Yo paseo largamente estas calles como otros tantos sin objeto alguno, me siento a tomar un café, entretenido e inútil, y veo ascender serpientes de humo, seseantes como la locura, como este grito sordo de la ciudad, en la que eres perfume y silencio… 

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Por: Alan González Salazar

En la orilla del río

en sus aguas que guardan la vanidad de los dioses

veo en mis ojos fijos

tus ojos fijos

y me sumerjo

  tibio palpitante

¡ebrio de luz!

 

Mírame y ámame dicen

al reflejar los míos

en los que eres otra

en los tuyos

en los que soy otro

y los dos

que no somos

sino la muerte.

 

Cuántos soles y qué de olvidos.

La curiosidad se hizo trampa.

Ahora venimos

a rompernos el alma en los ojos,

a enmarañar los sentimientos y jugar con ellos,

a matar el sueño

ese río subterráneo de la noche

que rumoroso nos abandona

en la mañana imposible

donde el olvido se parece a la piedra

del mundo en remolino.

 

Yo te quiero, niña tonta,

imaginándote.

Así te conozco,

                    por sendas sutiles e indirectas

y sé, sé con pasmosa certeza

que tu naturaleza es de viento

¿qué pueden mis manos, entonces?

La oquedad de mi vida.

 

Pereira es una ciudad turbulenta, mi vida. Aquí se ofrecen a los altares de la miseria esos cuerpos linfáticos, triturados por el hambre y las drogas. Tras las vitrinas los comerciantes ven el cielo encapotarse y en esos edificios las hojas y las firmas y el teléfono no paran. Yo paseo largamente estas calles como otros tantos sin objeto alguno, me siento a tomar un café, entretenido e inútil, y veo ascender serpientes de humo, seseantes como la locura, como este grito sordo de la ciudad, en la que eres perfume y silencio…

 

Finjo dormir.

El fogón encendido, la luz,

hacen del cuarto un farol.

Sola se queda mi madre

como la noche en la ventana abierta,

donde huye el vapor de tanto café disuelto

entre trastos, cortinas, el viejo trapero.

 

A mi costado ronronea el gato,

afila sus pupilas en las sombras.

Ya no se oyen sobre el techo chillar las ratas

ni bajan a roer las paredes

donde el bahareque muestra sus úlceras.

 

Ronronea el gato, sonríe apenas

sueño y sueño.

 

Saldremos en la madrugada a despedir a mamá.