Carlos Alberto Ricchetti, el cantor, el periodista, el actor y realizador cinematográfico, hace poemas, también. Y poemas que triunfan de su pródiga longitud, cazando imágenes y precisando sentidos, para cumplir al exigente lector postmoderno de poemas.

Por / Juan Guillermo Álvarez Ríos
El debut poético de este cantor de tangos me recuerda a Leonardo Favio y a Baudelaire. Su Mujer de cal (poemas, con diez pinturas del autor, Editorial Surcos, Pereira, 74 páginas, 2019), arde por igual en los labios y en la sangre. Su mujer, transubstanciada al poema, arde con el ardor de la sangre de Irene Nemirovski y con la escritura ardiente de Kafka: el poeta se desgarra entre la genuina felicidad siempre buscada y a veces hallada en brazos de una mujer y el desengaño inevitable que aguarda a los hijos de Adán y de Heráclito:
“Cuanto más
los ojos llenos de lagrimas,
el descomunal silencio
sin un pésame,
con la aberración
de haberte creído mía[…]
Aguardo la hoguera abismal
la cual tristemente,
acaso en busca de tu amor
me dejará varado en el olvido.”
Cuanto más, p. 20
Su potente voz porteña me recuerda —ahora mismo, mientras recobro su estatura risueña y su envergadura pavarotiana que llenan el marco de la puerta de mi consultorio— a varias voces grandes de sus míticos paisanos, y su felicidad orgánica cubre el ámbito con su estentóreo saludo. Carlos Alberto, el cantor, el periodista, el actor y realizador cinematográfico, hace poemas, también. Y poemas que triunfan de su pródiga longitud, cazando imágenes y precisando sentidos, para cumplir al exigente lector postmoderno de poemas. No sólo hace poemas: es un poeta, un hombre harto sensible que rastrea los más diversos materiales en busca de su expresión, y es un amigo de la caudalosa amistad, esa institución porteña que ha elevado la conversación a obra de arte. Por eso su verso conversa, susurra al oído de la amada:
“Necesito colmarme…
Hablarte de algo así
como lo escrito en el alma”
Ardid, p. 52
Media hora después de tantear su lectura, el libro me regala de golpe toda su belleza, y entiendo por qué solo estamos prestos, con Gustavo Colorado, a escribir de lo que nos gusta. La efusión que en un comienzo prejuzgué liviana ahora la sé densa, repasada palabra a palabra hasta cerrar el poema con indudable acierto lírico:
“Quién es esa mujer,
que eclipsa las estrellas
con su perfume fugaz?
una mariposa
en los montes de Tel Aviv?”
Una mariposa en los montes de Tel Aviv, p. 21
Favio, el gran cantautor que vivió entre nosotros y cuya sombra y eco perduran en nuestra casa, está en Ricchetti, y he escrito arriba que Baudelaire también: ese esplín no resignado, esa honradez que escupe las medias tintas. Y un acertado ardor de cal que es la escritura del que se resiste a la unidimensionalidad del hombre urbano postindustrial:
“Me tomarás de la mano
aunque sea en sueños.
Acariciarás mi frente imprecisa,
con impulsos de añorar
tus sencillas palabras,
tu profundo secreto de mujer.
Te dormirás,
con las suaves mejillas
sobre mi pecho desnudo,
junto a la más utópica ilusión,
abrigándote cual sol
en medio del invierno.
Me alumbrarás,
soplándome tu mágico aliento,
atrapado entre sutiles asperezas
de coral bronceado.”
Aunque sea en sueños, p. 42
Mucho del autor de Les fleures du mal, de sus herejías y utopías, rezuma de esos versos cortos, de estas rachas breves de ansioso respirar, y también de ese culto a su Venus negra, a su Jeanne Duval criolla que Ricchetti sabe teñir con la cuita de la canción de Buenos Aires:
“Llevo a cuestas las huellas
de mi hermosa señora;
el paso del tiempo
no cesa de encender la flama
del sendero de agonía.”
Aunque sea en sueños, p. 42
Porque amar a una mujer es un destino, una vocación inexorable, que conlleva su cuota de dolor:
“Una Mujer de Cal quema.
Al hacer el amor te abrasa.
Si la amas, te marca”, se lee en el dintel del poemario.
Y más: amarla en estos tiempos menesterosos, que alternan duros soles con crudas lunas:
“Mi estación soleada,
migaja de las noches
que te describí
como se cuenta un sueño.
Mujer fulgurante
magnánimamente bella,
sórdido testigo
del duro desamparo.”
Mujer que nos cautiva —con apenas alguna tregua— para hacernos amarla otra vez, porque la prueba del amor es su eterno retorno, que recoge su Más bella estación (p. 18):
“Abrazo los maderos del lecho,
porque es inútil huir
a soñar sobre tu cuerpo,
a percibir el fuego
del aliento consagrado,
brotando desde el corazón
de las sábanas
bajo el esperado cielo,
cuya forma
me alcanzó para adorarte
de nuevo.”