ZWEIG O EL DIFÍCIL OFICIO DE VIVIR

Con frecuencia es bastante tarde cuando la gente advierte que el mundo empieza a moverse bajo sus pies. Para dar cuenta de ese momento, Stefan Zweig escribió su obra El mundo de ayer, Memorias de un europeo.

 

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

Hacer todo el bien que sea posible, amar la libertad

por encima de todo, y aun cuando fuera por trono,

no traicionar nunca a la verdad.

Beethoven (Hoja de álbum, 1792)

Citado por Romain Rolland.

Para una época despojada de valores y principios como la nuestra, resulta difícil comprender la dimensión precisa de un escritor como Stefan Zweig.

Su honestidad artística y vital, su confianza en las fuerzas del espíritu, la coherencia entre vida y obra se antojan extraños en un mundo de artistas hinchados por el mercadeo y la publicidad y, por lo tanto, prendados de sí mismos. Es tanto su nivel de postración que, de vez en cuando y para tranquilizar la conciencia, firman manifiestos colectivos en señal de protesta por alguna causa y con eso ya se sienten redimidos de toda responsabilidad.

Luego vuelven a lo suyo: la lucha incesante por obtener la bendición de los grandes centros de poder cultural: revistas especializadas, críticos, academias, premios, cenáculos. Esa tarea absorbe todas sus fuerzas y les impide atender las grandes convulsiones de su tiempo, las que forjan el destino de todo gran artista.

Igual que Robert Musil, Joseph Roth, Heimito von Doderer, Thomas Mann y Franz Kafka, Zweig presintió desde muy temprano el tañido de las campanas que anunciaban los infiernos por venir: los de la glorificación y el reinado del fanatismo y los totalitarismos, expresados en dos guerras mundiales, la de 1914 y la de 1939 . Había nacido en Austria en 1881 y crecido en la etapa final del Imperio Austro-húngaro, el de las últimas dinastías de los Habsburgo y eso por si sólo bastaba para marcar el espíritu de una generación.

La estructura social y política de las monarquías sedujo siempre por su ilusión de eternidad y, por lo tanto, de estabilidad y seguridad. Salvo alguna intempestiva guillotina, los reyes suelen durar muchos años. Los criterios de sucesión están definidos con el carácter inexorable de un designio divino. Además, del trono hacia abajo, todos tienen asignado su lugar: consejeros, ministros, áulicos, ayudantes de cámara, clérigos, artistas y amantes.

Quienes ocupan la parte más baja, sienten que están guiados por una figura paternal y sabia, bajo cuya sombra nada deben temer.

Así que nunca hay mucho de que preocuparse. Salvo una hambruna, una guerra o un cruento cisma, el futuro siempre se antoja previsible.

Pero es sólo una ilusión. Allá afuera, lejos del reino, la sociedad sigue su curso. Las aguas subterráneas se agitan y enturbian. Sólo los hombres más lúcidos intuyen que algo anda mal. Un día, alguien advierte que el rey anda desnudo y entonces afloran las primeras grietas.

Quien puede mirar a través de esas fisuras no tarda en presentir el advenimiento de una revolución, algo que representa una amenaza mortal para el reino, pues tarde o temprano acaba por hacer trizas el sistema de valores vigente.

“ Todo lo sólido se desvanece en el aire” escribió Karl Marx al respecto, con su agudo sentido de la historia.

Con frecuencia es bastante tarde cuando la gente advierte que el mundo empieza a moverse bajo sus pies. Para dar cuenta de ese momento, Stefan Zweig escribió su obra El mundo de ayer, Memorias de un europeo. Pero decir Memorias, así a secas, puede ser una fuente de equívocos: con algunas excepciones, ese tipo de libros suelen ser meros rodeos alrededor del ego del artista.

Para Zweig en cambio, un libro de memorias debe ser una bitácora de viaje. Por eso advierte de entrada : “ Si en algún momento hablo de mi éxito como escritor, lo hago para que el lector tenga una idea precisa de las alturas desde donde fui arrojado, en un intento por despojarme de mi condición de hombre y de escritor. Es decir, de testigo, protagonista y narrador de mi tiempo”.

Acto seguido, le consagra 546 páginas (Acantilado, edición 1976) a la recreación minuciosa de los momentos esenciales de su vida, desde sus días de infancia, juventud y madurez, en un intento siempre afortunado de mostrarnos las claves de un mundo que, como el suyo, acabó por desintegrarse en mil pedazos, llevándolo a una errancia perpetua que sólo alcanzó el sosiego con su suicidio en Petrópolis, Brasil, en 1942.

El libro abarca ciclos que corresponden a los de la vida del narrador. Una infancia y juventud en los que la música y la literatura fueron una presencia constante. La familiaridad con los grandes maestros, entre los que destacan Rilke, Hofmansthal y Richard Strauss. Los primeros intentos de escritura y los instantes de arrobamiento.

Pero también están las zozobras de todo joven: los asaltos de la sexualidad en una sociedad encorsetada y sometida a grandes controles sobre el cuerpo. La consiguiente doble moral de los adultos. La puerta de escape hacia la prostitución o la aventura nocturna hacia el cuarto de la criada.

Luego vendrían los momentos decisivos: la afirmación del propio ser, expresada en la firme decisión de no someterse a ninguna forma de poder que lo acompañó hasta el final, se hizo carne en su propia existencia, traducida en la lucha integral por ser un hombre: toda una declaración de principios expresada en el compromiso con su tiempo.

Y su tiempo fue el de una Europa destrozada por dos guerras mundiales, cuya principal víctima fue el espíritu, el fundamento de todo sistema de valores que pretenda hacer vivible y dichosa la existencia. Es decir, una ética, un soporte moral. Por eso se sintió hermanado con un espíritu como el del escritor francés Romain Rolland, Premio Nobel en 1916, con quien compartió una cosmovisión resumida en una idea: “ La única guerra que vale la pena librar es la guerra contra el odio”.

El mundo de hoy a duras penas concibe la ética y la moral como una suerte de reglamento a cumplir para atender las convenciones de la sociedad. Para hombres como Zweig eran el soporte vital, su razón de ser en el mundo. De ahí la dolorosa desgarradura en que se convirtió su vida cuando comprobó que las guerras eran la confirmación de una vieja sospecha: la voluntad latente de destruir todas las formas del espíritu, dejando sólo su cascarón. Es decir, la materia inanimada. La máquina.

Por eso mismo escribió con su acostumbrada lucidez : “ Todo avance de la técnica, por prodigioso y benéfico que sea al principio, envenena y destruye una parte irrecuperable de lo humano”. La utilización de ametralladoras y gases en la Primera Guerra Mundial, los campos de concentración y el epílogo del exterminio nuclear en la segunda acabaron por darle la razón.

Fiel a sus principios, Zweig nunca dio su espíritu a torcer. Este hombre que, con insaciable curiosidad, recorrió el mundo entero admirando las diferencias entre los pueblos pero también las cosas que los hermanan, supo desde siempre que los imperios pueden destruir todo menos la cultura. Las lenguas, la música, los relatos, las creencias religiosas, los mitos y las formas de convivencia echan raíces tan profundas , que a pesar de las mutilaciones padecidas, con el paso del tiempo acaban por retoñar.

Eso explica que ni los nazis, ni los soviets ni los otros imperios del siglo XX pudieran extirpar la cultura de los pueblos invadidos y, a la larga, esa fue y será su perdición.

¿Qué pensaría el escritor hoy, cuando la gran cultura ha sido suplantada por minúsculas culturas de masas que alienan en lugar de liberar las conciencias; cuando toda forma de lucidez entra en suspensión y cuando los artistas sólo piensan en atender las demandas del mercado?

Por eso mismo resulta tan refrescante volver a las páginas de El mundo de ayer, allí donde el espíritu de Zweig y de los grandes como él sigue alentando para decirnos que incluso hoy, cuando el valor de las cosas ha sido reducido a su precio en el mercado, la esencia del acto creador se agita en alguna parte para recordarnos que no todo está perdido.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.