CHARLAS DEL LUNES / NUEVOS POEMAS DE ALFRED DE MUSSET

El poeta está llamado a evocar, investirse de un momento tan mágico que es abstracción imposible. Las palabras no luchan sobre el papel, ya lo dijimos.

28 de enero de 1850

 

Por / Charles Augustin Sainte-Beuve*

Alfred de Musset comenzó antes de los veinte años, y desde entonces quiso separarse abiertamente de los poetas de renombre. Para evitar malinterpretaciones, desde el primer momento usó máscaras, vestidos de fantasía, una manera propia; se disfraza como español o italiano sin haber pisado España e Italia; de aquí los inconvenientes que vienen prolongándose. Estoy seguro de que debido a la fuerza original de un genio propio que aparece desde su debut, no tuvo el claro objetivo de singularizarse, y llegó, aun así, a distinguirse de los poetas manifiestamente, evitando el vecinazgo donde el carácter sentimental y melancólico, solemne y grave, es muy diferente del suyo. Los demás no tienen la picardía, y la inequívoca necesidad de arder.

Mis primeros versos son de un niño,

Los segundos, de un adolescente,

Mes premiers vers sont d’un enfant,

Les seconds, d’un adolescent,

 

Dice él juzgándose. Musset vuelve entonces a sus infancias, pero lo hace con un entusiasmo, con insolencia briosa (como dice Regnier), o audacia más que viril, con la gracia y la impudicia de un joven: se trata de un Querubín haciendo de don Juan en un baile de máscaras. A esta manera es fácil descubrirle la vena principal de las afectaciones y las trazas reminiscentes, coronada por dos poemas (si podemos llamar así aquello que no fue nulamente compuesto), dos divagaciones maravillosas, Namouna y Rolla, en las que, bajo el pretexto de una historia que debe contarse porque sin cesar es olvido, el poeta exhala sueños, fantasías, se libra a todo impulso del espíritu; las desnudeces y crueldades, el lirismo, la finura y las gracias adorables de algunos momentos, son poesía elevada sin necesidad de justificación; el libertinaje del rostro ideal de repente huele a ramo fresco de lilas, hay dejos chic (como dicen en el taller). Todo eso se mezcla y compone las cosas más equívocas y extraordinarias que ha producido la poesía francesa, mujer honesta que supo comprometer a M. de Malherbe, y que encontramos de nuevo con Musset. Podemos decir que el poeta está en Namouna, es sus defectos y cualidades, pero éstas son tan grandes, y de tal orden, que resarcen lo equivocado.

Lord Byron escribió a Murray, su editor: “Usted dice que hay una parte de Don Juan muy bella: te equivocas, porque si es verdad, sería el poema existente más hermoso. ¿Cuál es la poesía cuya mitad o fracción vale alguna cosa?”. Byron así tenía razón al hablar de sí mismo y los suyos; pero en retrospectiva, y más elevada, es la escuela de Virgilio, quien deseó ver su poema en fuego consumido porque desde ningún aspecto lo encontró suficientemente perfecto. También dice Byron: “Soy como el tigre (en poesía): si me falta el primer impulso, a regañadientes regreso a mi guarida”. En general, nuestros poetas franceses, aparte de Béranger, no han conseguido más que la poesía del primer impulso, y les falta el sufrimiento de los primeros momentos.

Es más fácil para mí ahora decir que los poemas de Rolla y de Namouna cuentan con mitades que no se corresponden. La más bella parte de Namouna es donde el poeta se declara poderoso, el segundo canto. Aquí M. de Musset desarrolla su teoría donjuanesca y opone las dos especies de libertinos que, a su criterio, componen la escena del mundo: los sin corazón, egoístas de cualquier ideal, vanidosos; el placer apenas es reconocido; no buscan sino engendrar al amor en el ser engañado: Lovelace. El otro tipo de hombre sin destino: amable y afectuoso, incluso cándido, que atraviesa todas las inconstancias para lograr el ideal propuesto, creyente del amar, inseguro sobre sus seducciones, y que solo es vaivén amoroso. Es ahí, siguiendo a M. de Musset, el Don Juan verdadero, el poético,

 

Como ningún otro ha sido, soñado por Mozart,

Al son de la música

Visto por Hoffman bajo el resplandor divino de su noche fantástica,

Admirable retrato sin termino

Y que para nuestros tiempos Shakespeare habría descubierto.

Que personne n’a fait, que Mozart a revé

Qu’Hoffmann a vu passer, au son de la musique,

Sous un écalir divin de sa nuit fantastique

Admirable portrait qu’il n’a point achevé

Et que de notre temps Shakespeare aurait trouvé.

 

 

Y Musset ensayará pintándolo con los colores más frescos y encantados, con los que me recuerdan (¡Dios me perdone!) aquella pareja feliz del paraíso de Milton. Nos enseña un bello veinteañero, asido al borde de una pradera, junto a su soñolienta madrina, y protegiéndole, como un ángel, el sueño:

Míralo, joven y bello bajo el cielo de Francia…

Su naturaleza lleva un corazón pleno de esperanza,

Amante, amado de todos, abierto como una flor;

Tan cándido y fresco que el Ángel de la inocencia

Besaría en su frente la belleza de su corazón.

Míralo, obsérvalo, adivina su vida.

¿Qué suerte predeciremos a este niño del cielo?

El amor acercándose jura eternidad.

Sometido a la fuerza del azar…

Le voilá, jeune et beau, sous le ciel de la France…

Portant sur la nature un coeur plein d’espérance,

Aimant, aimé de tous, ouvert comme une fleur;

Si candide et si frais que l’Ange d’innocence

Baiserait sur son front la beauté de son coeur.

Le voilá, regardez, devinez-lui sa vie.

Quel sort peut-on prédire a cet enfant du ciel?

L’amour, en l’approchant , jure d’etre éternel!

Le hasard pensé a lui…

 

Y todo lo que sigue. Desde el punto de vista poético, nada más exquisito, mejor hallado y puesto en elevación. Hace bien entonces el poeta al componer un Don Juan único, contradictorio y vivo, casi inocente de sus crímenes; el cándido corruptor no existe. El poeta está llamado a evocar, investirse de un momento tan mágico que es abstracción imposible. Las palabras no luchan sobre el papel, ya lo dijimos. Tales virtudes y tales vicios ambos combinados y contrastados en un mismo ser son buenos elementos para la escritura y el canto, pero no es natural, ni humano. Y ahora, ¿por qué debemos estar en esta alternativa absoluta de escoger entre las dos especies de libertinos? ¿Acaso la poesía existiría menos, o el poeta, sin ninguno de ellos? En el santo grupo de los Champs Élysées de Virgilio, donde moran los inmortales seres, hay un lugar de privilegio para los poetas piadosos, o sea, los plenamente humanos, quienes reconocieron con emoción y amabilidad los largos acentos de la naturaleza:

Quique pii vates et Phoebo digna locuti.

[Los poetas de excelsa inspiración, digna de Apolo]

 

[Fragmento]

 

* “Poésies nouvelles de M. Alfred de Musset”, Causeries de lundi, París, Garnier frères, 1857 (3e éd.), tome premier. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_Sobreeldolmen_).