RESPUESTA VIOLETA

Aunque Benjamín emparenta la función del crítico más cerca de los filósofos, para el escritor alemán el crítico tiene una importancia vital en la salud de la literatura de una lengua o región.

 

Querido Violeta:

Con mucho interés he seguido su invitación a debatir sobre la literatura en la región. No sé si entiendo bien las preguntas y los propósitos, pero entiendo su inconformidad. Inconformidad que, con distintos ribetes, creo que coinciden varios de quienes han respondido su mensaje. El estado de inconformidad es un buen comienzo para avanzar.

Estamos de acuerdo en que necesitamos más escritores, bibliotecas, librerías, editoriales, concursos, escuelas de literatura, profesores, políticas, y todos lo que conforman eso que llaman en abstracto –como bien lo advierte en voz de un profesor– el ecosistema literario. Esto no sólo hay que fortalecerlo en las capitales sino, y con más urgencia, en los pueblos, en los corregimientos, y en aquellos lugares que esperan libros e ideas, en vez de armas y miedo, que es lo que envía el Estado la mayoría de las veces.

Llevo muy poco tiempo por aquí y no puedo pontificar sobre el pasado literario regional o denunciar su precariedad.

Pero le confieso que sí me llamó la atención la alergia que siento le producen los que usted llama críticos literarios. No está sólo en esta desconfianza; tampoco es nuevo el asunto. Desde que se empezó a hablar de críticos literarios, un par de siglos atrás, aparecen sus detractores casi con más nitidez que los mismos críticos. Aquí en Colombia, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, en las revistas Gris, Contemporánea, Alpha, etc., se puede rastrear la discusión. Aunque –es importante decir– este debate ha pesado más por su ausencia que por su presencia.

Justa razón tenía el escritor argentino Ricardo Piglia cuando comparaba la inutilidad de la crítica literaria con la crítica deportiva que se hace en los periódicos de su país:

La sección deportiva se hace para gente que entiende de eso que se está hablando. Las entrevistas son muy técnicas y los debates son de un nivel de rigor y de una sofisticación que llegan a incidir sobre la realidad. Mientras que los suplementos literarios tienden a explicar todo de nuevo cada vez como si al lector del deportivo le dijeran que un equipo de fútbol se forma con once jugadores, que hay un árbitro y que el juego consiste en meter la pelota en el arco contrario. (Entrevista, “Los tres modos de leer a un escritor”)

Así que estoy de acuerdo, en general, con sus reparos frente a esos ‘zánganos’ de la literatura.

Sin embargo, a mí me parece que el argumento en el fondo sigue siendo un caprichoso prejuicio frente a su oficio, semejante a quien le da bienvenida a todos los animales al festín, o al arca de Noé, menos a esas feas y sospechosas cucarachas rastreras: ¡esas no!, esas pueden dañarnos la fiesta.

Los críticos literarios, al igual que las cucarachas, tienen una función esencial en este ecosistema, aunque no lo parezca. Después de todo, a pesar de su fea apariencia, la función carroñera de las cucarachas no es despreciable.

Desde luego, los críticos literarios no se ven a sí mismos con esta imagen marginal y tal vez sea su orgullo el que inspire desconfianza. Para el santo patrono de los críticos literarios, San Walter Benjamin, hacer crítica literaria y hacer literatura son dos gestos diferentes que apuntan a lo mismo. Aunque Benjamín emparenta la función del crítico más cerca de los filósofos –quienes a su juicio hablan en abstracto de las verdades y conceptos del mundo, mientras los críticos lo aterrizan en la experiencia sensible que significa la interpretación de la obra literaria–, para el escritor alemán el crítico tiene una importancia vital en la salud de la literatura de una lengua o región.

A mí me gusta su definición de crítico que enuncia en el proyecto de la revista ‘Angelus Novus’ que nunca pudo publicar.

Hoy toda revista debería ser implacable en el pensamiento e imperturbable en lo que dice, sin prestarle al público la menor atención cuando así resulte necesario, aferrándose a lo que en verdad es actual, que va tomando forma por debajo de la estéril superficie de eso nuevo o novísimo cuya explotación se ha de ceder a los periódicos. Para toda revista entendida de ese modo, la crítica es sin duda el guardián del umbral.[1]

El crítico como un “guardián del umbral”. No solo es una bella metáfora para describir un oficio; también tiene hondas implicaciones. Su idea tiene una directa asociación con el guardián de Ante la Ley de Kafka. Misteriosa y definitiva tarea tiene el crítico, ¿no le parece?

Un saludo,

Sergio Pérez

[1] Para quien esté interesado, Esther Cohen tiene un artículo a propósito de esta cuestión en Walter Benjamin y la crítica literaria (2010). Ver