Este libro cierra un trabajo de décadas de una inmensa red de afectos que logró fijar en la memoria cultural de Colombia y el mundo el mito de Fernando Molano Vargas.
Escribe / Felipe Sánchez Villarreal – Ilustra / Stella Maris
“Porque es un muchacho muy bello / y entonces cuesta creer // Él riega talco sobre sus pies / y quedan huellas en el piso // Y sus huellas se desdibujan / si uno las roza con los dedos // Pero el talco no sabe a nada / cuando uno se lleva los dedos a la lengua // De verdad / es como un acto de fe”
“En las duchas”, Fernando Molano Vargas
“Tanto decir que sería / de todos modos / una dicha el recordarte / para descubrir / puesta la mejilla en la almohada / cada noche / que es tan poca la memoria / tan frágil / tan inútil / incapaz la pobre de esbozar siquiera / los contornos de tu vacío”
“[Tanto decir que sería]”, Fernando Molano Vargas
En busca de Fernando Molano Vargas’: de las huellas de talco, un cuerpo
En la obra del escritor bogotano Fernando Molano Vargas (su primera novela y la única que vio publicada en vida, Un beso de Dick; su libro de poemas, Todas mis cosas en tus bolsillos; y su novela póstuma, Vista desde una acera) “la vida / y el amor / y el deseo” que mueven la escritura aparecen siempre en el marco de una gran ausencia o la promesa de una falta inminente. En Un beso de Dick es la de Hugo, el amigo muerto al que Felipe, el narrador enamorado, evoca desde la primera página; en Todas mis cosas en tus bolsillos es la de Diego, a quien está dedicado el libro, que aparece plegado en una serie de cuerpos deseados que ya no están; y en Vista desde una acera es la de Adrián, la pareja del narrador, ese cuerpo amado y enfermo al que el VIH y la muerte tienen, como dice Fernando en un verso, “manos arriba contra la pared”. Esa gran ausencia que lo puebla todo es la del sujeto amado —Hugo/Diego/Adrián—, al que las palabras, como señala el crítico Mario Henao, buscan restituir. La escritura insiste, precaria y provisionalmente, en combatir la fragilidad e inutilidad de la memoria para, al menos, “esbozar los contornos de su vacío”.
Como señala Fernando en el poema En las duchas, de ese cuerpo ausente muchas veces solo quedan huellas de talco en el piso: marcas frágiles sobre el mundo en las que el enamorado intenta tocar y saborear —hacer presente— a ese otro que ya no está. Pero esas huellas de talco se van deshaciendo si uno las “roza con los dedos” y, como dice la voz del poema, muchas veces no saben a nada. Y entonces, la tarea del escritor o del poeta, “como un acto de fe”, es la de restituir provisionalmente esa presencia, imaginar que esa huella de talco perteneció a un cuerpo con todas sus potencias; que estuvo vivo, enamorado y deseante; que, a través de esas huellas sueltas —tenues y perecederas— se puede imaginar y conjurar a aquel que las dejó, reconstruir sus pasos y, con ellos, la trayectoria de su vida en este mundo.
En Vista desde una acera, Adrián aventura esta definición de la poesía: “Es la huella de un alma puesta sobre las cosas”.
Y ese es justamente el gesto que mueve Todas las cosas y ninguna. En busca de Fernando Molano Vargas, el más reciente libro del escritor y crítico Pedro Adrián Zuluaga: el de un rastreo de esas huellas de talco que Fernando Molano —ese otro “muchacho muy bello”— dejó sobre el mundo. Su escritura se propone seguirlas para delinear una serie de trayectorias que permitan, como decía la poeta María Mercedes Carranza, “andar y desandar todos los pasos que al final fueron su vida”.
Esas huellas están dispersas sobre una multiplicidad de superficies que Pedro rasca: los recuerdos de sus amigos y familiares; las esquinas de esa Bogotá en la que creció, amó, escribió y murió; los libros que leyó (desde El cazador oculto de Salinger hasta el Oliver Twist de Dickens); las redes de amigos, familiares, editores y maestros que hicieron posible que él escribiera y que su obra circulara —eso que Pedro llama su “constelación afectiva”—; los dramaturgos, actores y espectadores que le insuflaron una nueva vida a sus textos desde el teatro; y nosotros, los lectores, que hemos abrazado sus libros y su memoria, que hemos guardado sus cosas en nuestros bolsillos desde que su literatura circulaba subterráneamente en fotocopias y PDFs hasta hoy que pasó, en palabras de Pedro, “de la semiclandestinidad al canon” con proyectos como el que emprendió Editorial Planeta desde su sello Seix Barral, que a partir de 2019 se dio a la tarea de reunir, reeditar y hacer circular su obra completa para llevarla a un público cada vez más masivo.
Escribe Pedro: “Muchas cosas en la vida de un hombre son inciertas o azarosas; y ni qué decir sobre la memoria de esas muchas cosas. Pero lo que sí es cierto, o en lo que creo con firmeza, es que lo que un hombre sintió puede ser entendido por otro, que cada uno es todos los hombres. Y que yo, entonces, soy o me volví Fernando para escribir esta elegía”. Y es que, más que una biografía o un perfil periodístico, Todas las cosas y ninguna es un ejercicio de imaginación moral guiado por una geografía. Porque en esas huellas, en ese mapa afectivo de Fernando, Pedro reconoce también sus propios contornos. Y es que hay una serie de hilos inesperados que los atan a ambos. No solo porque los dos fueron hombres gays que crecieron, amaron y lloraron a otros en el estallido de la pandemia del VIH en Colombia o porque los dos son escritores, sino por una serie de hilos inesperados que los atan en esa gran madeja: por ejemplo, el barrio en el que Fernando nació y se crio, su “casa grande” en el barrio San José en la calle 27 sur, ahora es un lugar lleno de hospitales y otros servicios de salud, a los que justamente Pedro asistió durante un tiempo a un programa para VIH positivos. También está el campo cultural que los vinculó en una o más de sus puntas: Paul Bardwell, director del Colombo Americano de Medellín, en el que Pedro trabajó un buen tiempo como jefe de programación de cine, fue quien le presentó Un beso de Dick a John Miller, el primer (y hasta ahora único) traductor de Molano al inglés.
Siguiendo una idea del escritor y crítico argentino Ricardo Piglia, la del archivo como un modelo de relato, Pedro piensa este ejercicio —geográfico, biográfico, moral— como el de un detective al revés: todas las pistas y datos están, pero no se sabe bien cuál es el enigma que hay que resolver, cuál es el centro. Y aquí está la otra tarea del escritor y el biógrafo: ese sentido —ese misterio— hay que inventarlo. Producirlo. Si muchas veces esas huellas no saben a nada, o, como también dice Fernando, esos “árboles cuentan secretos que no lo incluyen, la tarea del escritor y el biógrafo es la de reencantarlos: darles una nueva vida y un nuevo brillo.
Y eso es justamente lo que logra Todas las cosas y ninguna. En el libro y en algunas entrevistas, Pedro confiesa que muchos de esos lugares no fueron lo que esperaba, que están callados (como su casa en la calle 45 o el Parque Nacional, donde está el árbol que Fernando sembró y donde hizo su ritual de despedida de las cenizas de su novio Diego, y donde luego reposó él mismo, cuya ubicación exacta desconocemos). Muchas veces en sus recorridos o en los recuerdos que le comparten los amigos de Fernando, Pedro solo ve signos mudos. Pero su libro busca hacerlos hablar. Porque más que una biografía o un perfil periodístico, con su imaginación moral lo que Pedro está articulando es una mitología: este libro cierra un trabajo de décadas de una inmensa red de afectos que logró fijar en la memoria cultural de Colombia y el mundo el mito de Fernando Molano Vargas.
Sabemos eso por un gesto aparentemente fortuito pero hondamente elocuente: el capítulo que abre el libro no es un texto suyo ni de Fernando; es el texto original del mito de Filemón y Baucis (los ancianos hospitalarios a quienes Zeus les concedió el deseo de no ver morir al otro, transformando sus cuerpos enlazados en un árbol que adornaría su templo) que el poeta romano Ovidio recoge en sus Metamorfosis. Ese gesto condensa lo que el libro busca, el centro que inventa a partir de las huellas de talco, y es algo que Pedro ha reconocido en varias entrevistas: el de insertar a Fernando Molano Vargas —escritor de historias de amor, hombre gay muerto por sida— en una genealogía mítica más amplia que la del nicho que lo abrazó en un principio. En esa sencilla correspondencia, la de entroncar a Fernando y a Diego con Filemón y Baucis, el libro hace su declaración de intenciones: la de sedimentar su mito, que durante años fue alimentado por el culto de una comunidad históricamente vulnerada, la comunidad gay colombiana, que, excluida, frágil y despojada de grandes símbolos, fue la primera que se encontró a sí misma en su literatura.
Al habilitar ese espacio discursivo, el de la mitología clásica —su atemporalidad, su universalidad—, en Todas las cosas y ninguna Pedro logra sembrar y hacer crecer, como el árbol en el que él y su amado reposan, el alma que Fernando dejó sobre la cosas. Con ese sencillo gesto, el texto lo inmortaliza. Nos dice a nosotros, sus lectores, los viejos y los nuevos, que la vida corriente de un joven gay bogotano de familia trabajadora, que estudió en la Pedagógica y en la Nacional, que escribió historias de amor entre muchachos y murió de sida, merece ser contada como la de todos los grandes escritores del canon occidental y como la de todas las famosas parejas de amantes que pueblan la historia de la literatura.
Que la vida de Fernando Molano Vargas debe, tras décadas de un “culto que había permanecido en las catacumbas”, pasar de una vez por todas a formar parte de la memoria del mundo.


