SABER CONTAR UN CUENTO

El cuento es otra forma de llegar a la realidad. Las hay muchas, por cierto. En particular, en la ficción esa llegada puede convertirse en el reconocimiento de que no hay realidad dada. Prólogo al libro El acordeón de Juancho y otros cuentos, de Luis Carlos Ramírez Lascarro.

 

Por / Antonio Molina

El cuento nace en lo más profundo de la necesidad de entablar un diálogo con el otro, en la urgencia de descubrirse y, por qué no, encubrirse en una narración que permita ubicarme como individuo en un mundo donde todo es símbolo, un acertijo para desenmascarar. Abundan muchos referentes al respecto, autores que han dedicado buena parte de su vida a desentrañar los pormenores del cuento como valor cultural y exposición del sujeto vinculado a un colectivo, porque el cuento siempre busca eso: recalcar el aspecto social de todos y cada uno.

Confluyen en el cuento dos fabulaciones que se entrecruzan para formar un tejido armónico, un todo que obsequia al lector una especie de hamaca estimulante en la cual reposa mientras balance ideas y sentimientos. Una primera es la recreación del mundo exterior, una escogencia prismática que se detiene en los detalles no vistos o en aquellos urgidos de otra interpretación. La segunda, más densa e intrincada por su mismo mecanismo, es la fabulación del yo, del sujeto que se siente extraviado en el laberinto interior, en esos fantasmas del yo que tanto terror nos causan.

Luis Carlos Ramírez Lascarro, cuentista, poeta y estudioso del folclor vallenato. Fotografía / Cortesía

La búsqueda de la levedad como reacción al peso del vivir es una de las prioridades de la ficción, como bien lo manifestara Ítalo Calvino. Es así como en el cuento las palabras, manifestaciones sólidas y etéreas, ambivalente y constantes, son el recurso del creador para aferrarse al mundo con el fin de no desfallecer ante la sobredosis cotidiana de realidad. La irrealidad se torna así en un universo paralelo que, en un giro paradójico, se convierte en el lazo que le permite al autor atarse al mundo. No es escapismo, es la artimaña válida para reconocer y reconocerse en el mundo.

No hay en El acordeón de Juancho y otros cuentos una carrera hacia lo extraño y monstruoso, es innecesaria, porque lo monstruoso habita en la misma realidad narrada, una especie de anormalidad cotidiana que se convierte en costumbre y Luis Carlos Ramírez Lascarro ha sabido convertirla en una estética del vaciamiento, una voluntad de significar aquello que se ha desgastado por ser visto como rutinario, de descubrir con otros ojos el horror que habita en nosotros y entre nosotros.

Con una prosa que rememora lo caribeño, ese extraño espacio espiritual que tanta tinta ha costado estudiarlo y que tanto desconocemos de igual manera, el autor no pretende mostrar algo oculto a los ojos del lector. De hecho, en sus cuentos escasean los trucos narrativos que tanto gustan a algunos prestidigitadores del género, en ese sentido los relatos obedecen al orden clásico. No hay juegos experimentales en la mayoría de los diez cuentos que componen este volumen. Pero sí hay otras realidades expuestas de manera original: el truco es la realidad misma que se oculta cada día; pero que está allí, afuera, esperándonos para desnudar la impudicia de nuestro olvido del mundo que nos tocó en suerte.

Acá cabe resaltar la fuerza y valentía de quien escribe, porque en medio de una guerra interminable, que apenas ha dado cortos espacios para obliterar el ahogamiento, irrumpen de manera armónica situaciones que deseamos evadir. La evasión acá no es la literatura, es la realidad misma: las desapariciones, el desterramiento, los homicidios y tantas otras situaciones que son parte de habitus instaurado como normalidad. Acá, en estas páginas, no hay resignación, tampoco olvido. Cada párrafo esculpe un altar para que la desmemoria no se convierta en ese inquilino indeseado que aceptamos a pesar del daño que nos causa.

Así, Corraleja funciona como una profusa analogía de la muerte como espectáculo, ese insano sonreír ante el dolor ajeno: “No era la muerte, pero la representaba, la acolitaba en su embriagadora juerga; simple instrumento, incluso, de la suya”. Es enfrentar en el cuadrúpedo los miedos interiores que transmutan en fiesta pública y exhibición de feria. La muerte tangible, cercana, esa misma que el envalentonado pretende desafiar con la esperanza de salir impune, así llegue al circo desarmado de filosas banderillas. La fiesta debe continuar y la muerte es solo parte de ella misma.

En El acordeón de Juancho sale a flote el vacío, si es que el vacío alguna vez flotó. Es el cuento que abre el libro y le da título al mismo. En esta ficción alguien –no importa el nombre– despierta y va en busca de un sueño, ese de cumplir una tarea para el juglar caído en desgracia. Pero ese alguien es un poeta, porque solo uno de ellos podría referir del otro que tiene “sus ojos de poeta silvestre perdido en un mundo de arrepentimientos”; un creador que hace la travesía para hallar el perdón para su maestro, una búsqueda que se detiene en la sencilla frase final esclarecedora de los señalamientos que la historia le endilgaron por su aparente indolencia en el cuidado de la amada.

La mujer es una constante en casi todos los cuentos acá contenidos. Es una mujer víctima, dolida, abusada e insatisfecha con su papel. Ella debe enfrentar un mundo construido desde y para lo masculino, pero cuenta con el apoyo leal de un hombre que provee y está dispuesto a todo para resarcir el esplendente dolor íntimo que se abre para ser sanado. Esa es la idea que subyace en Volver a empezar, ambientada en el frío de la gran ciudad e iluminada con el paraíso perdido en el tiempo –el antes– y el espacio –allá, en ese otro cálido lugar donde habita el olvido–.

Detrás del rumor de la lluvia se instaló el silencio, leemos en La última lágrima, mientras un hombre camina entre la lluvia, atadas las manos y escoltado por dos fusiles que refulgen en la noche, única luz en la densidad rancia de la cercana muerte. Destellos de los poetas metafísicos también saltan aquí y allá en esta ficción saturada de realidad. Al fin de cuentas, desde la mirilla de las ventanas cerradas no se debe preguntar por quién doblan las campanas, doblan por cada quien. El terror de las amenazas y los asesinatos selectivos no nos son ajenos, están en el menú diario de esos rincones ignorados, en este mapa extraviado de lo que llaman patria.

Ante la adversidad, apenas queda el recurso de la sobrevivencia, salir adelante para no quedar anulado en el naufragio de la competida sobrevivencia. Así, cada día recorre las calles un “barrendero, embolador, instalador de tv cable, vendedor de cigarrillo, mototaxista… Lo que gana uno con esos oficios no da ni pa’ mamarle gallo a la tripa”, dice con acritud el protagonista de El día que aprendimos a ganar, un título que parece una tomadura de pelo, pero que guarda en los acertijos del relato una explicación funcional.

Otros relatos más dan cuenta de personaje por todos conocidos y experiencias vividas, ese devenir de lo humano que apenas sabe sobreponerse a las adversidades del destino, para buscar en la imagen de la amada un aliciente que permita hacer de cada día un baúl de refugiadas esperanzas que no han escapado a la batahola del mundo.

Quien escribe estos cuentos es, en esencia, un poeta, por eso mismo el lenguaje, la precisión en el uso del mismo, son la mayor herramienta, sin necesidades de mayores artificios y pirotecnias narrativas que impresionen de manera evanescente al lector. La fugacidad del instante se convierte, así, en la experiencia vivida y narrada en la voz de Luis Carlos Ramírez Lascarro, un autor que gasta sus palabras en las calles bajó el tórrido sol caribeño que abrasa sus ideas para luego darles forma en la noche, durante el descanso doméstico que permite abrir paso a estas y otras creaciones.

Bienvenidos a estos relatos que nos ofrecen experiencias del mundo de afuera y el mundo de adentro, esa confluencia torrentosa donde afloran las creaciones más majestuosas de lo humano.