Ya no estoy aquí, música frente a la violencia y al olvido

Los Colombia eran el exotismo. En Monterrey aparecieron las emisoras Radio 13 y XEH, las propias para escuchar cumbias y vallenatos…

 

Por / Gustavo Vargas

– El Monterrey de nuestra nostalgia –dice el escritor Daniel Salinas Basave en una entrada de su blog Eterno retorno– es una ciudad que ya no existe. Todo se transformó, incluida la marginalidad “kolombiana”.

Como si observara una fotografía, Daniel busca en las calles de su ciudad de los ochenta y noventa, de su ciudad regia del norte de México, la presencia de los Colombia. Los recuerda en los buses, en las esquinas, y son jóvenes etiquetados como tribu urbana que descubrieron el vallenato y la cumbia cuando un vinilo de Los Corraleros o Andrés Landero giraba en un tocadiscos. Ellos se acercaron a la música caribeña, encontraron un ritmo propio al escucharla con una velocidad de reproducción menor, crearon un género para ambientar su cotidianidad en la urbe: la cumbia rebajada.

– A los Colombia los recuerdo desde mediados de los años ochenta durante mis incursiones ciclistas al río Santa Catarina. En aquella época ya era clásico el copete decolorado, la matita larga de atrás y corta por delante, pantalones rabones apretadísimos (no flojos ni tumbados) tenis Converse preferentemente rojos, enorme grabadora al hombro y –sin duda la diferencia más significativa– camisetas metaleras.

Daniel acude a su Monterrey de nostalgia para reconocer en su experiencia un largometraje de 2019, Ya no estoy aquí, del director Fernando Frías. En esta historia la música es la clave para soportar la vida. El mundo se va al carajo, pero Ulises, un joven Colombia de diecisiete años, se pone sus audífonos, prende su reproductor mp3 y baila cumbias rebajadas en una azotea de Nueva York. Mientras escucha La pava congona o Cumbia campesina recuerda a su combo, su banda, su pandilla, lo obstinado e irreductible, a Los Terkos. Anhela estar con ellos en un sonidero, o recorriendo las calles de su colonia, la Independencia de Monterrey. Aunque la violencia es un golpe seco, todo lo cambia sin previo aviso. Y a mediados de la primera década de este siglo, esa violencia desatada en México fue nombrada La guerra contra el narco. Era el gobierno de Felipe Calderón, el desborde, todavía latente, de los carteles de la droga.

Los Colombia también son conocidos como kolombias o cholombianos. Su baile circular está presente en el video de la canción Chúntaro Style, un referente musical del 2000 de la banda El gran silencio. Fue el momento de la mediatización del movimiento, del acordeón de Celso Piña en Cumbia sobre el río y Cumbia poder, dos temas del álbum Barrio Bravo para hacer vibrar las bocinas en cualquier cumbión. Entonces los jóvenes de las colonias populares regiomontanas dejaron de ser la periferia, lo marginado, el lado escondido de una ciudad industrial. Los Colombia se tomaron los espacios con sus ruedas y sonideros, caminaban orgullosos de sus códigos barriales, sus crestas y patillas largas y engominadas, sus pintas de pañoletas a lo chicano, camisas a cuadros o floreadas que les llegaban a las rodillas y pantalones que parecían colgarles. Eran perseguidos por antropólogos, periodistas y fotógrafos. Quedaron registrados en investigaciones, crónicas y libros como Cholombianos, de la fotógrafa inglesa Amanda Watkins.

Los Colombia eran el exotismo. En Monterrey aparecieron las emisoras Radio 13 y XEH, las propias para escuchar cumbias y vallenatos; surgió un Frente Vallenato de Liberación Cultural, y en puestos ambulantes vendían CD de mp3 y vinilos con clásicos de Los hermanos Zuleta y Alfredo Gutiérrez.

Esa cultura alrededor de una música que llegó en los sesenta a una ciudad cercana a la frontera con Estados Unidos, es el punto desde el cual Los Terkos observan el mundo. Pero Ulises es obligado a migrar, cruzar al “Otro lado”, al “gabacho”. En un espacio desconocido, lucha por no olvidar, todavía suenan sus rebajadas. ¿Qué hay más allá de las canciones cargadas en su reproductor?, ¿cómo amanecer cada día si no hay un ritmo de tambores y acordeón? Su peinado y ropa es un vínculo con los suyos. Solo se vive para bailar y cantar con Los Terkos en la colonia Independencia, en Monterrey.

Un primer acercamiento a la visión del largometraje de Fernando Frías es su relato homónimo. El texto ganó en 2013 el primer lugar del Premio Bengala/UANL, un concurso cuyo interés es buscar historias para cine o televisión que todavía son una posibilidad, ya sea en cuento, crónica o argumento cinematográfico. Este premio trata de establecer vínculos de trabajo entre los autores con productoras y directores en espera de nuevos proyectos.

Entre el relato y el largometraje hay una distancia evidente. La historia hecha cine tiene mayor complejidad, es menos ingenua y gana empatía con la audiencia. Sin embargo, la carga musical se mantiene. Donde Ulises y Los Terkos estén, hay cumbias. Además, los silencios resaltan la fuerza de los ritmos rebajados y el lenguaje Colombia. Ya no estoy aquí carece de diálogos extensos y continuos, a diferencia de Chicuarotes, de Gael García Bernal, de 2019, o De la calle, de Gerardo Tort, de 2001 (con escenas y planos cercanos a La vendedora de rosas). Y aunque la obra de Frías también expone esa otra ciudad donde niños y jóvenes enfrentan una realidad contingente y lacerante, con un no futuro marcado al doblar la esquina, su mirada no solo nos dice “aquí pasa algo”. Ya no estoy aquí va más allá de identificar la otredad y evidenciar la violencia para promover una reacción en la audiencia. Ya no estoy aquí nos hace reconocer que somos el otro ante la violencia. Somos Los Terkos, somos la Colombia regia.