NOTICIAS DEL FIN DEL MUNDO

Todos a una, los gobernantes, los políticos, la prensa, la academia se proponían lo imposible: ocultar que en Chernóbil se había abierto una escotilla del infierno. Pero era y es imposible ocultar una mancha nuclear que se esparce por los confines de la tierra , dejando a su paso una estela de muerte y desolación.
Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris
“El abismo no tiene biógrafo”
                                                                 María Negroni
¿Cuál es mi mayor deseo en esta  vida? Se pregunta el joven soldado, tez pálida, bigote incipiente, veinte años apenas.
Y él mismo se responde: una muerte corriente, un infarto, un cáncer, un golpe, un balazo quizás.
Ese era su mayor anhelo, después de haber mirado de frente los muchos rostros del horror nuclear.
Un mes atrás fue obligado a alistarse en las filas de los  que iban a “imponer el orden” en Chernóbil, luego de la explosión del reactor nuclear el 26 de abril de 1986, a la una, veintitrés minutos y cincuenta y ocho segundos de la madrugada.
El momento preciso en que volvimos a tener noticias del fin del mundo.
“Poner orden” en una reacción atómica en cadena: he ahí la primera muestra del absurdo que rodea las acciones del poder en todas las épocas y en todos los lugares del mundo. Parece una broma pero era en serio. Ese fue el primer anuncio de los jerarcas del fin del imperio soviético, con Gorbachóv a la cabeza.
Aquí no  pasa nada, era el mensaje. Peor aún: durante mucho tiempo le hicieron creer a su pueblo y al mundo que hasta las peores manifestaciones  de la catástrofe, entre las que se contaban los abortos, los bebés con malformaciones,  la leucemia, los cuerpos despellejados, los animales muertos y los alimentos contaminados eran un asunto pasajero.
Todos a una, los gobernantes, los políticos, la prensa, la academia se proponían lo imposible: ocultar que en Chernóbil se había abierto una escotilla del infierno. Pero era y es imposible ocultar una mancha nuclear que se esparce por los confines de la tierra , dejando a su paso una estela de muerte y desolación.
La escritora bielorrusa 0, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2015, se consagró a seguir el rumbo de esa estela. Visitó campos devastados, se coló en clínicas donde agonizaban los sobrevivientes, habló con sus familiares, entrevistó a científicos y hasta consumió alimentos contaminados en la búsqueda de algo que se pareciera a la verdad.
O al  menos a una verdad en medio de tanta propaganda, de tanta mentira, tanto del lado soviético como de sus contradictores en el mundo.
El  resultado de ese viaje es el libro Voces de Chernóbil, Crónica del futuro, una obra coral que conjuga lo mejor de la literatura y del periodismo narrativo para entregarle al mundo el testimonio de quienes un día se acostaron confiados en el futuro y se despertaron en medio de una pesadilla de la que era imposible despertar, porque ya estaban despiertos.
El libro es una polifonía en la que se conjugan el miedo y el amor, el dolor y la esperanza, la indolencia de los burócratas y la solidaridad de la comunidad, las ambiciones personales y la compasión por el prójimo.
Como en toda situación extrema,  en Chernóbil afloró lo mejor y lo peor de la condición humana.
(…) “Modernismo… Postmodernismo. Por la  noche  me sacaron de la cama por una  urgencia. Llego al lugar. La madre está de rodillas junto a la camita: la criatura se está muriendo. Y oigo la súplica de la madre: “ Quería, hijito, que si esto ocurría, que fuera en verano. En verano hace calor, hay flores, la tierra está blanda. Ahora es invierno. Espera  aunque sea hasta la primavera.”(…)
La gente narra y se desahoga, o eso cree.  La escritora escucha  y cuenta  para  que los humanos no olvidemos que somos parte de un solo organismo gozoso y doliente a la vez.
O eso espera ella, al menos.
A lo largo de 406 páginas Svetlana Alexiévich nos conduce de la mano por los entresijos de una tragedia que, nos advierte, tiene una diferencia esencial con la de Hiroshima y Nagasaki. En éste último caso el objetivo era aniquilar a un pueblo y sentar  un precedente de dominio: anunciar el advenimiento de  un nuevo imperio. La ciencia y la técnica como instrumentos del mal.
En Chernóbil, como en tantos otros centros nucleares, se hablaba todo el tiempo de los buenos usos del átomo, de sus bondades para la producción de energía sana y útil.
Sin embargo, algo falló. La ineptitud, la arrogancia, la burocracia se conjugaron  para  desatar el desastre. La muestra gratuita de lo que nos depara  el futuro. Eso es lo que nos dice una de las voces de Chernóbil, la del maestro de formación profesional Nikolái Prójorovich Zharkov:
(…) “ Desde mi punto de vista, somos material para una investigación científica. Un laboratorio internacional. En el centro de Europa. De nosotros, los bielorrusos, de los diez millones de personas, más de dos millones viven en tierras contaminadas. Un laboratorio natural. Todo está listo para anotar los datos, para hacer experimentos. Nos vienen a ver de todas partes del mundo. Escriben  tesis doctorales. De Moscú, de Petersburgo. Del Japón, de Alemania, de Austria…Se están preparando para el futuro”(…)
Un país entero convertido en una  concentración de cobayas, de sujetos de prueba para tratar de conjurar lo que se avecina: un apocalipsis nuclear que  se advierte en los ojos de los sobrevivientes : cristales  ardientes  en los que se refleja el bullir de la reacción atómica en cadena.
En el fondo del drama avistamos la irrevocable fragilidad de la condición humana. Seres hasta ayer plenos de  ilusiones, de proyectos, de ambición, convertidos de repente en objetos radiactivos a los que todos quieren eludir.  “ Olvídese de  él.  Lo que  está ahí en la cama no es su marido: es un objeto altamente radiactivo”, le dice el médico a una esposa devastada. No hay que culparlo. De tanto tratar con el desastre desarrolló una especie de coraza protectora  que resulta  fácil confundir con el cinismo.
Historias como parábolas.
Cada voz es un monólogo que aspira a ser diálogo para dar cuenta de la entera dimensión de  la  tragedia, así en lo individual como en lo colectivo. Por eso, el testimonio del operador de cine Serguéi Gurin, ostenta el siguiente título: Monólogo acerca de cómo San Francisco de Asís predicaba a los pájaros.
(…) “ Caminos rurales. Polvo. Yo ya había comprendido que no era simple polvo, sino polvo radiactivo. Guardaba la cámara para que no se ensuciara; había que cuidar la óptica del aparato. Era un mayo seco, muy seco. Cuánta porquería tragaba, no sé. Al cabo de una semana se me  inflamaron los ganglios. En cambio, economizábamos película como si fueran municiones; porque el primer secretario del Comité Central, Sliunkov, debía presentarse en el lugar. Nadie te anunciaba de antemano en qué lugar iba a aparecer, pero nosotros mismos lo adivinamos. El día anterior, por ejemplo, cuando recorrimos una carretera, la columna de polvo se levantaba hasta el cielo, y al día siguiente ya la estaban asfaltando: ¡dos o tres capas!” (…)
Como en todas partes, en Chernóbil el  poder quería  ocultar el tamaño del desastre. Velar la prueba de sus  responsabilidades. Sepultarla bajo capas de asfalto… aunque con ellas quedaran también enterrados cientos de miles de pájaros muertos : los pájaros de san Francisco de Asís envenenados por la radiación.
Han pasado 35 años desde ese  26 de abril de  1986. La naturaleza herida sigue engendrando terneros de dos cabezas, niños sin ano ni riñones, zanahorias monstruosas, insectos descomunales. Pero el mundo aprendió a olvidar.  A lo mejor es puro instinto de conservación. Pero también puede ser una forma refinada de la indolencia, expresada en  la frivolidad de los paquetes turísticos  que ofrecen visitas guiadas a Chernóbil como a un parque temático del Apocalipsis.
Quién sabe. De cualquier  manera, vale la pena volver cada cierto tiempo a las páginas del libro de  Svetlana  Alexiévich. En ellas podemos redescubrir qué tan cerca estamos de esos viejos, de esos niños, de las viudas, de los huérfanos, de los vecinos que una mañana de abril se despertaron en las entrañas del infierno atómico.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada