Esta es una reseña de la lección 10 del libro 21 lecciones para el siglo XXI (1976) de Yuval Noah Harari, profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén y doctor en Historia de la Universidad de Oxford. Sus libros De animales a dioses (2014) y Homo Deus. Breve historia del mañana (2016) siguen siendo fenómenos editoriales internacionales con más de 12 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo y traducidos a más de 45 idiomas.

 

Por Daniel Felipe Valencia Sarmiento*

Los terroristas son genios controlando mentes. Aunque matan a muy pocas personas, consiguen aterrorizar a miles y de esa manera sacudir las estructuras políticas del país.

Según Yuval Noah Harari, el terrorismo es una estrategia militar que espera cambiar la situación extendiendo el terror en lugar de causar daños materiales.

Esta táctica la adoptan casi siempre grupos muy débiles que no pueden infligir mucho daño material a sus enemigos.

Desde luego, toda acción militar desata miedo. Pero la guerra es convencional, el miedo no es más que un subproducto de las pérdidas materiales.

Es importante entender que, en el terrorismo, el miedo es su argumento principal y lo que lo alimenta. Existe una desproporción asombrosa entre la fuerza real que poseen los terroristas, y la angustia que consiguen inspirar en la ciudadanía.

Entonces, ¿cómo es que los terroristas esperan lograr algo? La lógica es sencilla de entender, ellos saben que simplemente pueden hacer mella en el poder material del enemigo, pero esperan que este en medio de su confusión haga un uso incorrecto de su fuerza y reaccione de manera desproporcionada contra ellos.

Calculan que cuando el enemigo (Estado/Ejército) enfurecido use su enorme poder contra ellos, genere una tormenta militar mucho más violenta que la que los propios terroristas podían haber provocado y puedan demostrar que pueden proteger a sus ciudadanos de la violencia política, en cualquier lugar y en cualquier momento.

En su afán por exhibir resultados, en ocasiones, pagan justos por pecadores y eso Colombia ya lo ha vivido. Las cifras de falsos positivos, por poner un ejemplo, son desoladoras.

Los terroristas tienen pocas elecciones. Son tan débiles que no pueden siquiera librar una guerra. De modo que optan en su lugar, según Noah, por generar un espectáculo teatral con la esperanza de que provocará al enemigo y lo hará reaccionar de manera desproporcionada.

Los grupos armados entienden muy bien que en estas confrontaciones las probabilidades les juegan en contra, ya que carecen de equipo militar, pero no tienen nada que perder y sí mucho que ganar.

La frialdad con la que Yuval redacta este capítulo es, aunque impactante, realista. El modus operandi es casi el mismo en cualquier parte del mundo. Su mejor arma es el desasosiego.

El escritor plantea que la lucha contra el terrorismo debe llevarse a cabo de la siguiente manera:

  1. Primero: Los gobiernos han de centrarse en acciones clandestinas contra las redes terroristas.
  2. Segundo: Los medios de comunicación han de mantener el asunto en perspectiva y evitar la histeria. El teatro del terror no puede tener éxito sin publicidad.

El segundo punto es el más complejo, ya que, por desgracia, los medios ofrecen publicidad gratis a la guerra. Informan obsesivamente sobre los ataques terroristas y aumentan su peligro, ya que las noticias sobre estos temas hacen que los periódicos se lean más.

En conclusión, el éxito o el fracaso del terrorismo depende de nosotros. Si permitimos que nuestra imaginación caiga presa de los terroristas y después reaccionemos de manera exagerada ante nuestros propios temores, el terrorismo triunfará. Si libramos nuestra imaginación de los terroristas y reaccionamos de una manera equilibrada y fría, el terrorismo fracasará.

Es importante que pensemos con serenidad y aclaremos personalmente el panorama. La guerra no puede volver a apoderarse del día a día de todos los ciudadanos. Como dice Gervasio Sánchez: “es mejor una paz imperfecta, que una guerra perfecta”.

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