del premodernismo colonial al modernismo burgués. Todo ello ubicado en el contexto de “un país que había cerrado e iniciado un siglo en plena guerra civil (La guerra de los mil días, 1899-1902), en la que se enfrentaron los conservadores contra los liberales, como consecuencia de las reformas propuestas a mediados del XIX, tales como: la separación de la iglesia y el estado, el sufragio de todas las personas, la libertad de prensa y de culto, así como la abolición de la esclavitud”[2]. De modo que, pese a la derrota liberal se consolidan algunos cambios, pero “el proyecto regenerador va a poner a Colombia en una perspectiva pro-católica y pro-hispanista, perdiendo su apertura hacia el desarrollo de las ciencias, siendo el único país en el continente que de algún modo se devuelve hacia la tradición conservadora”[3]. Además, y si bien la profesora Paloma Pérez Sastre, señala que para el caso de las letras de Antioquia en el siglo XIX, el leitmotiv que las caracterizó fue: “pueblo altivo” y “titán labrador”[4]; puede considerarse que tal noción es aplicable al caso de las letras del Gran Caldas. Pues, desde una perspectiva nacionalista y pro-colonial Blanca Isaza, como tantos otros escritores grecoquimbayas, cimentados en una estética costumbrista, se sitúan en el ala de los poetas cívicos que le cantaron a la religión y a la sagrada familia en pro de una idea de patria, la herencia recibida de ese titán que con su hacha colonizó las selvas y luego con la churria de hijos construyó su hogar al lado de los picos del Nevado del Ruiz.
Al margen de las horas es un gran cuadro de costumbres que dibuja la escritora con la intención de captar un pasado ideal que se difumina en las montañas del horizonte. La obra está compuesta por tres apartados narrativos, el primero, titulado Cuadro de costumbres, lo integran nueve relatos que versan sobre la literatura costumbrista como referente estético; de igual forma, habla acerca de los viajes de antaño y los paseos al campo, en los que se devela el manifiesto de la vida eglógica; asimismo, el abordaje de las visitas como la reflexión referente a los uniformes escolares y el relato de los comentadores de cine, trata de la vida en la urbe que poco a poco se transforma por la presencia escandalosa de los nuevos ritmos musicales llegados de tierras foráneas y por la incandescencia del cine; por su parte, los relatos dedicados a Dolores, Don José María y Margarita son un canto a esos héroes y heroínas que constituyen el panteón. En la obra de Blanca Isaza, al parecer, los personajes regionales del colonizador y el arriero son otras metáforas del titán labrador. El segundo, Conferencias, es una serie de doce charlas de una variedad temática en las que aborda la poesía desde la mística cristiana, plantea un elogio al clero nacional y a la Cruz Roja, dirige una charla a los presidiarios, toca algunas nociones relativas al modernismo, las problemáticas sociales, entre otros. En lo particular, tanto en las conferencias concernientes a la semblanza del hidalgo y a la memoria del artista, es imposible no pensarlas como una exaltación a los próceres civilizadores —descendientes del titán―, que prefiguran los cimientos de la aldea transformada en urbe.
Y el tercer apartado, Crónicas, son cinco relatos donde trasiega por los recuerdos de infancia, lugar vital al que recurre para ojear viejas imágenes, ya borrosas, de una historia que se esconde como niña tímida; de igual modo, Blanca Isaza apela al ejercicio de la contemplación al presentar una mirada al salto de Tequendama, antes de que el monstruo —otro hijo del titán―, lo devorara con sus aguas nauseabundas. La poeta declama: “La sensación de grandeza que nos da la visión alucinante de esta loca caída de marfil pulverizado sella los labios incapaces, y uno se pregunta absorto: ¿lo que se precipita desde la milenaria escala de basalto es agua, pero qué es lo que cae?”[5], se cuestiona. Después, en la tercera crónica, lleva la reflexión al cine, donde más allá de relatar el drama de, tal vez, los últimos días de vida de El gordo y El flaco, Blanca devela en trazos la vida cotidiana de una Manizales que se moderniza. Y como penúltimo, realiza un comentario de la bandera, motivo patrio, que hace parte de un gran conjunto simbólico dentro de su obra. Pues, el canto a la patria es uno de los tópicos literarios más recurrentes en Al margen de las horas. Para ella Manizales es su pequeña patria. Y por último, en la crónica Música del litoral, relata el encuentro que tuvo con Manuel y Delia Zapata Olivella durante su gira por Manizales. Aquí revela los cambios de una sociedad colombiana de mediados de siglo que comienza a reconocerse mestiza.
La obra de Blanca Isaza la distingue un tono evocativo que reflexiona acerca del pasado, asumiéndolo como un pretérito ideal; las metáforas respectivas al mármol, el cincel, la escultura, la belleza griega, lo señalan con el índice. El estilo es edulcorado, lo cual torna sosa la lectura, mas debe reconocerse que en ella el uso recurrente de la adjetivación tiene una expresa intencionalidad estética. Un ejemplo de ello aparece en la simbología del color y la relación con los jazmines, ya que a través de las imágenes que compone además de denotar un valor moral y estético, también devela una construcción ideológica correspondiente con la concepción de raza y virtud. “Sobre el dolor del mundo ha de alzarse como una bandera de jazmines la gloria de su túnica blanca”[6], expresa en una conferencia. Y si bien es cuestionable el conservadurismo que determina el carácter de su obra, así como los matices xenofóbicos que rayan con el racismo, debe reconocerse también la fractura de ese ícono pétreo. Quizá por ello, aunque en algunos apartados legitima el imaginario de la mujer virginal, hay momentos en los que cuestiona ciertos prejuicios femeninos. Que en su época una mujer no pueda votar le parece pertinaz. Debe reconocerse que en ella hay la expresión de una nueva imagen de mujer que en las tierras del titán comienza a cuestionar los ideales. Y aun cuando goza de cierta posición de privilegio en comparación a otras mujeres de su tiempo, su voz narrativa se ubica en los márgenes de una escritura dominada por hombres. No es en vano que etiquetas de “poetisas” o “muchachas escritoras” sean comunes para referirse a ellas, desconociéndolas como autoras. Por ello se considera que, pese a su conservadurismo, no puede negarse que Blanca Isaza contribuye al panorama literario, porque por medio de su oficio como escritora y editora trazó una senda para que otras mujeres se abrieran paso desde sus márgenes.
Citas
[1] Teólogo, poeta y docente de la Licenciatura de Español y Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira.
[2] Urrego Tobón, 2006.
[3] Urrego Tobón, 2006.
[4] Paloma Pérez Sastre (2007). Los años veinte y la literatura escrita por mujeres en Antioquia. Del “Titán labrador” a “las muchachas escritoras”. Universidad de Antioquia. Medellín. Revista Estudios de Literatura colombiana. N°. 21, julio-diciembre.
[5] Blanca Isaza (1971). Al margen de las horas. Manizales: C Y CO. p. 147.
[6] Isaza. p. 125.


